Joan Bennàssar

«Apamant el viure» 06/08/1999 ¦ Entrevista a Joan Bennàssar

«Apamant el viure» – Conversación de Joan Bennàssar consigo mismo

Joan Bennàssar [...] Por eso yo te hablaba del pintor primitivo, de la necesidad como origen, de establecer una relación cara a cara y de volver a pedir al espectador que sea inteligente y ágil. Es decir, te hablaba del placer que da la confrontación con un cuadro, hay que volver a hablar de esto. Ya hemos hecho happenings, hemos hecho mil y una historias que me parecen muy bien –mi manera de hacer no implica negar nada de las de los otros–, pero yo creo que poco a poco te debes definir. Y a mí me complace encontrar las pequeñas cosas, que son las que aún diferencian a los humanos del resto de las especies. Esto es lo que me interesa.

Texto: Cristina Ros, “Apamant el viure” 06/08/1999

Apamant el viure 06/08/1999 | Entrevista a Joan Bennàssar

La huella del hombre.

A veces siento que no controlo mi alrededor, que el mundo me puede. La irracionalidad de las guerras, la bestialidad humana y las diferentes formas que va tomando la vida. En los años setenta, cuando yo empezaba, como mallorquín –teniendo en cuenta que Mallorca estaba mucho más aislada que ahora–, la visión del mundo me sorprendía. Intentaba internacionalizarme, empaparme de todo. Pero en todo este tiempo, creo que se ha dado una devaluación de todo lo que piensa el hombre. En aquellos inicios, para mí, el mundo era todo una posibilidad. Se decía aquello de “sé realista, pide lo imposible”, y esta era una de las imágenes más claras de que el mundo era nuestro. Ahora, no sé si es porque la gente no se respeta o por no sé qué, volvemos a defendernos, a refugiarnos en pequeñas cavernas, cuando lo que de verdad me apasiona es la certeza de pertenecer al mundo. Hemos de aprovecharnos de que el mundo se ha vuelto pequeño.

¿Te sientes en desacuerdo con el mundo?

No es acuerdo o desacuerdo. El mundo no es más que un proyecto. Siento una cierta decepción porque actitudes que creía ya superadas, que eran ya viejas, de nuevo las veo pasar delante.

Y te has refugiado en Pollença, el pueblo en el que naciste, pero del que has estado lejos mucho tiempo.

Simplemente, me encuentro bien. Parto de una actitud absolutamente egoísta: me siento muy implicado en la sociedad, me atrae enormemente todo aquello que es social, pero necesito mi tiempo, mi trabajo. Y cada vez me molesta más que invadan este territorio tan mío. Soy una persona de grandes ciudades; me fueron muy bien en el tiempo de formación, de juventud. En este momento viajo con frecuencia y creo que tengo la información que necesito, pero estoy ganando mucho tiempo. Vivir más el pueblo, lo cotidiano, lo que me aporta es tiempo. Y el calor humano me llega de otra manera. Me he aislado bastante, hago funcionar mi entorno, y con los otros tomo contacto cada cierto tiempo, en encuentros puntuales, que a veces me enriquecen y otras me producen grandes decepciones.

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¿Es posible que haya una voluntad de mantenerte al margen?

Yo me siento muy al margen. Después de pasar por épocas de gran implicación social y política, ahora encuentro la estabilidad en el interior de mi estudio. Pinto por necesidad. Ahora bien, por una parte debes implicarte en el día a día, pero por otra, no puedes dejarte llevar por este día a día. Los de mi generación empezamos a salir cara al público en los años ochenta, que es de alguna manera cuando empezaba el montaje del arte en España, con una intervención más decidida por parte del Estado y de otras instituciones con implicación social. Y cuando tú ahora me hablas, pienso que todo lo que ha rodeado el arte es tan marginal y autónomo que en cierto modo ha expulsado al artista de este propio montaje. Si quieres hacer tu trabajo, no es que tengas que aislarte, pero sí que debes mantenerte al margen de este montaje. Si antes pensaba que las masas lo descubrían todo, ahora creo que los descubrimientos son de las individualidades.

