BIOGRAFÍA

En este apartado se presenta íntegra la biografía recogida en el libro Joan Bennàssar acompañada de algunos de los cuadros que conducen la narración. El texto es de Antoni Miquel Planas y Sanjosé. Haciendo click en cada uno de los capítulos se os abrirá su contenido, y al final de cada escrito podréis acceder a la galería que le corresponde.


«La pintura y mi vida se han convertido en la misma cosa» «En pintura existen sólo sentimientos y sabiduría, esto es lo único que diferencia a un pintor de otro» «Necesito creer que la pintura tiene un poder de cambio»
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Nunca pasó por la cabeza de Joan Bennàssar ser otra cosa que no fuera ser pintor. Sin este axioma, la historia siguiente seria imposible o, al menos, nadie la hubiese podido escribir igual. De pequeño tenia cualidades y su maestro de dibujo de la escuela, el pintor Mateu Llobera, y especialmente sus padres, le obligaron a esforzarse para hacer salir estas aptitudes pictóricas innatas y lo encarrilaron por el camino del arte. ¿Existía algún otro camino?. Nunca lo sabremos aunque Joan piensa que no. Dibujo tras dibujo, primero copiando calendarios y estampas, más tarde reproduciendo paisajes de su Pollença natal, llega a la Escuela de Artes y Oficios de Palma, donde un maestro, escultor, Jaume Mir, le influirá notablemente y lo encaminará hacia la escultura y el modelaje. Cuando entré en la Escuela ya sabia que quería ser artista. Empezar a estudiar allí me reafirmó en mis pensamientos; se vivía el sentimiento artístico a pesar de las limitaciones de la época, un tiempo grisáceo, la densa pátina del franquismo que todo lo cubría. Pero yo, en aquellos años, era una persona a la que el mundo le venía grande y descubro que donde mejor me muevo, donde mejor me encuentro, es en el mundo del arte.
A pesar de no ser el primer cuadro de Joan Bennàssar, sí que es la primera obra de una trayectoria artística, la primera piedra, titubeante y aún insegura si se quiere, de una catedral pictórica que con los años ha ido levantando el artista. Y podríamos decir que es la primera piedra porqué en ella se ve claramente que por primera vez Joan Bennàssar busca otra cosa, aún sin saber bien lo qué es. Joan desconoce hacia donde va, pero sí sabe donde no se quiere quedar. A pesar de venir d’un pueblo que ha acogido artistas como Anglada Camarassa, Santiago Rusiñol o Dionís Bennàssar, a un joven como él todo aquel ambiente cultural no le atraía demasiado. Para mi todo aquello eran “paisajitos”, que no tenían ninguna gracia, no me interesaba como pintor. Quería hacer otra cosa, romper con toda la tradición de la Escuela Pollencina, que indiscutiblemente era mi herencia. Y para hacerlo me ayudó mucho la música y el turismo que entonces llegaba ya con fuerza a Pollença: salías por las noches, hablabas inglés, conocías gente que pensaba, que comía diferente a ti… Para aquel muchachito con ambiciones de ir más allá, eso era más importante que toda la pintura que yo pudiese ver en mi pueblo.
Cuando pinta este cuadro Joan Bennàssar ya está en Barcelona. En 1969 había ingresado en l’Escuela Superior de Bellas Artes de Sant Jordi para cursar la carrera de escultor, influenciado por su estrecha relación con Jaume Mir. Durante un almuerzo, con Ramon Canet y con Gelabert decidimos ir a estudiar a Barcelona. Palma se nos quedaba pequeña. Éramos jóvenes, ambiciosos y queríamos crecer. Estábamos decididos a comernos el mundo si era necesario.
Esta decisión fue un cataclismo en el curso ordinario de su vida. Eran los tiempos de los hippies, de los porros, de las reivindicaciones políticas, del amor libre… Iba a clase, pintaba y trabajaba para ganarme la vida, pero lo que más me interesaba era lo que pasaba en la calle: el metro, el cine, las otras artes que descubría, la Nova Cançó… Todo eso me entusiasmaba.
Fruto de aquel impacto, de aquella honda impresión que le provoca tanta novedad, nació este cuadro. La temática surge de una imagen que veía cotidianamente. Era un pasillo del metro barcelonés oscuro, sucio, por donde circulaba la gente, en silencio, hacia un destino desconocido. Y aquella estampa lo impresionó tanto que se convirtió en la génesis del cuadro. Su intención era retratar una realidad diferente a la que vivía. Es la obra de un jovencito de dieciocho años que tiene muchas cosas que decir y las quiere decir todas a la vez, que está ávido de buscar y encontrar. Coloqué esas figuras, donde destaca una central que pinté como un Santo Cristo, como aquella figura escultórica que aguanta el globo terráqueo. Es una visión del hombre, un agradecimiento a mis padres, a la familia. Aquello no tenía nada que ver con lo que había hecho hasta entonces. Buscaba un lenguaje propio, un camino diferente. No llegué nunca a acabar el cuadro. Y no me arrepiento. Sólo está acabada la parte superior, porqué utilizaba pintura Titanlux que goteaba mucho y había de trabajarlo de abajo hacia arriba. Creo que todo ello le atorga una magia, un misterio especial. Es curioso, pero en su momento no di valor a esta obra y con los años la he ido valorando.
Con ese cuadro Joan Bennàssar iniciaba una carrera artística seria, respetada, valorada y de una gran calidad y profundidad. El cuadro fue el inicio, la primera viñeta de esta historia ilustrada por el mundo del arte.

