Se define como un artista mediterráneo y poco racional. Su secreto está en experimentar «con mis propias sensaciones más que ideas preconcebidas». Bennàssar alimenta su pintura de «deseo y necesidad».
Texto: Eva Sastre Forest, El Mundo 08/06/1996
Joan Bennàssar expone en la galería Trama un conjunto de obras en las que destaca la figura humana como tema central así como la utilización de suaves tonos azules y rosas. Son obras realizadas en Mallorca que desprenden cierto aire de clasicismo mediterráneo y que suponen para el artista una reafirmación de la pintura intuitiva.
Eva Sastre —¿Cómo definiría esta exposición?
Joan Bennàssar —En ella he recuperado mi pasión por la pintura como ruptura ante un tiempo en el que se considera vanguardista lo que no es fácilmente reconocible, y he plasmado dos inquietudes: por un lado, los hombres jóvenes, que hablan del mundo del trabajo y del futuro. Por otro, el tema de la mujer, que plasma el deseo de volver a pintar belleza.
E.S. —En cuanto al color, los azules y los rosas resultan muy picassianos.
J.B. —Sí. En el cuadro azul La toilette he trabajado diez años reconociendo la influencia de Picasso. Y es que en los últimos tiempos se ha descreído un poco del genio y parece como si el artista intuitivo fuera a menos y el artista racional a más. Yo reivindico al primero.
E.S. —Así pues, ¿pone su técnica al servicio del puro instinto?
J.B. —Para aprender a ver, primero hay que aprender a mirar. Mirar para ver qué hay en las cosas. Yo parto de una imagen muy primitiva del pintor: deseo algo e intento poseerlo. Siempre me he movido así. Soy un pintor mediterráneo, poco racional, y experimento con mis propias sensaciones.
E.S. —Pero usted es un artista comprometido ideológicamente ¿Cuál es su relación con la realidad socio-política?
J.B. —Diariamente me implico en la realidad. Cuando me expedientaron en Bellas Artes en los 70 dejé de pintar durante tres años porque sentía que mi compromiso estaba más en la calle que en la escuela. Entonces trabajaba de delineante y por las noches ilustraba poemas combativos. Cuando me amnistiaron en el 76 y acabé la carrera, empecé a apartarme de la política porque era contradictorio ser marxista y pintar para la burguesía. Cuando volví a pintar ya no fui tan explícito.
E.S. —Su relación con la figuración ha sido intermitente.
J.B. —Creo que nunca he dejado de ser figurativo. Cuando a finales de los 80 irrumpió el arte conceptual jugué a dejar la figura y a interesarme por los conceptos, y mis nidos, nubes o despensas aludían a temas como la familia, la caída del muro de Berlín o la Guerra del Golfo.
E.S. —¿El color y la materia, cómo han evolucionado en su obra?
J.B. —El color asusta, es difícil, y yo he optado por el ejercicio pictórico de buscar el riesgo usando colores no agresivos como azules y rosas en unos tiempos que sí lo son. Es como si me distanciara de este medioevo moderno y regresivo para conservar la esencia de los sentimientos adquiridos. En cuanto a la materia, durante un tiempo fui muy pastoso y espeso. Convertía una realidad en otra transformando la materia, como hacía Tàpies.
E.S. —Por eso han dicho que era un pintor ecléctico, ¿qué opina?
J.B. —Cuando me llamaban ecléctico intenté ser más ordenado. Y llegué a serlo, incluso demasiado. Tanto que ahora tendré que desordenarme un poco y arriesgar más para no ir tan sobre seguro y caer en la monotonía. Porque la función del artista es la de crear momentos mágicos.
E.S. —¿De qué se alimenta su pintura?
J.B. —De deseo y de necesidad.
E.S. —¿Dónde sitúa su trabajo como artista plástico?
J.B. —Fuera de los parámetros de la vanguardia y de la experimentación formal por sí misma. En un terreno más familiar, más íntimo. Una referencia literaria de mi trabajo es Robert Graves, que habla de lo antiguo pero reflejando el presente. Esa es la idea que estoy trabajando en mi serie escultórica Los guardianes del bosque, en la que hablo de personajes protectores de la naturaleza.
E.S. —¿Cómo ve el panorama pictórico actual?
J.B. —El gran problema del pintor de hoy es que ha perdido el orgullo para refugiarse sin dar batalla. EEUU nos ha vendido su manera de ver el mundo, acomplejando el arte europeo. Y mientras el mundo se mundializa las culturas se defienden. Incluso yo, que antes no era nacionalista, me estoy reconvirtiendo al nacionalismo como manera de protección. Y aunque es cierto que ya no existen prejuicios de lo que es o no es correcto, me da la impresión de que la pintura actual es el fruto de una pasión meditada.