La nova Ítaca de la Mediterránea · Bennàssar

«Anceo en la huerta de las naranjas» de Robert Graves y «Fábula del poeta en la isla» de Camilo José Cela en castellano para el especial de la Última Hora del 11 de junio de 2022.

FABULAR ES INVENTAR COSAS MARAVILLOSAS

JOAN BENNÀSSAR

Si quieres que tus hijos sean inteligentes, léeles cuentos de hadas. Si quieres que sean más inteligentes, léeles más cuentos de hadas. – Albert Einstein

Este preámbulo sirve para introducir los textos de dos grandes escritores y espléndidos fabuladores que hicieron de Mallorca su casa. Anceo en la huerta de las naranjas, uno de los cuentos mallorquines y prólogo del libro El vellocino de oro de Robert Graves y la Fábula del poeta en la isla, de Camilo José Cela. Personajes libres, complejos, particulares y con gran proyección mundial por su calidad literaria y gran sensibilidad al mostrar las incertidumbres de la existencia humana y la verdad del poeta poseído por la musa. Además de ser unos escritos maravillosos, se glosa el talante de los mallorquines y el peso que el matriarcado ha tenido en las islas.

Os recomiendo las lecturas, inspiran y sorprenden, son unos textos que como los de la esplendorosa juventud a orillas del mar descritos por Camus y los de la Ítaca soñada de Kavafis dan sentido al universo mediterráneo y los uso como prólogo de La nova Ítaca de la Mediterrània, la muestra que inicié en el paseo de Can Picafort el verano de 2016 con cuatro agrupamientos escultóricos y amplío ahora con diez nuevos asentamientos en Son Serra de Marina, Santa Margalida y Can Picafort. Forman parte del paisaje de la bahía, huelen a brisa de mar, arena y alga marina y nos remiten a las historias de un pasado en el que los héroes son dioses humanizados, los argonautas humanos deudores con su ente social y el viaje fuente de aprendizaje y conocimientos que dura toda una vida. Ítaca es el sueño del hogar, la isla deseada donde el hombre se une con el hombre y éste con la naturaleza.

Hoy, que llueven piedras del cielo, la fuerza del pensamiento arraigado en el sentido común, la belleza, el equilibrio y la armonía es la razón por la que siento que soy parte y comparto con el pasado una misma humanidad.

CAN PICAFORT, EL REFERENTE CULTURAL DEL NORTE DE MALLORCA

JOAN MONJO – Batle de l’Ajuntament de Santa Margalida

El Ayuntamiento de Santa Margalida hace una apuesta atrevida por fomentar la cultura y el patrimonio; y potenciar la identidad local a través de un ambicioso proyecto artístico y cultural. Con la puesta en marcha del proyecto «Una volta per la història de Santa Margalida» se ha dado continuidad y potenciado el proyecto iniciado en 2016 bajo el nombre «Can Picafort: la nova Ítaca del Mediterrani». Gracias a ello, se ha revalorizado turísticamente a todo el municipio y se ha ampliado su oferta cultural y artística, única en toda Mallorca.

Esta iniciativa sirve para dar una nueva imagen al pueblo, reforzar los vínculos entre el entorno y sus residentes, y ofrecer una alternativa cultural a todo el mundo que llegue a Can Picafort. De esta forma, Can Picafort se ha convertido en el referente cultural de referencia de la zona norte de la isla y de la Bahía de Alcúdia en particular. Dicho de otro modo, gracias a este proyecto, Can Picafort se ha convertido en el destino turístico más importante en Mallorca en cuanto al ámbito artístico y cultural y ha hecho que todo el municipio de Santa Margalida se haya convertido en un enclave cultural importante en el mundo del arte contemporáneo de las Islas Baleares.

Por último, quiero aprovechar este espacio para invitar a todos los vecinos de Can Picafort, Santa Margalida y Son Serra de Marina, todos los mallorquines y todos los turistas que nos visiten a disfrutar de nuestro municipio a través del arte y de nuestra oferta cultural y patrimonial. Proyectos como este, nos ayudan a convertirnos en un espacio de referencia cultural en nuestra isla.

ANCEO EN LA HUERTA DE LAS NARANJAS

ROBERT GRAVES

Una tarde de verano, al anochecer, Anceo el lélege, el de la florida Samos, fue abandonado en la costa arenosa del sur de Mallorca, la mayor de las islas Hespérides o, como las llaman algunos, las islas de los Honderos o las islas de los Hombres Desnudos. Estas islas quedan muy cerca unas de otras y están situadas en el extremo occidental del mar, a sólo un día de navegación de España cuando sopla un viento favorable. Los isleños, asombrados por su aspecto, se abstuvieron de darle muerte y le condujeron, con manifiesto desprecio por sus sandalias griegas, su corta túnica manchada por el viaje y su pesada capa de marinero, ante la gran sacerdotisa y gobernadora de Mallorca que vivía en la cueva del Drach, la entrada a los Infiernos más distante de Grecia, de las muchas que existen.

Como en aquellos momentos estaba absorta en cierto trabajo de adivinación, la gran sacerdotisa envió a Anceo al otro lado de la isla para que lo juzgara y dispusiera de él su hija, la ninfa de la sagrada huerta de naranjos en Deia. Fue escoltado a través de la llanura y de las montañas escarpadas por un grupo de hombres desnudos, pertenecientes a la hermandad de la Cabra; pero por orden de la gran sacerdotisa, éstos se abstuvieron de conversar con él durante el camino. No se detuvieron ni un instante en su viaje, a paso ligero, excepto para postrarse ante un enorme monumento de piedra que se hallaba al borde del camino y donde, de niños, habían sido iniciados en los ritos de su hermandad. En tres ocasiones llegaron a la confluencia de tres caminos y las tres veces dieron una gran vuelta para no acercarse al matorral triangular rodeado de piedras. Anceo se alegró al ver cómo se respetaba a la Triple Diosa, a quien están consagrados estos recintos.

Cuando por fin llegó a Deia, muy fatigado y con los pies doloridos, Anceo encontró a la ninfa de las Naranjas sentada muy erguida sobre una piedra, cerca de un manantial caudaloso que brotaba con fuerza de la roca de granito y regaba la huerta. Aquí la montaña, cubierta por una espesura de olivos silvestres y encinas, descendía bruscamente hacia el mar, quinientos pies más abajo, salpicado aquel día hasta la línea del horizonte por pequeñas manchas de bruma que parecían ovejas paciendo.

Cuando la ninfa se dirigió a él, Anceo respondió con reverencia, utilizando la lengua pelasga y manteniendo la mirada fija en el suelo. Todas las sacerdotisas de la Triple Diosa poseen la facultad de echar el mal de ojo que, como bien sabía Anceo, puede convertir el espíritu de un hombre en agua y su cuerpo en piedra, y puede debilitar a cualquier animal que se cruza en su camino, hasta causarle la muerte. Las serpientes oraculares que cuidan estas sacerdotisas tienen el mismo poder terrible sobre pájaros, ratones y conejos. Anceo también sabía que no debía decirle nada a la ninfa excepto en respuesta a sus preguntas, y aun entonces hablar con la mayor brevedad y en el tono más humilde posible.