¿No tienes la sensación contraria de que en estos momentos hay una preponderancia del artista por encima de la obra?

Esta es una concepción del arte que podríamos decir que empezó con Duchamp y que continuó con mayor cara dura, o de forma más desenfadada, Andy Warhol. Y deberíamos incluir también a Beuys. Y de actitudes como estas se ha montado todo un circuito que son los academicismos de hoy. El academicismo no tiene por qué entenderse sólo como un sentimiento caduco. Academicistas fueron y son aún aquellos que, a partir de un cierto grado de poder, intentan imponer una visión unidireccional del arte.

¿Y te parece que hay ahora nuevos academicismos?

Estas actitudes que hoy dominan el arte a mí me parecen absolutamente académicas. Está montado así y este montaje incluye comisarios de exposiciones, críticos de arte, directores de museo, que se siente motores del arte que se está haciendo. Hoy en día, hay muchas exposiciones que se recuerdan casi más por el comisario que por la obra o los artistas, que están totalmente dirigidos por ellos. Quizá pueda parecer un poco exagerado, pero casi todo se mueve en este sentido. Lo que se ha montado alrededor del arte creo que está devorando lo que es el hecho artístico en sí.

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¿Y cuál sería para ti la responsabilidad del artista y, más concretamente, tu responsabilidad?

Yo me veo como una persona con sentimientos contrapuestos, frente a la seguridad de que el mundo de la imagen tiene un futuro increíble. Tengo claro que mi relación con la tela es una cuestión primitiva, dadas las vías infinitas para la creación de imágenes. Ahora bien, lo único que me mantiene trabajando es que esta relación entre la tela y yo es un reencuentro conmigo como hombre. Si no fuese por este reencontrarme continuo, mi oficio de pintor no tendría mucho sentido, sobre todo dada la multiplicidad de imágenes que se producen ahora. Antes el pintor era la persona que tenía la responsabilidad de crear imágenes, ya que no podían crearse de otra manera. En este momento, producir imágenes es cosa fácil. Es evidente que las imágenes de los vídeos musicales, de la publicidad, etc. tienen mayor capacidad de seducción que las que encontramos en los museos. Aunque también hemos de pensar que las investigaciones de muchos artistas han hecho producir muchas imágenes. Pero si lo que yo quiero es producir imágenes, con un ordenador, con una cámara de vídeo... tendré muchas más posibilidades de las que soy capaz con un lápiz, un pincel o tan sólo con mis manos. De todos modos, no creo que mi misión como artista sea crear imágenes nuevas, sino reencontrar sentimientos y hallar modos y formas que expresen las incertidumbres que tengo como hombre.

¿Lo entiendes como una aventura más íntima?

Sin duda es una aventura íntima que permite ver lo que nos está pasando, y que permite que lo vean los otros. Es un espejo donde te reconoces y en el que te reflejas. Todavía creo en el artista como mediador.

Y a diferencia de cuando empezaste, en los años setenta, en que los horizontes eran muy amplios pero había muchas puertas por abrir, ¿crees que aún quedan puertas cerradas que debes abrir?

En aquel momento yo me sentía mucho más social. Vibraba mucho más con los otros. No sé si esto lo daba la juventud o el que en aquellos momentos todo suponía una sorpresa para mí. Había muchas cosas que desconocía. Ahora, mi visión del hombre ha cambiado un poco. Antes pensaba que si la tierra se llenara de agua, y ésta nos llegara a las rodillas, nos saldrían alas. Y aún creo que el hombre tiene unas posibilidades infinitas. Y, sobre todo, creo en el esfuerzo individual. Ahora parto de que la vida es menos lógica de lo que yo esperaba en un momento dado y creo que el hombre, al margen de arreglar la colectividad, también debe espabilarse individualmente. Y como pienso que es obligatorio implicarse –no quiero engañarme, me siento solo y quiero sobrevivir–, en este momento pinto con una gran exigencia personal.

Tú dices: “Lo que mantiene mi equilibrio es cada mañana ponerme a trabajar”. ¿Qué planteamientos tiene tu obra?

