Esta noche, a las 20.00 horas, leerá en la Acadèmia de Belles Arts de Sant Sebastià el discurso de ingreso como nuevo miembro. El título de la charla es Instint i desconcert a l’art al voltant del nou mil·leni. Le responderá el escultor Jaume Mir.
Texto: Pilar Ribal, El Mundo 02/12/1999
PALMA.— Con una sólida carrera a sus espaldas, Joan Bennàssar ocupará desde hoy la plaza que dejó vacante en la Acadèmia de Belles Arts la escultora Remigia Caubet.
Pilar Ribal —¿Qué supone para usted vincularse a esta histórica institución?
Joan Bennàssar —Nunca había pensado pertenecer a ninguna academia. Pero, por una parte, tengo un inmenso cariño por Jaume Mir, que fue quien me propuso como nuevo miembro. Además, me consta que los académicos se distinguen por haber demostrado a lo largo de su vida un gran amor por los hechos artísticos. Y como creo que con el tiempo tenemos que ir acostumbrándonos a decir que sí a ciertas cosas, he decidido aceptar.
P.R. —Unirá su nombre a los de García Ruiz, Jaume Mir, Caty Juan, Conrado de Villalonga, Perelló Paradelo, Ramon Canet, Joan Miralles, etc. ¿Qué espera aportar?
J.B. —Espero convertirme en una persona que de alguna manera vele por la salud del arte, que es algo que siento como una deuda social. Además, creo que las instituciones precisan espíritus jóvenes para crecer y desarrollarse, para adaptarse a los nuevos tiempos.
P.R. —¿Qué funciones debe cumplir hoy en día la Acadèmia?
J.B. —En un tiempo determinado, la Acadèmia de Belles Arts, que tiene unos 150 años, cumplía sobre todo las tradicionales funciones de defensa de la formación artística. Pero el tiempo todo lo varía, y si las academias quieren mantenerse vivas tienen que encontrar nuevos caminos y asumir nuevas responsabilidades, como por ejemplo la defensa de nuevos valores sociales. Frente a hechos determinados como el deterioro del paisaje, o de la propia ciudad, estéticamente afectada, por ejemplo, por la falta de criterios urbanísticos o por la poca sensibilidad frente a su patrimonio... o, simplemente, frente a algo que humanamente pueda trastocar el sentido del vivir diario, la Acadèmia puede tener algo que decir. Desde mi punto de vista, no se trata sólo de abanderar la defensa de la belleza u otros ideales artísticos más abstractos, sino de que gente que trabaja con los valores del espíritu no se muestre indiferente frente a hechos sociales que perturban la convivencia. Y, aunque continuamente vemos guerras y masacres por televisión, no podemos dejar que las cosas, por habituales, nos dejen indiferentes. Los artistas hemos de usar nuestro prestigio también para defender cosas ajenas a nuestra profesión.
P.R. —¿Cuál es su lectura de la realidad artística actual?
J.B. —Creo que la sociedad ha cambiado muchísimo y que la visión del mundo es diferente en parte gracias al arte. Pero uno de los hechos más significativos de los últimos años es que vivimos en un tiempo en que todo es visualizado sin esfuerzo, cómodamente. Es muy fácil «atrapar imágenes», reproducirlas y llevarlas a nuestras casas. El mundo de la imagen tiene un futuro impresionante, de eso no me cabe duda. Sin embargo, en mi opinión, hay un gran desconcierto. Hay, usando una comparación marinera, muchos nortes hacia donde ir. En este sentido, el artista, como buen marinero, ha de saber entrever las posibilidades del viento para conducir las naves a puerto.
P.R. —Pero sin tener la certeza de haber tomado el mejor rumbo...
J.B. —Al artista le es propio dudar. Los artistas debemos conservar el espíritu abierto y entender que el arte es una profesión con riesgos y que, precisamente por ello, hay artistas que son capaces de hacer visibles realidades que los demás aún no hemos podido intuir.
P.R. —Usted reivindica la importancia de la tradición...
J.B. —Somos parte de una civilización que ha poblado las costas mediterráneas. Una civilización antigua y sabia. Sería absurdo negar que todos tenemos padres. Por ejemplo, cualquier artista español está marcado, al margen de otras influencias, por las personalidades de Picasso, Miró o Dalí. Pero, además, la historia de la pintura es lo bastante amplia como para que cada cual reconozca sus filiaciones. En términos generales, reivindico la pintura europea y creo que, hoy en día, sin mestizaje no vamos a ninguna parte.
P.R. —Jean Clair plantea en «La responsabilidad del artista» que la renovación del arte contemporáneo se ha de realizar desde la figuración. ¿Está de acuerdo?
J.B. —La última parte de este siglo ha buceado en todas las posibilidades formales que se ofrecen desde la práctica de la pintura, incluso haciendo de la propia materia pictórica el único contenido de la obra de arte. Pero yo sigo pensando en el cuadro como resultado de la coincidencia de forma y contenido. A pesar de todas las alternativas que ofrecen en este momento otros lenguajes, como la fotografía, el vídeo o la instalación, a mi lo que me interesa es la reflexión sobre lo humano, y cuando digo humano me refiero a todo lo que rodea al hombre. Hoy en día, gran parte de la producción artística niega la experiencia poética, la comprensión individualizada y subjetiva del mundo. Yo me siento obligado a defender una práctica artística que exprese, desde la lectura de su tiempo, estos valores. No creo en la obra decorativa sino en el cuadro que se hace presente, que incluso puede molestar... pero la necesidad transgresora o subversiva que antes se asociaba al «arte de vanguardia» ha dejado de tener sentido. En cambio, creo que lo más característico del arte actual es que tiene cada vez un componente más personal.
P.R. —¿En qué momento se encuentra su pintura?
J.B. —En este momento estoy buscando lo que llamo «el momento original», el origen de la pintura, y observo instantes pictóricos incipientes que, como la pintura de Giotto o Fra Angelico, anuncian la llegada de un nuevo florecimiento de la pintura. Quiero reivindicar la necesidad de pintar, que se encuentra en todos los pueblos, africanos, americanos, de cualquier lugar. Además, me interesa «contar historias», hablar de vida y de muerte, de humanismo y de mediterraneidad. Intuyo que nos encontramos en un momento previo a un gran cambio de actitud. Pienso que al mundo le hace falta renovar su pensamiento y siento que estamos en un momento de transición. El siglo de las vanguardias, el siglo del mundo como lo hemos concebido hasta ahora está finalizando. El mundo cada vez es más pequeño y todo más próximo; nuestros hijos ven lo mismo que un niño africano o americano y cada vez se tiende más a suplir las experiencias propias por las prefabricadas por los medios de masas... Debemos aprender a universalizar lo que es particular. Frente a la homogeneidad, el arte representa el único refugio donde se permiten caprichos, peculiaridades personales y donde éstas, además, se aprecian o valoran.