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«Deseo volcar todo lo que siento en mis obras, para darlo a conocer al mundo» «Mi relación con una tela es una cuestión primitiva» «El pintor lo que no puede hacer es aburrirse, por eso tiene que ir cambiando y experimentando cosas nuevas»
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Joan Bennàssar continúa sus estudios de escultura en Barcelona. Estamos a principios de los 70 y la ciudad hierve de vida, de arte, de militancia política, de oposición a un régimen dictatorial que ha envejecido, que ha iniciado el principio del fin tras someter bajo su yugo a todo un país en una oscura noche de cuatro décadas. Son años en los que dentro del artista brota la conciencia social y política. Bennàssar se empapa del ambiente universitario y cultural en que vive. En 1971 se introduce en organizaciones radicales de oposición al franquismo y milita en el Partido de los Trabajadores de España (PTE), una organización de tendencia marxista-leninista de carácter maoísta, donde lleva a cabo su oposición radical al franquismo, el gran enemigo. Fue un tiempo de locos. No le temía a nada. Empecé con un grupo de apariencia subversiva, medio terrorista, que hacía que te sintieras valiente. Me sentía solidario con otros y, de alguna manera, también me sentía útil. Repartíamos octavillas, robábamos coches, multicopistas, hacíamos revistas clandestinas, organizábamos manifestaciones, a veces violentas, nos enfrentábamos con los policías… Recuerda aquellos años aún con emoción, con brillo en los ojos.
Joan sigue los estudios, y viaja, y vive, y hace política, y respira aires nuevos… Una ráfaga de aire fresco se le ofrece también en el mundo del arte. En la revista ‘Destino’ vio las fotografías de una exposición de Antoni Tàpies, un artista entonces aún marginal, minoritario. Vi una fotografía de una obra de Tàpies hecha con una cuerda payesa. Aquella pieza me sorprendió, sacudió las estructuras de lo que yo entendía como arte. De repente se hundió todo lo que había aprendido de las vanguardias históricas sobre la representación de lo figurativo. Vi que existían otras posibilidades, que el mundo se podía explicar no sólo representándolo si no expresándolo desde el interior.
El impacto fue grande, violento, fulgurante. Joan Bennàssar empieza a pintar obras informalistas donde utiliza materiales como el cemento, la tierra, la arena; añade remiendos y cuerdas a las telas; juega los las manchas de color, con las texturas. Es joven y quiere experimentar. Todo es bueno, todo vale. Ávido de información, sus conocimientos, sin embargo, nunca son directos, le llegan a través de fotografías, libros, revistas. Es en este contexto, en este nuevo mundo descubierto por el artista, donde nace la obra que nos ocupa. Es un pintor que se está haciendo, que ha iniciado una senda que en aquellos años aún no es más que un sendero. Es un cuadro que parte de la realidad, con una lona que simula una piel de conejo, con unas cuerdas, con asfalto, pero que huye veloz de esta misma realidad de la que nace para transformarse en una metáfora, una manera diferente de ver esta realidad. Quiere jugar a hacer bellas y sensibles cosas de uso cotidiano que no tienen ninguna belleza, y menos aún en ese momento. Pero también es mi grito de desesperación ante la vida que me havia tocado vivir, algo muy propio de los jóvenes. Yo estaba dentro de un mundo que no consideraba favorable. Este grito ya estaba presente en el cuadro anterior, pero la diferencia es que han pasad unos años en que he sido como una esponja, todo lo he absorbido, he visto muchas cosas, he viajado, he tomado conciencia social. Todo ello queda reflejado en esta pieza.
Cuadros de este estilo son los que conforman la primera exposición individual que protagonizará en 1971 en el Club Pollença. Había pasado el verano trabajando en el pueblo. Son meses en los que se siente muy pintor y crea una obra en la que es evidente la gran influencia de Tàpies. Son cuadros muy reivindicativos, propios de un jovencito que se quiere comer el mundo. Era la exposición más moderna y rompedora que se había visto nunca en Mallorca hasta aquellos años y resulta que fue bien. Pollença es un pueblo receptivo, abierto, culto, y la gente vio alguna cosa fresca en aquella obra y la compró. Un dinero que a nuestro artista le sirvió para ir tirando una vez de vuelta a Barcelona. Pensemos que tan sólo con veintidós años Joan Bennàssar se había casado y la pintura no llegaba para mantener a la familia y el pisito del Poble Sec. Por las tardes tenía que trabajar repartiendo telegramas por la Ciudad Condal subido a una vespa.
Resulta curioso recordar una crónica publicada el 26 de agosto de 1971 relativa a la primera exposición de Pollença. Entre otras cosas, se podía leer: «Es un joven impetuoso en su obra, a pesar de su carácter dócil no exento de suavidad. Es artista de pincel sugestivo y valiente». Más adelante podemos leer: «Entre sus estilos o tendencias por las que transcurre su obra, nos inclinamos por su pintura abstracta. Es aquí donde nos parece que el joven artista canta mejor sus sentimientos anímicos, donde vuela fantasiosamente la búsqueda y creación para abstraer “aquello” que él desea proclamar».
De vuelta a Barcelona, la política puede más que la pintura. Antes de las vacaciones de Pascua de 1973, la dirección de la Universidad le abre un expediente disciplinario y lo expulsan de Bellas Artes. Poco a poco se va alejando de los pinceles y las telas. Cuando uno es joven quiere que los beneficios sean inmediatos, y la pintura no me los daba. Además, yo era marxista. Hacía un arte que consideraba burgués porqué el arte marxista no me interesaba los más mínimo. Pero entonces pensaba que pintaba para los burgueses y eso no me gustaba ni una pizca. Fue por eso que fui radicalizando mi obra, haciendo cuadros cada vez más asquerosos con el objetivo de que no me los pudiesen comprar. Finalmente, lo dejé correr, no valía la pena. Pensaba que con la pintura estaba traicionando a toda una clase social, la mía, el proletariado, y era un pensamiento demasiado duro para mi en aquellos momentos. Además, en Bellas Artes los estudiantes no estaban para hacer la revolución y yo prefería un cóctel Molotov a un pincel.