La ninfa mandó retirarse a los hombres-cabra y éstos se apartaron un poco, sentándose todos en fila al borde de una roca hasta que volviera a llamarlos. Eran gentes tranquilas y sencillas, con ojos azules y piernas cortas y musculosas. En lugar de abrigar sus cuerpos con ropas los untaban con el jugo de lentisco mezclado con grasa de cerdo. Cada uno llevaba colgado a un lado del cuerpo un zurrón de piel de cabra lleno de piedras pulidas por el mar; en la mano llevaban una honda, otra enrollada en la cabeza y una más que les servía de taparrabo. Suponían que pronto la ninfa les ordenaría que acabasen con el forastero, y ya debatían amistosamente entre sí quién iba a tirar la primera piedra, quién la segunda, y si iban a permitirle salir con ventaja para darle caza montaña abajo o iban a hacerle pedazos cuando se acercara a ellos, apuntando cada uno a una parte distinta de su cuerpo.

La huerta de naranjos contenía cincuenta árboles y rodeaba un santuario de roca habitado por una serpiente de tamaño descomunal que las otras ninfas, las cincuenta Hespérides, alimentaban diariamente con una fina pasta hecha de harina de cebada y leche de cabra. El santuario estaba consagrado a un antiguo héroe que había traído la naranja a Mallorca desde algún país en las lejanas riberas del océano. Su nombre había quedado olvidado y se referían a él simplemente como el «Benefactor»; la serpiente se llamaba igual que él porque había sido engendrada de su médula y su espíritu le daba vida. La naranja es una fruta redonda y perfumada, desconocida en el resto del mundo civilizado, que al crecer es primero verde, después dorada y tiene una corteza caliente y la pulpa fresca, dulce y firme. Crece en un árbol de tronco liso, con hojas brillantes y ramas espinosas, y madura en pleno invierno, al revés de los demás frutos. No se come cualquier día en Mallorca, sino sólo una vez al año, en el solsticio de invierno, después de la ritual masticación de ladierno y de otras hierbas purgantes; si se come de esta forma la naranja concede una larga vida, pero es un fruto tan sagrado que en cualquier otro momento basta con catarla para que sobrevenga la muerte inmediata, a no ser que la propia ninfa de las Naranjas la administre.

En estas islas, gracias a la naranja, tanto los hombres como las mujeres viven tanto tiempo como desean; por regla general sólo deciden morir cuando se dan cuenta de que están convirtiéndose en una carga para sus amigos, por la lentitud de sus movimientos o la insipidez de su conversación. Entonces, por cortesía, se marchan sin despedirse de sus seres queridos ni crear ningún alboroto en la cueva -pues todos viven en cuevas- escabulléndose sin decir nada, y se arrojan de cabeza desde una roca, complaciendo de este modo a la diosa quien aborrece toda queja y dolor innecesarios y premia a estos suicidas con funerales distinguidos y alegres.

La ninfa de las Naranjas era alta y hermosa. Llevaba una falda acampanada y con volantes al estilo cretense, de un tejido teñido del color de la naranja con tintura de brezo, y por arriba, como prenda única, llevaba puesto un chaleco verde de manga corta sin abrochar delante, mostrando así la esplendidez y la plenitud de sus senos. Los símbolos de su cargo eran un cinturón formado por innumerables piezas de oro eslabonadas enn forma de serpiente con ojos de piedras preciosas, un collar de naranjas verdes secas, y una cofia alta bordada con perlas y coronada con el disco de oro de la luna llena. Había dado a luz a cuatro hermosas niñas de las cuales la más pequeña la sucedería un día en su cargo, al igual que ella, que era la menor de sus hermanas, sucedería un día a su madre, la gran sacerdotisa en Drach. Estas cuatro niñas, como aún no tenían edad suficiente para ser ninfas, eran doncellas cazadoras, muy diestras en el manejo de la honda, y salían con los hombres para darles buena suerte en la caza. La doncella, la ninfa y la madre forman la eterna trinidad en la isla, y la diosa, a quien se venera allí en cada uno de estos aspectos, representados por la luna nueva, la luna llena y la luna menguante, la deidad soberana. Es ella la que infunde la fertilidad en aquellos árboles y plantas de los que depende la vida humana. ¿No es acaso bien sabido que todo lo verde brota mientras la luna crece y deja de crecer mientras la luna mengua, y que sólo la caliente y rebelde cebolla no obedece sus fases mensuales? Sin embargo, el sol, su hijo varón, que nace y muere cada año, la asiste con sus cálidas emanaciones. Esta era la razón por la que el único hijo varón parido por la ninfa de las Naranjas, puesto que era la encarnación del sol, había sido sacrificado a la diosa, según la costumbre, mezclándose seguidamente los trozos despedazados de su carne con la semilla de la cebada para asegurar una abundante cosecha.

A la ninfa le sorprendió descubrir que la lengua pelasga que hablaba Anceo se parecía mucho a la de las islas. Pero aunque se alegró de poderle interrogar sin verse obligada a recurrir a la pesada tarea de hacer gestos y de trazar dibujos sobre la arcilla con una varita, por otra parte se sintió un poco preocupada al pensar que quizás Anceo había estado conversando con los hombres-cabra sobre asuntos que tanto ella como su madre tenían por norma que ellos desconociesen. Lo primero que le preguntó fue:

—¿Eres cretense?

—No, sagrada ninfa —contestó Anceo—; soy pelasgo, de la isla de Samos en el mar Egeo, y por lo tanto no soy más que primo de los cretenses. Pero mis señores son griegos.

—Eres un viejo y feo despojo humano —dijo ella.

—Perdóname, sagrada ninfa —le contestó—. He llevado una vida muy dura.

Cuando le preguntó por qué lo habían abandonado en la costa de Mallorca, respondió que había sido desterrado de Samos por su obstinada observancia del antiguo ritual de la diosa —pues últimamente los samios habían introducido el nuevo ritual olímpico que ofendía su alma religiosa— y él, sabiendo que en Mallorca se veneraba a la diosa con inocencia primitiva, le había pedido al capitán del barco que lo desembarcara allí.

—Es curioso —observó la ninfa—. Tu historia me recuerda la de un campeón llamado Hércules que visitó  nuestra isla hace muchos años cuando mi madre era la ninfa de este huerto. No puedo contarte los pormenores de su historia, porque mi madre no gustaba de hablar de ella durante mi infancia, pero eso sí que me consta: Hércules fue enviado por su señor, el rey Euristeo de Micenas (dondequiera que esté Micenas) a recorrer el mundo para realizar una serie de trabajos que a primera vista parecían imposibles, y todo, según dijo, por su obstinada devoción hacia los antiguos rituales de la diosa. Llegó en canoa y desembarcó en la isla, anunciando con sorprendente osadía que había venido en nombre de la diosa a recoger un cesto de naranjas sagradas de esta huerta. Era un hombre-león y por este motivo llamaba mucho la atención en Mallorca, donde no tenemos ninguna hermandad del León ni entre los hombres ni entre las mujeres, y además estaba dotado de una fuerza colosal y de un prodigioso apetito por la comida, la bebida y los placeres del amor. Mi madre se encaprichó  con él y le dio las naranjas generosamente, y además lo honró haciéndole su compañero durante la siembra de primavera. ¿Has oído hablar del tal Hércules?