Esto es complicado. Sobre todo, juega un papel la costumbre, te llegas a acostumbrar a ir cada mañana al estudio. Durante unos años tenía problemas para dedicar horas y una gran necesidad de expresarme. Todavía ahora tengo necesidad de expresarme cuando llevo una semana sin pintar. Cuando trabajo a diario, cuando voy expresándome cada día, este ejercicio se me convierte en otra historia. Siento que el día anterior me ha creado un problema y que el día de hoy me servirá para encontrar la solución. Dentro del estudio, la primera certidumbre que tengo es que este siglo XX ha liberado todas las formas plásticas. Actualmente no hay impedimentos, todas las puertas están abiertas, todo está más o menos estudiado, incluso las actitudes absolutas. Pero el arte es ilusión, es ficción, es sentimiento y muchas otras cosas. De todo lo que este siglo me ha dado, lo que pretendo es extraer unas pequeñas conclusiones para continuar. Mi propósito es hacer una aventura de pequeños hallazgos, que la apariencia no sea tanta, pero que haya más profundidad en la búsqueda. Siento la necesidad de ver una obra de arte intemporal, sin ningún manual de lectura, a la cual la fecha de fabricación ayude en la comprensión de la obra, pero que no la justifique.

Diste los primeros pasos en el aprendizaje del arte en la Escola d’Arts i Oficis de Palma.

Estudiaba el bachillerato superior en Palma y por las tardes iba a Arts i Oficis, donde un buen profesor, Jaume Mir, hizo que me interesara por la escultura. Era una etapa preparatoria para poder hacer el ingreso en Bellas Artes. Yo había empezado a pintar en Pollença, un profesor le dijo a mi padre que yo dibujaba bien y, ya sabes, en Pollença había un gran respeto hacia las cosas artísticas. En Arts i Oficis entablé amistad con Ramon Canet, Joan Gelabert, Damià Jaume, Tomàs Horrach... Con ellos tuve los primeros contactos con el mundo del arte. Para mí, que venía de un pueblo, Arts i Oficis hizo posible que empezara a considerar la idea de ser pintor o escultor. En aquel tiempo había una gran inquietud, cualquier cosa nos sorprendía. Hemos de pensar que teníamos una información mínima. La primera obra de Tàpies la vi cuando ya vivía en Barcelona, en la revista «Destino». Las imágenes que tenía cuando aún estaba en Palma eran de Anglada Camarasa, Tito Cittadini, Dionís Bennàssar, pero poco más. Estamos hablando del año 68. Te diré que para mí casi fue más importante Arts i Oficis que cuando pasé por Bellas Artes; aquello sí que era realmente conservador. La Escuela de Bellas Artes era una auténtica antigualla, te dejaba ir tirando, pero no ampliar miras. A pesar de todo, Barcelona te permitía el contacto con un arte muy distinto al que conocíamos en Mallorca. Así que el aprendizaje que va del mirar al ver lo hice fuera de la escuela.

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En Barcelona, según tengo entendido, te interesaste casi más por la política que por el arte.

Comencé a implicarme políticamente en Barcelona. En Mallorca, de niño, me sorprendió el turismo y enseguida lo vi como algo beneficioso, pues nos abría la posibilidad de conocer nuevos mundos, saber de las libertades de las que otros gozaban y esto me abrió al mundo. Llegar a Barcelona en el año 69-70 supuso el descubrimiento de un grupo de gente que luchaba contra la injusticia. Era gente que pensaba que el país debía cambiar, cosa que no había encontrado en Mallorca. Allí aprendí que cuando algo no te gusta, puedes contribuir a cambiarlo. Esto supuso que tomara una actitud radical. Radicalizándome sentía que me realizaba. Había dejado de creer en Dios y debía agarrarme a otros dioses. Y había algo muy importante: toda la sociedad luchaba por conseguir algo nuevo. Era un país que se estaba haciendo y que luchaba por conseguir algo nuevo, muy distinto a lo que se estaba viviendo. Y esto me sorprendió muchísimo.

Y te afilias al partido más radical.

Mi afiliación no fue producto de un ejercicio racional, sino que fue lo más próximo que hallé a mi ideología. Era la mejor manera de ir a la contra.