El expediente le impide acceder a las milicias universitarias y se ve obligado a hacer el servicio militar. Vuelve a Palma y durante dos años olvida la pintura por completo. Compagina el servicio militar, el trabajo como carpintero y la organización del PTE en Mallorca. La política ocupa ahora todo su tiempo. Poco a poco, sin embargo, empieza a echar de menos la pintura. Olvidada la política, volverá a pintar. Pero esta es una historia para otro capítulo.

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«El arte es la forma de convertir en sensible aquello que no lo es» «Deseo atrapar el deseo» «Pintar es como hacer el amor»
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Joan Bennàssar había dejado de pintar. Serán dos años en los que vuelve a Mallorca para vivir y cumplir con el servicio militar. Se dedica de pleno a la política mientras trabaja de lo que sea necesario para ganarse la vida. Poco a poco, sin embargo, el hombre social da paso al individuo. Joan Bennàssar se ha vuelto complejo, y en la política va abandonando el radicalismo mostrado los últimos años y empieza a cuestionarse cosas que hasta entonces eran dogmas de fe. Es un tiempo complicado en el que nuestro protagonista no sabe hacia donde ir, aunque tiene muy claro que es el momento de tomar una decisión. Hombre de apariencia tranquila y afable, almacena en su interior un carácter decidido y valiente que lo impulsa a tomar esa decisión: romper con todo el camino hecho hasta entonces y volver a ser pintor. Así lo explicaba en una entrevista realizada en septiembre de 1977: «Si bien hubo un tiempo que hacia de político, creo que mi camino es la pintura. Nunca he sido un político. Se trata de, cada uno en su terreno, hacerlo lo mejor posible. De todas formas, no reniego de nada, y de mi obra emana un mensaje político muy claro».
De la misma forma que había dejado la pintura, ahora dejaba la política para volver a la pintura. Desengañado, ya no creía en su partido. Había tomado una decisión y no era nada fácil pero no me quedaba más remedio. Me sentía mal, un artista no realizado, un artista frustrado y también un hombre frustrado por como se había desarrollado la vida hasta aquel momento. Vi que el único camino para huir era volver a ser pintor. Y por eso había que escoger: la pintura o la política. Opté por la pintura. Y eso que dejar el partido no era fácil. En aquellos años y en aquella organización, abandonar era transformarse en un traidor; mis amigos de entonces así me consideraban, y supongo que yo lo creía un poco también.
Pero Joan Bennàssar piensa con un lápiz en la mano y necesitaba el lápiz para desarrollarse como persona. La pintura era un arte burgués para los burgueses, pero también era su medio de expresión. Primero recuperó el dibujo de una manera casi furtiva, a escondidas, de noche, cuando la familia dormía, como cuando tenía diez años, y despertó en él esa pasión. Después, ya con todas las consecuencias. Lo primero que hizo fueron cosas pequeñas, papelitos reivindicativos, muy influenciados por la vida política que había vivido y por el hombre social que había sido. Con el tiempo, la temática se ampliará y empezará a surcar un territorio nuevo sobre el lienzo.
En 1976 – Franco ya ha muerto-, impulsado por compañeros de partido como Antoni Serra o Francisca Bosch, hace una exposición individual en el subterráneo de la librería Tous, situada en la calle Unió de Palma, y que entonces regentaba el barbudo y estridente escritor. Mientras, da clases para ganarse la vida. Por la cabeza de Joan Bennàssar ronda la idea de ser artista, de vivir del arte.
La exposición en la librería Tous fue bien, sirvió para hacer un dinerillo que le permitió llevar la familia adelante. Pero, ante todo, le servirá para darse cuenta que la pintura necesita dedicación y exclusividad. Habiendo ganado el primer premio en la modalidad de Pintura y Dibujo del XXXV Salón de Otoño de Palma, otorgado en octubre de 1976, Bennàssar toma otra decisión que a pesar de ser arriesgada, marcará su trayectoria vital de forma definitiva: lo deja todo para dedicarse en exclusiva a pintar.
Es interesante recoger algunas críticas de aquella exposición. En el programa Mallorca al vent de Radio Popular se dice: «Se ha de ser muy joven y muy dibujante para llegar a captar con una síntesis de elementos y desplegar con una fuerte dosis de atrevimiento la circunstancia que ahoga al hombre de hoy. Fuerza y sensibilidad, lirismo y denuncia, suavidad y protesta, y sentirse, a través del lápiz y de una delicada coloración, un cronista de los acontecimientos socio-históricos de la hora». Por su parte, Planas Sanmartí escribe el 3 de abril de 1976 en el Diario de Mallorca: «Dibujos valientes, armónicos, con intención, con belleza, dibujos que hay que ver, que hay que sentir, que hacen pensar y que son estéticos y funcionales en el mejor sentido».
Un año después, en 1977, es amnistiado y puede volver a Barcelona para acabar los estudios de Bellas Artes. Un año más tarde de este regreso, crea el cuadro que nos ocupa ahora. A partir del momento en que deja la política y la actividad reivindicativa, su pintura va perdiendo también tonos reivindicativos. Joan no encuentra su lugar y las obras de esta época están llenas de auto-retratos donde queda bien palpable esta crisis. Es una época de muchos viajes, la mayor parte a Inglaterra de donde es su mujer. Allí descubre Francis Bacon. Sus cuadros, siempre reflexionando sobre la fragilidad del ser humano, le impresionan. Joan Bennàssar profundizará con pasión en los retratos de aquellos hombres angustiados, que impactan poderosamente en su conciencia.