—En una ocasión fui compañero suyo de navío, si os referís a Hércules de Tirinto —respondió Anceo—. Eso fue cuando navegué a los Establos del Sol, a bordo del famoso Argo, y siento deciros que el muy canalla seguramente engañó a vuestra madre. No tenía ningún derecho a pedirle la fruta en nombre de la diosa, pues la diosa le odiaba.

A la ninfa le divirtió su vehemencia y le aseguró que había quedado satisfecha de sus credenciales y que podía levantar los ojos y mirarle a la cara y hablar con ella con un poquito más de familiaridad, si lo deseaba. Pero tuvo cuidado de no ofrecerle la protección formal de la diosa. Le preguntó a qué hermandad pertenecía y él respondió que era un hombre-delfín.

—Ah —exclamó la ninfa—. Cuando me iniciaron en los ritos de las ninfas por primera vez y me dejé acompañar por hombres en el surco abierto después de la siembra, fue con nueve hombres-delfín. El que elegí como preferido se convirtió, en campeón solar, o rey de la guerra, para el año siguiente, según nuestras costumbres. Nuestros delfines forman una hermandad pequeña y muy antigua y se distinguen por su talento musical que supera incluso al de los hombres-foca.

—El delfín responde a la música de forma encantadora —asintió Anceo.

—Sin embargo —continuó la ninfa—, cuando di a luz, no tuve una niña, a la que hubiera conservado, sino un niño; y a su debido tiempo mi hijo regresó, despedazado, al surco del cual había salido. La diosa se llevó lo que había dado. Desde entonces no me he atrevido a dejarme acompañar por ningún hombre-delfín, pues considero que esta sociedad me trae mala suerte. A ningún hijo varón de nuestra familia se le permite vivir más allá de la segunda siembra.

Anceo tuvo el valor de preguntar:

—¿Es que ninguna ninfa o sacerdotisa (ya que las sacerdotisas tienen tanto poder en esta isla) ha intentado jamás entregarle su propio hijo varón, en secreto, a una madre adoptiva, criando a la hija de esta madre en su lugar, para que ambas criaturas puedan sobrevivir?

—Puede que en tu isla se practiquen trucos de esta clase, Anceo —le respondió severamente la ninfa—, pero en la nuestra no. Aquí ninguna mujer engaña jamás a la Triple Diosa.

—Naturalmente, sagrada ninfa —respondió Anceo—. Nadie puede engañar a la diosa.

Pero volvió a preguntar:

 —¿No es quizás vuestra costumbre, si una ninfa real siente un afecto fuera de lo común por su hijo varón, sacrificar en su lugar un becerro o un cabrito, envolviéndolo en las ropas del pequeño y poniéndole sandalias en los pies? En mi isla se supone que la diosa cierra los ojos ante tales sustituciones y que luego los campos rinden con la misma abundancia. Es únicamente después de una mala estación, cuando el grano se agosta o no crece, que se sacrifica a un niño en la siguiente siembra. Y aun así, siempre es un niño de padres pobres, no de estirpe real.

La ninfa volvió a responder con el mismo tono severo:

—En nuestra isla no. Aquí ninguna mujer se burla jamás de la Triple Diosa. Por eso prosperamos. Esta es la isla de la inocencia y de la calma. 

Anceo asintió, diciendo que desde luego era la isla más agradable de los cientos que había visitado en sus viajes, sin exceptuar la suya, Samos, llamada Isla Florida.

—Estoy dispuesta a escuchar tu relato —dijo entonces la ninfa—, si no es aburrido. ¿Cómo es que tus primos, los cretenses, han dejado de visitar estas islas como hacían antaño, en tiempos de mi bisabuela, conversando con nosotros con buenas maneras en un lenguaje que, aunque no era el nuestro, podíamos entender muy bien? ¿Quiénes son estos griegos, tus señores, que vienen en los mismos barcos que en un tiempo usaron los cretenses? Vienen a vender las mismas mercancías —jarrones, aceite de oliva, tinturas, joyas, lino, muelas de esmeril y excelentes armas de bronce—, pero utilizan el carnero en lugar del toro como mascarón de proa y hablan en una lengua ininteligible y regatean con unos modales groseros y amenazantes, y miran impúdicamente a las mujeres y roban cualquier pequeño objeto que encuentran en su camino. No nos gusta nada comerciar con ellos y muchas veces les hacemos marchar con las manos vacías, rompiéndoles los dientes con los tiros de nuestras hondas y abollando sus cascos de metal con piedras grandes.

Anceo explicó que la tierra al norte de Creta, que en un tiempo había sido conocida por Pelasgia, se llamaba ahora Grecia en honor de sus nuevos señores. La habitaba una población notablemente mixta. Los pobladores más antiguos eran los pelasgos terrestres quienes, según se cuenta, habían salido de los dientes desparramados de la serpiente Ofión cuando la Triple Diosa la había despedazado. A estos pobladores se unieron primero los colonos cretenses de Cnosos, luego los colonos henetes de Asia Menor, mezclados con los etíopes de Egipto, cuyo poderoso rey Pélope dio su nombre a la parte sur de estas tierras, el Peloponeso, y construyó ciudades con enormes murallas de piedras y tumbas de mármol blanco en forma de colmena como las chozas africanas; y finalmente los griegos, un pueblo bárbaro dedicado al pastoreo, procedentes del norte, más allá del río Danubio, que bajaron a través de Tesalia en tres invasiones sucesivas y acabaron tomando posesión de todas las fuertes ciudades peloponesas. Estos griegos gobernaron a las otras gentes de forma insolente y arbitraria. Y por desgracia, sagrada ninfa —dijo Anceo—, nuestros señores adoran al Triple Dios como deidad soberana y odian en secreto a la Triple Diosa.

La ninfa se preguntó si no habría entendido mal sus palabras.

—Y ¿quién podría ser el dios padre? —preguntó—. ¿Cómo es posible que una tribu adore a un padre? ¿Qué es un padre sino el instrumento que una mujer utiliza de vez en cuando para su placer y para poderse convertir en madre?

Empezó a reír con desdén y exclamó:

—Por el Benefactor, juro que esta historia es la más absurda que jamás he oído. ¡Padres, nada menos! Supongo que estos padres griegos amamantan a sus hijos y siembran la cebada y cabrahigan las higueras y dictan las leyes y, en una palabra, realizan todas las demás tareas de responsabilidad propias de la mujer, ¿no?

Estaba tan irritada que dio unos golpecitos con el pie sobre una piedra y la cara se le oscureció con el calor de su sangre.

Al advertir su irritación cada uno de los hombres-cabra tomó silenciosamente una piedrecita de su zurrón y la colocó en la tira de cuero de su honda. Pero Anceo respondió en tono apacible y suave, bajando de nuevo la mirada. Comentó que en este mundo había muchas costumbres extrañas y muchas tribus que a los ojos de otros parecían estar dementes.