Empiezan a interesarte más otras luchas que la que podías hacer en Bellas Artes.

Luchar en Bellas Artes no tenía sentido. Empezaba a descubrir que fuera de la escuela había historias mucho más interesantes. La información nos la daba más Barcelona que Bellas Artes. Eran unos talleres con muy poco contenido y nada que ver con el progreso. En cambio, respirábamos los aires del Mayo francés, la movida de la nova cançó y un movimiento de estudiantes que empezaba a enfrentarse a diario contra el poder. Parecía que había un mundo nuevo y no nos lo dejaban ver. Te dabas cuenta de que vivías en un país subdesarrollado que, además, era muy corto de miras. Ante esto, sólo se podía estar en contra.

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Así que te implicaste en la lucha.

Empecé con un grupo de apariencia subversiva, medio terrorista, que hacía que te sintieras valiente, y así me sentía solidario con los otros y, de alguna manera, útil. Sabíamos que todo lo que representaba el pasado debía caer. La implicación política y mi radicalismo hicieron que durante dos años no pintara. No podía pintar para la burguesía, eso no lo podía hacer. Por aquel entonces, conseguimos que la escuela pasara a ser facultad.

Fuiste expedientado por tu radicalidad política.

Mi objetivo era más político que de reforma estudiantil. El director de la escuela era del Opus y me enfrenté a él demasiadas veces, hasta que me abrieron un expediente académico, a mí y a otro, que éramos los que representábamos la lucha en la facultad. Estaba en el último curso entonces, y hasta que llegó la democracia, en que me amnistiaron, no pude acabar la carrera. Bellas Artes era ya otro mundo. El nuevo director casi se disculpó. Y yo mismo también había cambiado.

Cambias ¿en qué sentido?

Mi cambio tiene lugar en el momento en que me expedientan. Tenía que hacer la mili y pedí que me destinaran a Mallorca. Fue un regreso a la isla. Empezaba a entender qué era la política, y poco a poco me quise alejar del extremismo. Con la junta democrática, comenzamos a construir un bloque común de toda la izquierda. Me había nacido un hijo, estaba en Palma, mi vida había sufrido una serie de cambios y empezaba a sentir que necesitaba pintar.

Así que vuelves a tu vocación de siempre.

Una noche cogí un lápiz y durante aquella noche y las siguientes hice pequeños dibujos. Cada noche hacía un dibujo. Y, en dos o tres meses, hice una exposición en la librería Tous, de cuadritos pequeños, que eran como respirar de nuevo. Cuando en casa todo el mundo dormía, yo pintaba. Pero desde el momento en que cogí un lápiz, se me amplió el mundo, volví a pensar que lo que es humano y lo propio es lo primero para la persona. Y sentí que todo lo que había hecho en la política no justificaba suficientemente el dejar de pintar. Comenzaba de nuevo.

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¿Conservaste las creencias de entonces?

Cambié. Hoy soy una persona que no cree en verdades únicas. Ahora todo lo pongo entre interrogantes. En todo caso, me ha quedado una visión progresista de la vida, como amante de las incertidumbres y de los cambios.

Bien, me decías que vuelves a pintar.

En aquel tiempo trabajaba como delineante. Me presenté al Premio del Círculo de Bellas Artes.

Eso era bastante caduco.

Muchísimo. Pero a pesar de todo me presenté y gané el primer premio de dibujo y pintura. Y el día de la concesión del premio fue cuando entraron el féretro al Círculo, para protestar contra aquel certamen. Y yo pensaba que me tocaba estar afuera y estaba dentro, toda una contradicción. La vida es un ir haciendo y en aquellos momentos necesitaba sobrevivir. De todos modos me había presentado con un cuadro socialmente comprometido. Empezaban a interesarme las historias que tienen mucho que ver con el hombre. Después de todo, el artista es un prestidigitador. Si Giotto hizo volar ángeles en aquellos azules, me interesa más esta magia que el problema formal del cuadro. Todos esos años pintaba como si escribiera un libro sobre mi vida. Y notaba que la obra cambiaba y evolucionaba a la vez que yo como persona. El dinero del premio del Círculo me permitió volver a Barcelona como un niño pequeño. Revolucioné la facultad hasta el punto que me dieron el premio Naranja, que daban los estudiantes al mejor alumno en Bellas Artes. Iba con mucha necesidad.