Esta obra, aunque yo no aparezco físicamente, es también un auto-retrato. Es la imagen de una mujer con un niño, que representa la familia. Una familia que te frena y te impulsa a la vez, una isla que te frena. Yo soy una persona insatisfecha que en aquellos años era consciente de que se me había roto la juventud, cosa que me cuesta asumir. En este cuadro hay también una dosis de sensualidad muy importante, y una utilización de los colores, vivos y cálidos, que es buscada en todo momento. Yo siempre he pensado que esta maternidad está muy influida por la obra de Amadeo Modigliani, en especial por el tratamiento de los colores y la sensualidad que respira. El cuadro quiere ser una reflexión sobre la familia, sobre el futuro de los hijos, sobre el papel de los padres…

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«La tela es un objeto mágico que crea emociones y sentimientos diversos» «No dejarse vencer, este es mi combate» «Necesito saber lo que siento, entender»
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En el año 1980, Joan Bennàssar tiene veintinueve años, una mujer y dos hijos. Treinta años en los que ha vivido deprisa, quizá demasiado. Siente que la juventud le ha quedado atrás, que ha dejado de ser joven demasiado pronto. Una juventud que se le ha escapado entre los dedos como un puñado de arena de la playa. En su interior empieza una lucha. Tras la experimentación vanguardista, la pintura comprometida, la denuncia… el vacío. La realidad personal y social se escapa de los esquemas de otros tiempos y todo es replanteable. También la creación. Tiene la necesidad de hacer algo, de romper. Evidentemente eso se refleja también en la pintura. Bennàssar retrata sus fantasmas de este exilio, este estar fuera de uno mismo. Es el momento de hacer un salto al vacío. Artista que siempre ha ido hacia delante, ahora toma unos momentos de reflexión y hace un salto atrás. Quiere empezar de nuevo, aprender todo lo que se le ha escapado por vivir demasiado rápido. Quiere comenzar en el aprendizaje, empaparse de todos los conocimientos pictóricos que hasta entonces solo había intuido, que había aprendido a través de la observación o con la propia experimentación. Pararse, degustarlos. Durante unos años el aprendizaje es intenso, profundo, entusiasta. El momento decisivo llega cuando el pintor ya domina tanto la técnica que la olvida. Ahora ya puede expresar con total tranquilidad lo que siente. Está preparado para iniciar un nuevo camino. Es un pintor nuevo, dispuesto a afrontar retos, el futuro, abierto a todo. El exilio ha acabado con el reencuentro de uno mismo cómo pintor.
Ya hemos apuntado anteriormente que para tratar de encontrarse a él mismo, de aclarar cual es la situación en el mundo que le ha tocado vivir, Joan Bennàssar elabora numerosos auto-retratos. Una pintura autobiográfica que refleja la incertidumbre del momento. Se pinta a él, a su gente y a todo el que le rodea. Entonces todo toma un tono simbólico, trascendente. Dentro de esta línea podemos situar El sexto dedo el cuadro que ahora nos ocupa. Es uno más de los numerosos auto-retratos que pinté en aquellos años. Bien, uno más no, quizá es el más importante porqué en él aparezco yo y mis hijos. No sólo estoy yo, si no todo lo que me envuelve, muchas cosas que me importan. Esta era una forma de buscar dentro de mi mismo, dentro de las cosas más cercanas.
Así es. Joan Bennàssar aparece en el extremo superior izquierdo del cuadro y, a diferencia de muchos auto-retratos que hará a lo largo de su vida, aquí es perfectamente identificable, se representa tal y como es. Se dibuja con la boca tapada por un esparadrapo, reflejo de que vive atado, de la falta de confianza en que havia vivido en los últimos años, cuando todo se le hacía demasiado pesado. El pintor se esconde detrás de una pared, en la que hay elementos geométricos y diversos tipos de trampas de caña con las que el pintor quiere mostrar las trampas de la vida, las cadenas invisibles que pone a la juventud y el hecho que se ha de ser muy feroz para escapar. También encontramos un canto a la esperanza representado en dos pájaros que expresan optimismo, lo maravilloso que es vivir. Una esperanza que queda patente con los niños -dos de los hijos de Joan, Maggie y Pau, y un amiguito-. Mis hijos son muy importantes en este cuadro. Demuestran la responsabilidad social que hemos de tener los adultos porqué el mundo que construimos entre todos es el que hemos de dejar a nuestros hijos.
Joan Bennàssar continúa dibujando y dando clases. Aún vive en Mallorca. La política ha quedado aparcada definitivamente. No es un hombre político, es un pintor y a un pintor la acción política no le funciona. Ahora se puede dedicar a respirar y a vivir lo que realmente siente: la pintura. Tengo la clara voluntad de ser pintor, soy pintor, solo quiero ser pintor, no deseo ser nada más. Por eso, una vez dejadas las clases, nunca más tuve la tentación de volverlas a retomar, ni de acabar la carrera para tener el título. Todos somos nuestro pasado y yo había tenido demasiadas cosas en la cabeza para centrarme en mi carrera. Fue entonces cuando me di cuenta que sólo quería ser pintor.
Pero la sensación de crisis, de no estar donde tenía que estar, continuaba anidando dentro de Joan Bennàssar. Ya era pintor, ya se había convertido en pintor, pero era un pintor sin esperanzas. Ahora que había conseguido ser lo que quería no tenía intención de abandonar, pero era muy consciente de que aquel camino tenía que romper por algún sitio. En 1981 volverá a tomar una aquellas decisiones arriesgadas que han margado el porvenir de su vida. Decidí separarme de mi mujer y volver a Barcelona. En Mallorca lo dejaba todo, todo lo que tenía: la familia, la casa, los hijos, mis padres… Con sólo 50.000 pesetas partí a jugármela. Era una decisión a vida o muerte. Sabía que era un gran riesgo, pero tenía la necesidad de volver a empezar. El Joan Bennàssar que existía no era el que yo quería. Había llevado mi vida hasta un punto que no deseaba, que no me iba bien. No era feliz, no podía ser feliz. Y eso tenía que acabar… Si no se rompía solo lo tenía que romper yo, y así fue. Quería recuperar mi juventud, poner mi vida en el punto donde creía que tenía que estar. Era el momento, tenía un bagaje pictórico suficiente para pensar que podía hacer lo que quería hacer. La vida tiene que ser también riesgo.