—Me gustaría mostraros los mosinos de la costa del mar Negro, sagrada ninfa —le dijo—, con sus castillos de madera y sus niños tatuados que son increíblemente gordos y se alimentan de tortas de castañas. Viven junto a las amazonas que son tan raras como ellos… Y en cuanto a los griegos, su razonamiento es el siguiente: ya que las mujeres dependen de los hombres para su maternidad —pues no les basta el viento para llenar de nueva vida sus matrices, como ocurre con las yeguas ibéricas—, los hombres son, en consecuencia, más importantes que ellas.

—Pero es un razonamiento de locos —exclamó la ninfa—. Es como si pretendieras que esta astilla de pino es más importante que yo misma porque la utilizo para mondarme los dientes. La mujer, y no el hombre, es siempre la principal: ella es el agente, él siempre el instrumento. Ella da las órdenes, él obedece. ¿No es acaso la mujer quien elige al hombre y le vence con la dulzura de su presencia, y le ordena que se acueste boca arriba en el surco y allí, cabalgando sobre él, como sobre un potro salvaje domado a su voluntad, toma de él su placer y cuando ha terminado le deja tumbado como un hombre muerto? ¿No es la mujer quien gobierna en la cueva, y si cualquiera de sus amantes la enoja por su malhumor o su pereza le amonesta tres veces consecutivas para que coja todas sus cosas y se marche al alojamiento de su hermandad?

—Con los griegos —dijo Anceo apresuradamente y con voz apagada— la costumbre es exactamente la contraria. Cada hombre elige a la mujer que desea convertir en la madre de su hijo (pues así le llama), la vence con la fuerza de sus deseos y le ordena que se acueste boca arriba en el lugar que más le convenga y entonces, montándose, toma de ella su placer. En la casa es él el amo, y si la mujer le enoja por su forma de importunarle o por su comportamiento obsceno, la golpea con la mano; y si con esto no consigue que cambie su conducta, la manda a casa de su padre con todas las cosas que ha traído consigo y da sus hijos a una esclava para que se los críe. Pero, sagrada ninfa, no os enfadéis, ¡os lo ruego por la diosa! Yo soy pelasgo, detesto a los griegos y sus costumbres y únicamente estoy obedeciendo vuestras instrucciones, como es mi deber, al contestaros a estas preguntas.

La ninfa se contentó con decir que los griegos debían ser las personas más impías y más asquerosas del mundo, peor aún que los monos africanos —si, en efecto, Anceo no se estaba burlando de ella—. Volvió a interrogarle acerca de la siembra de la cebada y la cabrahigadura de las higueras: ¿cómo se las arreglaban los hombres para obtener pan o higos sin la intervención de la diosa?

—Sagrada ninfa —respondió Anceo—: cuando los griegos se instalaron por primera vez en Pelasgia eran un pueblo de pastores, que sólo se alimentaba de carne asada, queso, leche, miel y ensaladas silvestres. Por consiguiente, nada sabían acerca del ritual de la siembra de la cebada ni del cultivo de ninguna fruta.

—Estos griegos dementes —dijo ella, interrumpiéndole—, supongo entonces que bajaron del norte sin sus mujeres, como hacen los zánganos, que son los padres ociosos entre las abejas, cuando se marchan de la colmena y forman una colonia aparte, separados de su abeja reina, y comen inmundicias en lugar de miel, ¿no es así?

—No —dijo Anceo—. Trajeron consigo a sus propias mujeres, pero estas mujeres estaban acostumbradas a lo que a ti te parecerá una forma de vida indecente y vuelta del revés. Cuidaban del ganado, y los hombres las vendían y las compraban como si ellas también fueran ganado. 

—Me niego a creer que los hombres puedan comprar o vender mujeres —exclamó la ninfa—. Es evidente que te han informado mal sobre este punto. Pero, dime, ¿continuaron durante mucho tiempo estos sucios griegos con esta forma de vida, una vez instalados en Pelasgia?

—Las primeras dos tribus invasoras, los jonios y los eolios —contestó Anceo—, que llevaban armas de bronce, no tardaron en rendirse ante el poderío de la diosa al ver que ella consentía en adoptar a sus dioses varones como hijos suyos. Renunciaron a muchas de sus bárbaras costumbres y cuando, poco después, les persuadieron de comer el pan cocido por los pelasgos y descubrieron que tenía un sabor agradable y propiedades sagradas, uno de ellos, llamado Triptólemo, le pidió permiso a la diosa para poder sembrar él mismo la cebada, pues estaba convencido de que los hombres podrían hacerlo con casi tanto éxito como las mujeres. Dijo que deseaba, si es que era posible, evitarles a las mujeres un trabajo y una preocupación innecesarios, y la diosa, indulgente, consintió.

La ninfa se rió hasta que las laderas de la montaña devolvieron el eco de su risa, y desde su roca los hombres-cabra corearon sus carcajadas, revolcándose de alegría, aunque no tenían la menor idea de por qué se estaba riendo.

—¡Qué estupenda cosecha debió de recoger este tal Triptólemo! —le dijo a Anceo—. ¡Todo serían amapolas, beleño y cardos!

Anceo tuvo la suficiente prudencia como para no contradecirla. Empezó a hablarle de la tercera tribu de los griegos, los aqueos, cuyas armas eran de hierro, y de su insolente comportamiento ante la diosa y de cómo instituyeron la familia divina del Olimpo; pero observó que ella no le escuchaba y desistió.

—Vamos a ver, Anceo —le dijo en tono burlón—. Dime, ¿cómo se determinan los clanes entre los griegos? Supongo que no me irás a decir que son clanes masculinos en lugar de femeninos y que determinan las generaciones a través de los padres en lugar de las madres, ¿verdad?

Anceo asintió lentamente con la cabeza, como si se viera forzado a admitir un absurdo gracias a la astucia del interrogatorio de la ninfa.

—Sí —dijo—, desde la llegada de los aqueos de las armas de hierro, que ocurrió hace muchos años, los clanes masculinos han sustituido a los femeninos en la mayor parte de Grecia. Los jonios y los eolios ya habían introducido grandes innovaciones, pero la llegada de los aqueos lo volvió todo del revés. Los jonios y los eolios, ya por aquel entonces, habían aprendido a calcular la descendencia a través de la madre, pero para los aqueos la paternidad era, y sigue siendo, lo único que tienen en cuenta al determinar su genealogía, y últimamente han conseguido que la mayoría de los eolios y algunos jonios adopten su punto de vista.

—No, no, ¡eso es manifiestamente absurdo! —exclamó la ninfa—. Aunque es claro e indiscutible, por ejemplo, que la pequeña Kore es mi hija, ya que la partera la extrajo de mi cuerpo, ¿cómo puede saberse con certeza quién fue el padre? Pues la fecundación no proviene necesariamente del primer hombre a quien yo gozo en nuestras sagradas orgías. Puede provenir del primero o del noveno.

—Los griegos intentan resolver esta incertidumbre —dijo Anceo— haciendo que cada hombre elija lo que llaman una esposa. Una mujer a quien le está prohibido tener por compañero a nadie que no sea él. Entonces, si ella concibe, no puede discutirse la paternidad.