Tú hacías escultura y en cambio siempre hablas de pintar.

Yo me había especializado en escultura, pero en aquel tiempo me interesaba más la expresión de la pintura. Y dejé de lado la escultura.

Y la has mantenido en un segundo plano.

Y no sé exactamente por qué.

¿Qué te permite y qué te da un lenguaje y otro?

La escultura es mucho más física, incluso más real. Puedo ver mejor las formas y los volúmenes de una escultura que los colores, los gestos y composiciones de la pintura. Esta es más ficción y, para mí, es mucho más compleja que la escultura. Yo hasta el año 82 pintaba cada día por la necesidad de expresarme, de vomitar lo que llevaba dentro, y debo reconocer que, durante aquellos años de implicación política, había sufrido una cierta pérdida de identidad. A partir del año 82, con lo que se llamó nueva figuración, exploto de otra manera. Los cuadros vuelven a ser frescos, puedo pintar sin complejos y quiero ponerlo todo sobre el cuadro. Una forma de hacer que llega hasta el año 1992. A mí habían empezado a encajarme en el movimiento de los nuevos salvajes, pero esto no fue más que un inicio para mí, pues poco a poco fui distanciándome de estas tendencias, con la voluntad explícita de no volver a pertenecer a grupos establecidos. Ecléctico, bebiendo de muchas fuentes y no atrapado por ismos, pasando de la pintura al collage, de la escultura a la cerámica, del óleo al acrílico, como un intento constante de airearme y descansar en el propio trabajo. En esto momentos, tengo gran cantidad de obra pictórica empezada en el estudio y a pesar de ello, siento unas enormes ganas de volver a hacer escultura.

Volvamos un poco hacia atrás. Principios de los ochenta. ¿Qué ambiente artístico y social se vivía?

Todo era nuevo en la España de los ochenta. Mandaba la juventud y aprendíamos a vivir en democracia. Era el momento de las primeras ediciones de Arco, en que se intentó entrar en el circuito internacional del arte. Y la forma de entrar fue agrandando lo que se hacía fuera, más que reivindicar lo que se estaba haciendo aquí. Pasamos a ser la claque. No me enfrenté a aquel ambiente, pero tampoco me moví de acuerdo con él. Los pintores han perdido mucho el orgullo de serlo, y todo funciona según el pulso de los conductos oficiales. Pensando en la pintura de la última mitad de siglo, Norteamérica se ha impuesto sobre todo por vitalismo y por agresividad comercial. Europa, cuando ha repensado su propia historia, en el momento de la transvanguardia italiana y de los nuevos salvajes alemanes, es cuando despierta interés. Un país como el nuestro, con Picasso, Miró, Dalí, no puede sentirse acomplejado por su pasado. Y si esta es historia, no tengo por qué jugar. De alguna forma he tenido suerte, me puedo permitir seguir pintando como quiero. La imagen de unificación mundial que intenta dar el arte me interesa muy poco.

¿Cómo viviste la explosión comercial de los ochenta?

Nunca había intuido en qué consistía el comercio del arte. Personalmente me fue muy bien en aquellas primeras ediciones de Arco. Pero esto me produjo una aceleración personal y tuve una perforación de estómago. La vida que empezaban a tener los pintores era bastante frívola. A mí me salían exposiciones en el extranjero, me di a conocer en España, pero de alguna manera sentía que no podía soportar la presión. La pintura volvía a ser algo muy vital, el espectador se sentía muy cercano. En este sentido, aquellos fueron unos años espléndidos, pero cada vez se necesitó más espectáculo. Y cuando esto ocurre, es que falta contenido, verdad y sentimiento. Pero ya te he dicho que aquellos años me fueron muy bien, figuraba casi por todo, aunque debía soportar muchas frivolidades que, en un momento determinado, dejaron de interesarme. Me he vuelto egoísta con mi tiempo, con mi historia y me gusta poco jugar. También me pasó que, en un momento dado, pensaba que la gente que estaba arriba era realmente genial y después te das cuenta del hecho de que genios hay pocos. Ahora mido más lo que me compensa y lo que no. La del artista es una lucha larga, no es necesario ir a toda prisa.