En 1981, un año después de crear este cuadro, la angustia vital queda reflejada en una exposición que tiene lugar en la Sala Bearn de Palma bajo el título Serie inacabada de amor y muerte, en la que se ve como Joan Bennàssar ha pintado su vida, con lo que tiene de realidad, de sueño, de ilusión, de ansia, de desengaño, de desgarro… y de humana. Con aquella exposición rompí con muchas ataduras del ayer… Me dominaba una cierta sensación de suicidio… Cuando vi la muerte colgada en las paredes de la galería Bearn me di cuenta de que sólo había dos caminos: morir o seguir viviendo… Y escogí seguir viviendo.
Joan Bennàssar tiene un contencioso con la vida y utiliza la pintura como instrumento catártico de expresión de una historia personal plagada de dolores, de temores, de impotencias. De la misma forma que otros utilizan la pistola, en el acto absurdo, inútil, de la ruleta rusa, Joan Bennàssar utiliza la pintura. A pesar de todo, seguirá pintando, como cumplimiento de un ritual de liberación, intuyendo que este era el camino de la salvación.

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«El riesgo es inherente a la condición del artista. Un artista sin riesgo es menos artista» «Mi gran enemigo es aquello que me falta y, en ocasiones, la inercia. Dudar es necesario»
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El artista vuelve a Barcelona. Se instala en un estudio del barrio de Gràcia, donde pinta como un loco con el objetivo de sacarse de dentro todo aquello que lo mantiene ligado, recluido en él mismo. Con el cambio de escenario Joan Bennàssar se libera, y pinta, y pinta, y pinta… pinta todo lo que lleva dentro, vaciándose, a la búsqueda de su propia identidad, utilizando el hecho pictórico como el elemento con el que liberarse de las cadenas. Tiene la voluntad de empezar de nuevo, reinventarse, romper con todo lo anterior, y no sólo desde un punto de vista humano, también pictórico.
Será como consecuencia de esta ruptura que empieza a pintar cuadros relacionados con la música. Un mundo que con los años pasará a ser una de las grandes temáticas del pintor, recogida en decenas de telas, que aún hoy no ha tocado fondo. La temática musical nació de una forma casual. Mi estudio, pequeñito, estrecho, desordenado, que tenía que compartir con el amigo Benages, estaba debajo de una escuela de ballet contemporáneo. Cada día me encontraba a las bailarinas por la escalera, de cuerpos delgados y gráciles; escuchaba la música con la que acompañaban los movimientos, repetitivos hasta la tozudez; notaba perfectamente sus pasos firmes en mi techo… Y a mi el entorno siempre me ha influido, por tanto era evidente que un día u otro tenía que iniciar la temática musical, de la que este cuadro es uno de los primeros exponentes y también uno de los más representativos de aquella época. Por primera vez pintaba una historia que no hacía referencia a mi día a día, o sí. Bien, lo que quiero decir es que no intenta ser una representación de mis cosas, si no representarme a mí a través de otras cosas. Recoge un concepto que entonces vi muy claro: la pintura me interesa como medio de expresión, y transgredir la realidad partiendo del arte y al revés.
La música y los músicos protagonizarán los cuadros que Joan Bennàssar presentará en 1983 en la Feria de Arte Contemporáneo (Arco) de Madrid, donde asistió de la mano de la Galeria Traça de Barcelona. Era la primera vez que asistía a la feria, que había iniciado su camino el año antes, y lo hacía con una muestra individual. En una entrevista concedida al diario Última Hora reflexionaba sobre los cambios que había sufrido la pintura en aquellos años: «Es evidente que el tratamiento y la temática han variado. Mi pintura ha sido siempre el reflejo de una exteriorización anímica circunscrita por mi entorno, mis emociones, mis vivencias. Si estos factores cambian, mi obra se resiente».
En aquellos años, Joan Bennàssar adquiere en propiedad su primer estudio en Barcelona. La compra del inmueble fue posible gracias a una importante adquisición de obras por parte de un grupo de empresarios, Antoni Moranta, Joan Oliver “Maneu” i Pep Verd. La compre le permitió contar con dinero suficiente para pagar el nuevo local, situado también en Gràcia, en la calle Mozart, muy cerca del anterior. Un estudio grande, amplio, luminoso, donde el artista se siente cómodo. La verdad es que gracias a Moranta, Maneu i Verd me sentí por primera vez protegido por algo parecido a lo que sería un mecenas. Tuve la suerte que en Mallorca empezaban a surgir unos nuevos tipos de empresarios y galeristas. Su ayuda resultó muy importante para mí. Primero me compraron toda la obra que había en el estudio. Creo recordar que en aquellos tiempos pagaron 1.800.000 pesetas, una pequeña fortuna. Pero no se quedaron ahí. Poco después convenimos que me darían 300.000 pesetas cada mes a cambio de comprar los cuadros después de haber hecho una exposición. Para mi eso fue el empujón definitivo. Pude asegurarme unos ingresos fijos durante tres años que me dieron gran tranquilidad y una absoluta libertad creativa.
Por primera vez en su vida, Joan Bennàssar no se ha de preocupar de ganarse la vida. Ahora se puede dedicar a pintar, a ser pintor, aquel gran anhelo que había tenido desde que era un niño que jugaba en pantalones cortos por las calles de Pollença. Y también, por primera vez en mucho tiempo, la vida es una cosa agradable, divertida, amable. Se dan las circunstancias vitales para hacer frente a todo con la pintura y tener la posibilidad de crear un estilo. Y Joan Bennàssar no desaprovechó esa oportunidad.