La ninfa le miró de hito en hito y le dijo:

—Tienes una respuesta para todo. Pero ¿acaso esperas que me crea que se puede gobernar y guardar hasta tal punto a las mujeres que se les impida disfrutar de cualquier hombre que les apetezca? Imagínate que una mujer joven se convirtiera en la esposa de un hombre viejo, feo y desfigurado como tú. ¿Cómo podría ella consentir jamás en ser su compañera?

Anceo sostuvo su mirada y le respondió:

—Los griegos profesan que pueden controlar así a sus esposas. Pero admito que muchas veces no lo consiguen, y que a veces una mujer tiene relaciones secretas con un hombre de quien no es la esposa. Entonces su esposo se pone celoso e intenta matarlos a los dos, a su esposa y a su amante, y si los dos hombres son reyes, llevan a sus pueblos a la guerra y sobreviene gran derramamiento de sangre.

—Eso no lo pongo en duda —dijo la ninfa—. En primer lugar no deberían decir mentiras, ni luego emprender lo que no son capaces de realizar, dando así lugar a los celos. A menudo me he dado cuenta de que los hombres son absurdamente celosos: es más, después de su falta de honestidad y su charlatanería, diría que es su principal característica. Pero cuéntame, ¿qué les ocurrió a los cretenses?

—Fueron vencidos por Teseo el griego, a quien ayudó a conseguir la victoria un tal Dédalo, famoso artesano e inventor —dijo Anceo. 

—¿Qué fue lo que inventó? —preguntó la ninfa.

—Entre otras cosas —contestó Anceo—, construyó toros de metal que bramían artificialmente cuando se encendía un fuego bajo sus vientres; también estatuas de madera de la diosa que parecían de carne y hueso pues las extremidades articuladas podían moverse en cualquier dirección, como si fuese un milagro, y, además, los ojos podían abrirse o cerrarse tirando de un cordón oculto.

—¿Aún vive este Dédalo? —preguntó la ninfa—. Me gustaría conocerlo.

—Por desgracia ya no —contestó Anceo—. Todos estos acontecimientos ocurrieron mucho antes de mis tiempos.

Ella insistió:

—Pero ¿verdad que me podrás decir cómo estaban hechas las articulaciones de las estatuas para que las extremidades pudieran moverse en cualquier dirección?

—Sin duda debían girar en un hueco esférico —dijo él, doblando su puño derecho y girándolo en el hueco formado por los dedos de la mano izquierda para que comprendiera en seguida lo que quería decir—. Pues Dédalo inventó la articulación esférica. En todo caso, gracias a un invento de Dédalo quedó destruida la flota de los cretenses, y por esto ya no son ellos quienes visitan vuestra isla, sino únicamente los griegos y algún que otro pelasgo, tracio o frigio.

—La madre de mi madre me contó —dijo la ninfa— que, aunque los cretenses adoraban a la diosa con casi tanta reverencia como nosotros, su religión difería de la nuestra en muchos aspectos. Por ejemplo, la gran sacerdotisa no elegía a un campeón solar sólo para un año. El hombre que ella elegía reinaba algunas veces durante nueve años o más, negándose a dimitir de su cargo porque alegaba que la experiencia trae consigo la sagacidad. Le llamaban el sacerdote de Minos, o el rey Toro, pues la hermandad del Toro se había convertido en la hermandad suprema de aquella isla. Los hombres-ciervo, los hombres-caballo y los hombres-carnero jamás se atrevieron a luchar por obtener el trono de la guerra, y la gran sacerdotisa solamente se dejaba acompañar por hombres-toro. Aquí mi madre y yo distribuimos nuestros favores por un igual entre todas las hermandades No es prudente dejar que una sola hermandad obtenga la supremacía, ni dejar que un rey reine más de dos o tres años a lo sumo; los hombres se dejan llevar fácilmente por la insolencia si no se les mantiene en el lugar que les corresponde, y entonces se creen ser casi iguales a las mujeres. Con la insolencia se destruyen a sí mismos y para colmo hacen enojar a las mujeres. Sin duda alguna esto fue lo que debió de ocurrir en Creta.

Mientras aún conversaban, hizo una señal secreta a los hombres-cabra para que se llevaran a Anceo fuera de su vista y después le dieran caza hasta matarlo con sus hondas. Pues decidió que a un hombre que podía contar historias tan perturbadoras e indecentes no se le podía permitir seguir con vida en la isla, ni siquiera un momento más, ahora que ya le había contado lo que quería saber sobre la forma de articular las estatuas de madera. Temía el daño que podría ocasionar si inquietaba las mentes de los hombres. Además era un viejo encorvado, calvo y feo, un exiliado, y un hombre-delfín que no le traería buena suerte a la huerta.

Los hombres-cabra se postraron en reverencia ante la ninfa de las Naranjas y luego, incorporándose, obedecieron sus órdenes con alegría. La persecución no fue larga.

Traducción de Lucía Graves

FÁBULA DEL POETA EN LA ISLA

CAMILO JOSÉ CELA

Madó Bernardina Francesquina Bordils, a quien llamaban Oroneta los lunes, miércoles y viernes, Xixell los martes, jueves y sábados y Lligabose los domingos y fiestas de guardar, me contó hace diez o doce años una historia que, debidamente adobada en literatura, me sirvió de plantilla para la fábula de la que paso a darles noticia. Ignoro cómo inventarla -o recordarla- y la verdad es que no se lo pregunté porque tampoco me importaba demasiado. Madó Bernardina Francesquina, que olía bastante mal, que olía medio a ajos, medio a cabra y medio a pachulí (bien sé que me sobra un medio), murió de muermo en el mes de enero de 1983, con los almendros recién florecidos y el aire diáfano y saludable; cinco hombres limpios de antecedentes penales arrojamos su cadáver a la mar sin que nadie nos viera y mandamos decir cuarenta y nueve misas, siete por cada uno de los siete pecados capitales, por la salvación de su alma. Paso a leer las noticias que me contó la muerta.

En la cordillera del norte de la isla de Mallorca, la que nos defiende de la tramontana y se yergue altanera y solemne, también agreste, rodeada de sus higueras y sus cabras y sus cincuenta Herpérides, la Ninfa de las Naranjas se acerca todas las tardes y sin dejar ni una al borde del acantilado a ver cómo se pone el sol: a ver con qué majestad, con qué tristeza y con qué desprecio se pone el sol.

Mientras el círculo rojo, casi púrpura, va hundiéndose poco a poco entre las brumas del horizonte, la Ninfa de las Naranjas recuerda la historia de un hombre extraño, un hombre que la mar depositó, hace ya muchos años, muchísimos años, en las arenosas playas del otro lado de la isla y que su madre hizo conducir ante ella para que fuera juzgado por sus blasfemias, que daban escalofrío. El hombre era alto y risueño, sí, pero también blasfemo, y no sólo se atrevía a cubrirse la cabeza con un sombrero rarísimo y provocador, con un sombrero muy diferente a todos y que ignoraba los símbolos de sumisión a la Triple Diosa que, obligatoriamente habían de llevar todos los hombres de la isla, sino que, para colmo, narraba historias heréticas y desvergonzadas con la risa bailándole en los ojos azules; unas historias en las que los hombres y las mujeres se presentaban de forma ajena a la que mandaban los usos y costumbres. Algunos de esos cuentos, a lo que dicen, los inventaba él mismo y, lo peor de todo, es que eran hermosos.