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¿En qué ha cambiado tu proceso de realización en los últimos años?

Ahora vuelvo a trabajar a partir de bocetos. Antes hacía una pintura mucho más directa, por eso mis obras cambiaban con frecuencia.

La vuelta a Mallorca, establecerte aquí donde tienes las raíces, ¿es lo que fuerza este cambio?

Volví a Mallorca por una necesidad familiar y, aunque quería hacerlo, no estaba seguro de si podía suponer un paso atrás. No obstante, fue construir este estudio y volver a enfrentarme a todos los fantasmas de cuando era niño, aunque de otra manera.

¿Y de ahí las distintas temáticas?

Sí y no. La realidad, en mis cuadros, se ha interiorizado mucho, y voy utilizando recursos de la figuración y de la abstracción. Por una parte hay unos problemas formales que resolver, pero por la otra también quiero reflejar una serie de historias que llevo dentro. Y no quiero imponerme a estos sentimientos, sino dejarme llevar por ellos. Con los bocetos previos, intento conocer estas historias y todas las posibilidades que tienen. Pero después nunca reproduzco los bocetos, ya no me interesa entrar en mecanismos rutinarios. Me cuesta quedarme en un único lugar, pues pienso que si te mantienes en un único sitio, descubres unas verdades, pero olvidas otras. Y veo que en las maneras de hacerlo, voy descubriendo materiales, técnicas, soportes... Aprovecho los accidentes de los distintos soportes; si los tengo que fabricar yo, no me interesan, en cambio me estimula encontrarlos. Para mí, la imagen del artista es como la de aquel ser primitivo que ha de pintar una casa de rosa y comienza por este color, se le acaba y tiene un poco de verde y continúa con el verde, es la imagen de trabajar sin ningún tipo de manía y con la seguridad de que cualquier cosa te puede llevar a otra. Me interesa cambiar las maneras de pintar para descubrir la magia de la pintura. Es como ponerme a prueba y a la vez una manera de refrescarme.

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Se pueden contemplar unas temáticas bien definidas: el hombre cuando se ve solo, el hombre como ser que va haciendo camino, las relaciones amorosas, tanto en el erotismo como en las relaciones de pareja, la comunicación entre un hombre y una mujer, la música...

Y no obstante, refuerzo núcleos propios. Me gusta trabajar con temáticas neutras, es decir, no busco llegar al espectador a través del impacto de unas imágenes agresivas o fuertes. El mundo es muy complicado, pero lo mejor que tenemos es la posibilidad de vivir. Y esto es lo espléndido. Creo en las posibilidades que nos ofrece la vida. Puedo estudiar pintura y forma, y puedo estudiar también contenidos. No me molesta que el cuadro tenga una temática, sino más bien al contrario. Durante mucho tiempo, el tema era la propia pintura, y esto es la característica más definitoria de este siglo. Pero, a mí, el tema me abre muchas posibilidades, y cada vez me interesa más el juego de significados. Mi pintura actual es una especie de diario, no tanto un diario de vivencias como un diario de deseos.

Has sido una persona que ha quemado etapas. ¿Te lo planteas ahora de otra manera?

Ahora exprimo mucho lo que hago. Continúo tan apasionado como antes en todas las cosas que hago. Vivo para pintar, para mi familia y no para los aplausos. Me interesan las satisfacciones internas. En todo ello, no hay ninguna renuncia. Yo sigo viviendo como un guerrero, me interesa estar en combate.

¿Y cuál es tu combate?

Mi combate tiene que ver mucho con la felicidad, un deseo humano, próximo y casi imposible. Vivo en un mundo en el que debo y me deben, y voy saldando esta deuda con el arma que mejor conozco y en el espacio en el que mejor me desarrollo. El enemigo son mis carencias y, a veces, la inercia. Dudar es necesario. No dejarse vencer, este es el combate.