En Pianista se ve claramente una evolución hacia otro camino. Su obra se vuelve lúdica, optimista, renovada. El artista se deja ir y la pintura coge un tono más expresionista donde la figura sólo es la línea de un dibujo y el color empieza a encenderse, a tomar aire, fuerza. El artista ya no pretende enfrentarse a sus propios problemas, si no que prefiere enfrentarse a los problemas del cuadro. Sus planteamientos son esencialmente plásticos. Resulta más importante investigar, reflexionar, hablar de la pintura misma. Una reflexión sobre el propio trabajo. Joan Bennàssar se da cuente de que su realidad vital, que hasta el momento protagoniza los cuadros, no interesa a nadie y abandona una larga etapa de meditación introspectiva. La realidad la había de crear él con la pintura, porqué lo único que sabía hacer era pintar.
La pintura, pues, adquiera más riesgos, el color se hace vibrante, se eleva, mezcla con valentía colores completamente calientes y fríos. La pincelada es más suelta. La luz toma importancia y por esos alrededor del pianista hay un halo de color. Ahora Joan Bennàssar ya ha superado la técnica. Se ha convertido en un pintor maduro. Ha encaminado su futuro. Quizá este cuadro es el primer paso hacia el Joan Bennàssar del futuro.

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«Me cuesta trabajo mantenerme en un único lugar, porque así encuentras unas verdades, pero olvidas muchas otras» «Al artista le es propio dudar» «Ante la duda la respuesta es el trabajo»
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La obra de Joan Bennàssar crece, madura, se hincha como lo hace un globo de aire y se eleva. Sigue pintando sin descanso y su trayectoria empieza a recoger reconocimientos y alabanzas. El paso por la Feria de Arte Contemporáneo (Arco) de Madrid de 1983 traerá luces y sombras. Joan Bennàssar obtiene buenos resultados, ha vendido mucha obra y ha hecho buenos contactos para el futuro. Se da cuenta que la pintura que hace gusta, que va por el buen camino. Pero, a la vez, aquella visita a Arco también le sirve para descubrir todo lo que envuelve al arte. Se arranca la venda que llevaba en los ojos y puede ver como era todo aquello: una industria donde dominaba la vertiente comercial, donde el espíritu creador se había olvidado, donde no eras nadie si tus cuadros no se vendían, donde lo único importante no era la pintura, si no el dinero. Mi obra funcionó, pero yo vi que aquello que rodeaba al arte, lo que podríamos llamar el mundo del arte, no era lo que me pensaba. Tenía una visión más romántica de la pintura, donde el aspecto creativo era lo más importante, donde todo el mundo amaba y creía en la pintura. Pero no era así, me topé con juegos comerciales y zancadillas por todos sitios, con gente que sólo pensaba en hacer dinero, con otros dispuestos a cualquier cosa para vender, para hacerse un nombre… El resultado de este paso por Madrid fue una perforación estomacal. Quizá sólo es una anécdota, pero sirve para demostrar que Joan Bennàssar aún no está preparado para enfrentarse a todo aquello. Y fue plenamente consciente de ello. La primera reacción fue de disgusto contra él mismo. Quería ser pintor, era pintor, y aquello implicaba saber moverse dentro de aquel mundo. Tenía que aprenderlo.
Lo que sacó de todo aquello fue ver que estaba completamente sólo ante la pintura, que no tenía que hacer caso a nadie y seguir su camino. Había aprendido que Bellas Artes sólo era un sitio donde los pintores se podían ganar la vida, pero donde no se enseñaba nada; que una academia por pomposo que sea el nombre poco puede enseñar a pintar; que sólo se puede aprender trabajando cada día; que para adquirir los conocimientos necesarios se tenía que mirar, que leer, que observar los grandes maestros; que tenía que pintar como si no vendiera nada, o como si lo vendiera todo… Ante esto decidió que sólo era necesario trabajar y se impuso una vida de espartana disciplina donde sólo tenia cabida el trabajo, más de doce horas cada día. El objetivo: encontrar un camino propio. Entonces Joan Bennàssar pinta sin que haya ningún condicionante en su vida. Fue uno de los momentos más productivos de mi carrera. Si en aquel momento no hice más fue porqué no supe más o no fui capaz de hacer nada más, explica con el orgullo de quien lo ha dado todo por su oficio.
Las horas del trabajo en el estudio son para el artista como el entreno para un deportista. En una entrevista concedida a Guillem Frontera en el diario Baleares en octubre de 1984, comparaba estas dos facetas: «El deportista puede llevar una vida normal, pero siempre ha de estar pendiente de su profesión, de establecer récords o de ganar medallas. Todos los actos, todos los gestos cotidianos del artista, aunque no estén relacionados directamente con su creación, la han de tener siempre presente, como telón de fondo. Y, sobre todo, unos y otros han de estar siempre en plena forma. El artista ha de estar preparado para competir cada día con si mismo, con lo que hizo ayer. Ha de estar abierto a todo para que le pasen cosas y que éstas le afecten. Y ha de estar preparado para saberlas expresar».
En aquellos años Joan Bennàssar se deja influir notablemente por los maestros, a quienes lee, relee e interpreta a su manera, haciendo una lectura personal y llevándolos con ingenio a su terreno. De hecho, como él mismo acostumbra a decir, en aquella época tenía muchos padres, y no me arrepentía porqué quien no tiene padres es un hijo de puta. Contundente pero cristalino. Picasso, Bacon, Schnabel, Baselitz y Braque. Y Goya, y Velázquez, y Rembrant, y Giacometti… Todos le influenciaban, de todos ellos aprendía alguna cosa, de todos cogía alguna referencia.