El hombre debió haber sido sacrificado de inmediato para evitar males mayores y desconciertos. Los guardianes del sagrado huerto de la Ninfa, vestidos con los atributos de la Cabra, habían preparado ya sus hondas para perseguirlo, entre los olivos que llegaban hasta la orilla y prolongar así un poquito más el momento de la agonía. Solo así se hubiera cumplido el ritual que aseguraba todas las primaveras, sin dejar ni una, el hecho de que la madre Tierra aprobara con su hermosa fecundidad el ordenado discurrir de la lealtad de sus súbditos. El cadáver en pedazos del forastero intruso hubiera servido para bendecir con su sangre los surcos de la tierra, la besana fértil pintada por la mano del hombre que ya estaba en la tierra antes de que él llegase. Se le habría negado, claro es, la alegría final del enterramiento, y la hoguera de aromáticas ramas secas de naranjo se hubiera encargado de poner fin a la historia. Pero la Ninfa tuvo un momento de debilidad y cayó en la tentación. A la Ninfa le gustaba el descaro elegante, la desfachatez del hombre alto y desgarbado que se dejaba crecer el pelo en unos rizos capaces de competir con los de cualquiera de sus doncellas, a no ser por su color de trigo sucio. Además el hombre iba vestido con unos ropajes muy diferentes a los que ella conocía. En la isla los hombres se untaban el cuerpo con savia de lentisco y grasa de cerdo, en lugar de abrigarse con ropas, y el extranjero era a todas luces diferente. La Ninfa de las Naranjas cometió el error de perdonarle la vida pero el hombre no supo jamás que se le había apartado del castigo inevitable. La Ninfa de las Naranjas le condenó a seguir inventando leyendas, historias y poemas, y a trepar durante todas las tardes de su vida a un peñasco alto y diáfano, desde el que se podían ver los hatos de las cabras cornalonas y las ovejas lanudas, los campos de naranjos de oro y olivos de plata y los pinos que se vertían en la mar. Allí leería el hombre sus composiciones postrado de rodillas ante la Ninfa, mientras el murmullo del aura entre las ramas de los árboles hacía el papel del coro preciso para que las blasfemias no volaran libres por el valle abajo.

El extranjero creyó que la decisión de la Ninfa contenía un halago y no una condena, y nunca entendió gran cosa del mundo extraño que le rodeaba. El extranjero creía, por ejemplo, que las historias y los cuentos eran más importantes que la cabrahigadura, la fecundación de los campos y las labores de la siega. El extranjero creía, sobre todo, que hasta esas labores ganaban en dignidad y en importancia al trueque que se hacía en los pueblos del sur, entre los barcos que de vez en vez se acercaban a la orilla para llevarse el aceite, el trigo y las frutas y dejar a cambio las ánforas del vino y las herramientas del metal. Los objetos de bronce hermoso le atraían, sin duda, pero tan sólo en la medida en que eran bellos y no útiles. Para el extranjero no había más utilidad que la belleza, y el extranjero (a lo mejor esto ya se dijo) nunca entendió gran cosa del mundo extraño que le rodeaba.

Gracias a esta situación, el extranjero pudo componer bellísimos poemas, historias alegres y tristes y leyendas del mundo misterioso que crecía al otro lado de la raya de la mar. Cada tarde, el extranjero, algunos le llamaban el forastero, acudía a la colina escarpada en la que la Ninfa le esperaba y no volvía a bajar hasta que la oscuridad de la noche podía cambiar el descenso en aventura. A veces parecía inútil todo el esfuerzo ya que la Nínfa cerraba los ojos y se quedaba hierática, con el pelo negro y ondulado enroscándosele en la nuca ante el azote del viento. ¿Seguía, entonces, prestando atención a los versos del poeta? El extranjero no se atrevió jamás a interrumpir la lectura para comprobarlo. El extranjero se limitaba a bajar un poco la voz, a fin de no perturbar el sueño que quizás se estaba ya insinuando, pero la Ninfa, a veces al cabo de unos instantes y en ocasiones muy tarde, acababa abriendo los ojos sin mover ni un solo músculo más: unos ojos nublados por los pensamientos que volaban mucho más lejos del valle y hacia la mar que no conocía fin. Si el extranjero temblaba un instante en el ritmo de la lectura, el encanto se rompía de golpe al volver la Ninfa la cabeza y mirar, con una furia ceñida, hacia su esclavo. El extranjero, entonces, tenía que seguir inmediatamente el recital de sus versos, reprimiendo el deseo de hacer preguntas que siempre habían de quedar sin respuesta.

Tras ponerse el sol, la Ninfa arrebataba al extranjero las pieles en las que había grabado sus palabras y lo despedía con violencia. Cuando su figura se había perdido ya en la tiniebla, la Ninfa descendía de las peñas por el lado contrario, fuera de todo camino y en la dirección que le habría conducido a la mar. A media ladera había una cueva mágica donde el soplo del viento no entraba nunca, y en la que una corriente de aire  dulzón se colaba por el brocal del pozo que se hundía en las entrañas de la tierra. La cueva estaba cálida y acogedora en el invierno y durante los calores del verano se enseñaba fresca y húmeda todo el día y hasta la caída del sol. Allí, en un resquicio que se abría en las paredes de roca, la Ninfa iba amontonando las pieles con las historias y los versos y las ocurrencias del extranjero. Se trataba, en cierto modo, de una compensación y en lugar de su sangre eran sus palabras las que así se vertían en el corazón de la tierra. Con este arbitrio, la Ninfa podía repetir una y otra vez -y cuantas veces quisiera- el sacrificio.

Pero la historia se escribe sin querer y en cierta ocasión quizá por culpa del azar o de la torpeza, nadie lo supo nunca, algunas de las pieles escaparon de su sepultura de la caverna. A lo mejor en una noche aún más oscura de lo habitual, mientras la diosa doncella -la luna nueva- pugnaba por ganar unos tenues latidos de luz ante la mordedura de la tiniebla, el viento arrebató de las manos de la Ninfa algunos trozos de piel con los escritos. Fue, a no dudarlo, de muy mala fortuna el que al día siguiente cayeran en manos de un hombre-cabra, a lo mejor era un sátiro, de ojos azules y piernas cortas y musculosas, mientras cuidaba el ganado entre las breñas. Nada sabía el hombre-cabra de signos de escritura, ni de poemas, ni de historias, pero las pieles podían cambiarse al otro lado de la isla por un trago o dos del vino seco y resinoso que traían los comerciantes de ultramar. La codicia le impidió reconocer que objetos tan valiosos no podían pertenecer a nadie más que a la Ninfa y le cegó la conciencia hasta llevarle a ignorar que era sacrilegio el retenerlos y el traficar con ellos.El extranjero los guardó entre los recovecos de su honda y luego, aprovechando una excusa cualquiera, se fue al sur y se los cedió a un hombre-caballo, a lo mejor era un centauro, mientras sorbía glotonamente las últimas y más sabrosas gotas del premio.

Varias veces a lo largo de los años se repitió la historia, siempre ayudada por el atento mimo con el que el hombre-cabra buscaba todos los días entre los árboles y las piedras algún trozo de piel perdido al viento y así, poco a poco, los poemas del extranjero escaparon, al menos en parte, al destino que debieran haber sufrido a manos de la Ninfa. De esta manera, que no de ninguna otra, llegaron a poder de los comerciantes de pelo negro y ensortijado que osaban llegar hasta la isla en sus naves con siete bancos de remeros y la vela latina con que probaban a ceñirse al escaso viento favorable que acertaba a soplar.

De esta forma fue creándose poco a poco el cauteloso y hermoso mito del extranjero encerrado en una isla remota, atrapado entre las matas de romero y lentisco y mejorana por la voluntad de la Ninfa que le cambió la súbita muerte por el continuo y lentísimo descuartizamiento. Las leyendas iban y venían volando y andando y nadando y los versos se adornaban con mil loas y aplausos. Hubo hasta quien pensó en un fraude urdido por los navegantes que se aburrían en el ejercicio del comercio y las discusiones dieron paso a las apuestas por medio de las que se llegó a la decisión: una nueva y hermosa nao, con un banco más de remeros que los de siempre, se acercaría a la isla para comprobar la certeza de la existencia del extranjero cautivo. En la expedición irían muy diestros guerreros, ya que la proverbial ferocidad de los hombres-cabra y su hábil manejo de las hondas se conocía muy bien en todas las riberas de la mar. También se embarcarían los poetas necesarios para comprobar la verdad del origen de los versos que ya se sabían bellos y, por último se enrolarían varios niños en la expedición a fin de ofrecerlos en sacrificio a la Ninfa para calmar sus probables arrebatos furiosos. Tan importante era el viaje -y tan grande el interés de sus organizadores-, que se consultó el oráculo de Dídima, tras forzar al sacerdote a beber el agua de las fuentes de Castalia y Colofón. Para espanto de los presentes, el sacerdote quedó muerto de golpe y sin mover ni una sola arruga, vamos, lo que se dice en el acto. Pero los comerciantes que habían fletado el barco y alistado la tripulación ocultaron el terrible presagio e hicieron creer a la gente que el sacerdote hallaba tan placentero el propósito del viaje que, de puro gozo, se había quedado dormido al mismo pie de la fuente. Nadie osó contradecirlos, porque su poder era inmenso e infinito el alcance de su venganza. El barco partió aprovechando la brisa del mediodía, hasta perderse más allá de la última isla de la mar conocida. Luego siguió al sol en su camino, atravesó la mar de Liguria y se aventuró por los difíciles pasos acosados por las bestias y los huracanes hasta que por fin, un día y después de muchas penalidades, apareció en el horizonte la isla con sus crestas grises y sus playas en las que la arena brillaba desde la distancia.

El barco aguantó aún un par de jornadas lejos de la costa porque la fuerte tramontana hacía difícil la singladura e inútil la maniobra de atracar a las rocas de la orilla. Por fin el ancla, con su cepo de metal, mordió el fondo de la playa más grande de todas las que cerraban en arco el contorno del mediodía de la isla de Mallorca, pero la expedición no encontró el recibimiento que, por costumbre hospitalaria, gozaban los navíos al acercarse a tierra. Nadie salió a su encuentro, porque aunque los navegantes no podían saberlo, durante los últimos días que estuvieron a la vista de las montañas de Mallorca, la Ninfa había enviado un hombre-delfín, a lo mejor era un macho de sirena (no hay machos de sirena), a averiguar lo que hacía un barco tan hermoso desafiando la mar y el viento del norte. ¿Por qué no corría en demanda de abrigo hacia las costas de las Pitiusas? El hombre-delfín se había acercado a la roda del barco, amparado por la resaca que azotaba las amuras, y había podido así contemplar el vómito de los guerreros zurrados por el movimiento incesante, y los sacrificios ofrecidos a los dioses heréticos a quienes los extranjeros culpaban del huracán. El hombre-delfín se había reído a carcajadas de sus torpezas. ¿Acaso ignoraban que era la propia Ninfa la que había ordenado a la mar detener a los intrusos? Pero sus mofas se habían perdido entre el estruendo que los obenques y las drizas y nadie a bordo sospechaba ni el verdadero motivo del mal tiempo ni el origen del repentino recalmón. La consecuencia de todos esos sucesos fue que se procedió al desembarco con la alegría de quienes temían ya por sus vidas y encontraban de nuevo la generosa tierra firme en la que descansar.

Durante dos días y dos noches la expedición lamió sus heridas, compuso sus armas, limpió de salitre las espadas y las lanzas, y puso buen orden en los regalos que podrían servir para el rescate del extranjero, si es que el extranjero existía de verdad. Luego los hombres partieron hacia las montañas y quedaron sorprendidos tanto de la fertilidad de los campos y la abundancia del trigo y la cebada como ante la ausencia casi absoluta de seres vivos. Sólo algún animal que se atisba -una cabra, quizá un caballo- entre la espesura de los pinares y los encinares, daba señal de movimiento ante la isla embalsamada por los aromas de las flores y los matorrales. Por lo demás, tan sólo los insectos añadían su rumor al de la brisa. Parte de la expedición se negó a seguir porque pensaba que ésa no era la isla que los comerciantes les habían descrito, con nativos amables y fáciles de engañar que cambiaban sus montones de espigas por cualquier baratija. Algo presagiaba en el ambiente el que todo iba mal, muy mal. Los poetas fueron los primeros que se empeñaron en dar la vuelta, pero los guerreros, que no estaban dispuestos a cargar con el estigma de la cobardía, se mofaron de ellos, acusándoles de enseñar temores propios de mujeres. La mitad de los hombres siguió el camino hacia las rocas ya cercanas, asegurando a los medrosos que, de existir algún extranjero en la isla, poeta o no, lo cubrirían de cadenas y lo llevarían hasta los campos de cereal de la llanura. Mientras se alejaban los hombres todavía hicieron correr las burlas, pero las primeras estribaciones de los montes les cortaron el resuello y acabaron con sus ganas de bromear. Los hombres pronto descubrieron que armas y bagajes eran un serio obstáculo para seguir subiendo y, en consecuencia, dejaron un retén al cuidado de la impedimenta más pesada y siguieron su camino conservando tan sólo los puñales y las espadas al cinto. Las armaduras, las lanzas y los escudos quedaron atrás, al cuidado de la guardia, y la mayor parte de las raciones también fueron abandonadas porque la isla, con sus frutales y sus corrientes de agua, justificaba el ahorrarse todo peso inútil durante el ascenso. Lo malo fue que, cuando ya estaban demasiado lejos para volver sobre sus pasos, un rumor de voces y una humareda sobre el campamento abandonado les hizo pensar que debieron haber dejado una guardia más numerosa y firme para proteger sus bienes. Era probable que los nativos hubieran entrado a saco en busca de los tesoros al alcance de sus manos. Poco importaba porque los guerreros estaban seguros de ahuyentar con un solo gesto a aquellos desharrapados, y los diestros y fieros honderos a quienes tanto temían no se enseñaban por parte alguna. Ante el riesgo de que asomara alguno, quizá hubiera sido prudente conservar los yelmos, los escudos y las corazas, pero eso era tanto como renunciar a la subida a los montes. No tenía sentido, pues, discurrir ni un solo punto más acerca de los males posibles y las prudentes prevenciones para conjurarlos. Era mejor apresurar el paso y llegar hasta los desfiladeros ya cercanos que daban acceso a los acantilados de la costa que se asomaba al norte y, de nuevo, a la mar.