Precisamente de la influencia de otro gran maestro, de Henri Matisse, surge el cuadro al que dedicamos este apartado. La idea aparece analizando la composición de La danza (Henri Matisse, 1910. El Hermitage, San Petersburgo). Joan Bennàssar toma aquella estructura y, como Matisse, utiliza con fuerza los colores como elemento de expresión y de construcción del ritmo narrativo. El azul, en alusión al mar Mediterráneo; el naranja, metáfora del cielo crepuscular de la bahía de Pollença cuando el sol poderoso se pone tras los escarpados peñascos de la Tramontana mallorquina. Encima, los personajes de verdoso grisáceo, contraste de colores, juego de intensidades. Es un ejemplo bien claro de lo que antes se ha dicho. El artista toma aportaciones de sus maestros y las hace suyas con tanta habilidad que pasan completamente desapercibidas.
Pescadors supone una de sus primeras incursiones en el mundo del trabajo. Junto con otra composición con cuatro ciclistas, es una obra capital, no tan solo porqué abre temáticas nuevas y por la cuidadosa realización, sino que garantiza la firmeza de su acuerdo con la modernidad. Otro rasgo que definirá la obra de Joan Bennàssar.
Y aún podemos destacar en esta obra la aparición de otro elemento definitorio: la mediterraneidad, una característica que poco a poco se irá ligando irremediablemente a la creación artística de Joan Bennàssar. Mediterraneidad, una palabra que por exceso de uso hoy ha perdido validez, pero que en el caso de la obra de Joan Bennàssar – y especialmente si retrocedemos hasta principios de los años 80 cuando aún no se había puesto de moda- se ha de aplicar en toda su amplitud de significado. Cuando decimos que su obra es una obra mediterránea, queremos decir que tanto el artista como su pintura son hijos de este antiguo mar solar. Joan es de Mallorca, sí, pero vive en una vigorizada comunión con la vasta patria que va delas duras y ásperas montañas de Marruecos hasta Turquía, multitud de culturas, cruce de caminos, cuna de la rica y noble Constantinopla. Los latinos llamaron a este mar Medi-Terranem, es decir, mar entre tierras. Y Mallorca es una tierra, un país, entre agua. Cuando Joan Bennàssar pinta, no se puede abstraer de esta realidad. No es por nada más que por eso que, cuando decimos que la suya es una obra mediterránea, decimos que es hija de todo este mundo, heredera de esta cultura, estamos afirmando que la pintura de este artista es consecuencia de un arte que tiene tras de sí miles de años de historia.
Ante todo esto es evidente que estamos ante una época decisiva en el futuro de este artista ya que es en estos años cuando la pintura de Joan Bennàssar adopta plenamente algunos rasgos que la harán única e irrepetible, personal, propia de un artista maduro y pleno. Después de muchas pruebas, de muchos caminos sin salida, de muchas idas y venidas, Joan Bennàssar encuentra su camino, el estilo que ya no abandonará y que lo llevará hasta hoy.

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«Pintar es una manera muy humana y directa de hablar de uno mismo» «Aún creo en el artista como mediador. El arte es un espejo en el que te reflejas y te reconoces»
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La década de los ochenta ha significado para el arte una de las etapas más prolíficas, ricas y polémicas de la historia. En España nace la feria Arco, empiezan a llegar grandes exposiciones de los pintores contemporáneos más importantes, se incrementan las galerías dedicadas al arte contemporáneo, aparecen revistas especializadas y los diarios empiezan a dedicar más páginas de información a estas manifestaciones. En Mallorca, el éxito internacional de Miquel Barceló es un revulsivo que abrirá muchas puertas a los pintores isleños. Es en este marco en el que aparece toda una nueva generación de pintores que crean una estética de nueva figuración de corte expresionista que tiene la voluntad de superar la academia y expresarse con total libertad. Lo que importa de estos artistas no es la «buena pintura» que hacen, ni el «hecho de hacerlo bien» , lo que realmente cautiva es el atrevimiento, la desenvoltura, la frescura, en definitiva, la libertad con la que manejan el color y la línea, que acaba por imponer un estilo.Dentro de este grupo de artistas Joan Bennàssar ocupa un lugar importante. En 1984, con treinta y tres años, ve como hay dos acontecimientos que resultaran definitivos en su vida futura. Por un lado, realiza la primera exposición en la galería Maeght de Barcelona. Por otro, conoce a la también pintora Cristina Escape, que se convertirá en su segunda esposa. Los vientos le son favorables. Expone en una de las galerías más importantes del mundo, está enamorado… y él pinta y pinta con entusiasmo.
El cuadro que ahora nos ocupa está relacionado con estos dos acontecimientos. La fascinación del fuego fue una de las piezas centrales de la exposición realizada en la galería Maeght y, además, está dedicada a su compañera Cristina. En los inicios, Joan Bennàssar aparecía retratado en muchos cuadros. Eran auto-retratos que explicaban sus vivencias personales, su entorno, sus problemas, servían para lanzar al mundo aquellas preguntas para las que no encontraba respuesta. Con los años, el pintor desaparecerá de los cuadros y todo lo que envuelve su peripecia vital dejará de tener importancia para pasar a reflexionar sobre el hecho pictórico en si mismo. Pero siempre habrá excepciones y esta obra es una de ellas. Aquí el artista y su mundo, el amor, la pareja, vuelven a aparecer.