Ninguno de los expedicionarios llegó a ver la otra ladera de los montes. El primer ataque de los hombres-cabra acabó con la mayoría de los intrusos sin que ellos alcanzasen siquiera a saber de dónde les llovían los cantos rodados que quebraban sus huesos y hundían sus calaveras. A los pocos supervivientes que quedaron se les cegó y se les mutiló antes de llevarlos a la presencia de la Ninfa, quien recibió a sus prisioneros en lo alto del escarpado peñasco al que se retiraba por las tardes. Hizo sentarse a su lado, sobre la dura tierra, al extranjero, y lo observó con atención mientras la comitiva se acercaba lentamente, retrasada por la dificultad de los cautivos que tropezaban de continuo y se dolían de sus heridas. El contraste entre el extranjero y los prisioneros era evidente. A pesar de los años transcurridos bajo el limpio cielo de las montañas, su piel permanecía aún blanca como la leche, con un suave matiz quizá parecido al que proporciona el jugo del aladierno. La piel de los prisioneros, por el contrario, se enseñaba oscura y curtida por el viento y el salitre de la mar. El cabello del extranjero se enmarañaba en un revoltijo que, al estirarse, caía por su peso como la gavilla de espigas recién segadas que rueda por la ladera abajo. Los navegantes, sin embargo, tenían un pelo negrísimo, muy parejo al de los hombres-cabra y, como ellos, perdido en la escalera de sus numerosísimos y prietos rizos aceitosos. Si los derrotados invasores hubieran conservado sus ojos, otra notable diferencia se sumaría a las que ya se dijeron. ¿Dónde, en qué otra latitud se habían visto los grises de la mirada del extranjero?

La Ninfa se sintió enojada. En el fondo había tolerado las molestias del acecho y el combate de sus hombres con los extraños, sólo con la esperanza de poder suplir al extranjero, que ya iba para viejo, por otro poeta más joven y ardiente en sus composiciones. Pero lo que llevaban a su presencia no eran sino despojos inferiores a los de los propios hombres-caballo que ella mantenía lejos de sí, en la llanura, por desprecio. Sólo la curiosidad le impedía ordenar sin más ni más que fueran despeñados por las rocas de la costa y condescendió a preguntarles por los motivos de la invasión.

-Hemos venido engañados, ¡oh, Ninfa!, por una absurda historia que hablaba de un poeta cautivo entre tus peñascos.

La Ninfa sonrió, pero no permitió que se reflejase la sonrisa en su respuesta.

-El poeta existe, inmundos derrotados. Pero, ¿qué interés puede tener para vosotros? Y de otra parte, ¿cómo sabéis de sus poemas?

-Sus versos y sus historias son famosos en toda la mar, ¡oh, Ninfa! Su renombre ha llegado ya más allá del mundo civilizado, y se cuenta que incluso entre los salvajes circulan versiones de sus historias en forma de leyendas místicas y festivas. Pero no sabíamos que estuviera bajo tu tutela -mintió el portavoz de los cautivos, con la esperanza de conservar la vida.

La Ninfa no quiso oír ni una sola palabra más y dejó que los hombres-cabra hicieran su misericordioso trabajo. Pero la historia del éxito y de la fama del extranjero fuera de la isla había cambiado todo el sentido de su presencia en la montaña. La Ninfa no quería junto a ella un poeta cuyos versos, insospechadamente, estaban en boca de los bárbaros navegantes y se coreaban en sus hediondas ciudades. Compartir con esos hombres despreciables lo que ella atesoraba como algo digno de su exclusivo placer, era una humillación insoportable; en su furia decidió que el extranjero no merecía ni siquiera el honor de morir a manos de los hombres-cabra y ordenó a éstos que se lo llevaran junto al resto de la horda que había quedado en el campamento de la llanura.

Los poetas aplaudieron alborozados al ver llegar la comitiva que levantaba el polvo del camino. Luego enmudecieron, al ver a los extraños hombres-cabra y adivinar el resto de la historia. Por fortuna para ellos, los feroces y musculosos guerreros no se acercaron más que para liberar a golpes a un anciano, que quedó tendido boca abajo entre los matorrales. Cuando por fin pudo hablar, atendido por los físicos que restaban, se hizo cierto que la expedición había encontrado el triunfo de una forma sorprendente.

-Eres libre, poeta -le dijeron-. Y ahora tu fama se verá acrecentada por tu presencia y por las nuevas y bellísimas historias que podrás escribir. La plata y el aplauso y los favores de los muchachos serán el premio que los dioses te reservan para compensar tus penas y tus fatigas.

Los invasores decidieron partir a la mañana siguiente, cuando la brisa de la mar cediera un punto en su embate.

Durante la noche, el extranjero escapó de la negligente vigilancia de los expedicionarios que dormitaban bajo los efectos de la fiesta en la que habían agradecido a los dioses su clemente actitud. Las piernas del extranjero eran ya débiles y su resuello corto y fatigoso, pero pudo caminar durante toda la noche iluminado por la diosa-madre, la luna menguante que acertó a lucir en los cielos hasta el amanecer. Para entonces estaba ya seguro en las peñas cercanas al desfiladero, y se acurrucó en una húmeda caverna para dejar que el día transcurriese sin que nadie le viera. Al caer de nuevo la noche, volvió sobre su camino con ánimo, renovado por la cercanía de las peñas de Deià en las que la Ninfa le había escuchado durante tanto tiempo. Durante la tercera noche llegó hasta ellas. Fue inútil entonces buscar abrigo ya que, al salir el sol, los hombres-cabra darían con él por mucho que se ocultase. Se tumbó, al pie de la roca en la que la Ninfa se sentaba a escucharle, en lo alto del promontorio desde el que se dominaban los valles y la mar. La Ninfa lo descubrió allí, dormido, con el sol golpeando su piel blanquecina y el viento jugando con el matorral ya blanco de su cabello. Y por fin se apiadó de él, le concedió la muerte y enterró su cuerpo en lo alto del promontorio, rodeado por el coro de las ramas de los árboles y refrescado por el rocío que alivia las noches del más intenso y pegajoso calor del verano. Y ordenó a los hombres-cabra que quemaran sobre su tumba el collar de naranjas secas que simbolizaba el poder de la Triple Diosa sobre sus súbditos. Y derramó una única lágrima, que al tocar el suelo se convirtió en el brote de un olivo que acababa de nacer. Y ordenó que ese árbol mudase el color de sus hojas por el gris perla de la mirada del anciano para que, mientras existiesen olivos en Mallorca, todo el mundo recordase al extranjero, al poeta anciano que quiso morir en los promontorios de la isla que él mismo había contribuido a inventar.

Traducción de Felip Munar i Munar



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