Se trata de un cuadro inspirado en la película de Jean Jacques Annaud En busca del fuego (1982), donde se explican los orígenes y la evolución de los primeros homínidos y como las diversas formas de adaptación a un medio continuamente hostil generaron el progreso de la conducta, el cerebro, la mente, las habilidades manuales… y el dominio del fuego, fundamental para la subsistencia. Joan Bennàssar quiso recuperar la idea de la importancia del fuego en la evolución humana y lo convirtió en protagonista de la tela. Un fuego que se eleva como un dios pagano y anónimo mientras es contemplado por una pareja, el mismo pintor y su esposa Cristina Escape. Un fuego del que brollan, como de una fuente, chorros de pintura. El cuadro enfrenta el fuego con una pareja que formamos Cristina y yo. Necesitaba una diosa, una diosa blanca. Como era más joven, la puse detrás del hombre, más maduro. La estructura la pensé inspirándome un poco en el cuadro de Picasso Pintor y modelo, pero haciendo otra lectura. Están en una habitación cerrada, fascinados por el fuego, donde sólo se ve una ventana azul en el fondo. Fue un cuadro en el que trabajé durante muchos meses… Yo siempre he pensado que un cuadro lo que necesita son muchas horas de trabajo y diez minutos geniales. Y finalmente fue así, se solucionó con muy poco tiempo, de la forma más sencilla posible, con muy pocos elementos, haciendo una gran síntesis. Porque con demasiada frecuencia el mérito de un cuadro está en haber sabido borrar.
Queda patente en esta explicación del artista que cada vez le interesa menos el resultado final del cuadro. Lo que realmente le preocupa es como está hecha la pintura, que camino ha seguido el pintor, y camino significa la lucha y el diálogo entre lo que se ha querido decir y los medios de que se ha dispuesto para decirlo.
La fascinación del fuego representa claramente una época en la que Joan Bennàssar recupera los temas tradicionales de la pintura: la figura o el retrato, la naturaleza muerta. Pero los trata a la manera aparentemente salvaje de la transvanguardia, aunque si se analiza de cerca es fácil ver que se aproxima más a una técnica paciente, sabia y refinada, que pretende una síntesis de la historia de la pintura. Casi nada.
Para acabar, una cita de Joan Bennàssar que define el trabajo de aquellos años. La pintura me ha enseñado a vivir. Siento que mi obra, a pesar de desplegarse en un mucho en que reina la violencia, viene a representar una esperanza obstinada, una esperanza que nunca se ha de perder.

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«El pintor está hecho de pintura, pero fundamentalmente de aquello que él mismo es como persona» «Vivo en un mundo en el que yo debo y me deben. Y voy saldando esta deuda con el arma que mejor conozco y en el espacio en el que mejor me desarrollo»
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Estos dos cuadros son de 1984, un año en que, como hemos visto, tienen lugar dos acontecimientos importantes. La primera exposición individual de pinturas y escultura en la galería Maeght de Barcelona será uno de ellos. Aquella muestra significó el final de una etapa y el principio de otra. Me sirvió para darme cuenta de que había llegado allí donde siempre había querido estar. Era una galería especial donde ensalzaban tu obra, donde te trataban como a un pintor. A pesar de las exposiciones que había celebrado regularmente en Mallorca, su presencia en las dos últimas convocatorias de Arco, las exposiciones colectivas de gran trascendencia en las que participó y el protagonizar diversas muestras individuales en Barcelona y Catalunya, podemos afirmar que tanto por la envergadura de la obra expuesta como por la importancia de la galería y la aceptación que tuvo por parte de la crítica, esta exposición fue su consagración en el mundo del arte.
La galería Maeght fue fundada en 1937en la ciudad francesa de Cannes por Aimé Maeght. En 1948, después de realizar una exposición de Joan Miró, incorporan a la galería los nombres más importantes del arte contemporáneo, es el caso de Braque, Chagall, Calder, Giacometti, Léger, Chillida, Tàpies, Riopelle, Adami, etc. En Barcelona, la galería abrió sus puertas en 1974 gracias a la amistad del galerista con gente como Miró, Tàpies, Chillida, Palazuelo y muchos otros. Ubicada en el Palau Cervelló, un edificio gótico del siglo XV, el centro de Barcelona siempre ha seguido su propia línea, escogiendo los artistas más representativos de la ciudad, la gran mayoría de ellos han sido después figuras emblemáticas del arte del siglo XX.
En aquellos años la Maeght era la mejor galería de Europa. Un lugar donde los cuadros se dignificaban, se consideraban una obra de arte y una cosa necesaria para la cultura y la vida del pueblo. Se interesaron por mí en Arco y escogieron un grupo de pintores jóvenes como Broto, Grau o García Sevilla, por los que hicieron una gran apuesta. Yo, entonces, estaba muy satisfecho. De alguna manera, siempre había querido ser un pintor de la Maeght. Gracias a esta galería empecé a ver eso del mercado del arte no de una forma peyorativa sino como una cosa que existe. Aquella primera exposición la recuerdo como una de las más bonitas que he hecho nunca. Además, ha sido la exposición que he hecho con más deseo de hacerla. No recuerdo una ilusión más grande que aquella en toda mi vida… También me editaron un catálogo que nunca hubiera soñado tener. A partir de aquel momento fui un pintor que si tenía que decir alguna cosa podía ser escuchado.
Aquella exposición recoge críticas excelentes por parte de la prensa especializada. Rosa Queralt, en el diario El País, aseguraba que «Joan Bennàssar presenta un conjunto de obras que son el fruto de dos años de actividad febril, en los que, a medida que ha acentuado su compromiso con el momento actual, ha incrementado el principio de la diversificación, creando una naturaleza versátil, mutable e inquieta. Bennàssar es muy picassiano en este sentido- en el de dar la impresión de ser un compendio de diversos artistas en uno- utilizando técnicas y materiales diversos y gran cantidad de estilos, apropiándose de aquellas referencias que lo fascinaron o con las que se siente identificado». En ese mismo escrito, después de alabar la gran calidad técnica de la obra del artista, destaca: «Tampoco se trata de ese virtuosismo que esconde graves impotencias creativas, sino de un peculiar talento o sensibilidad hacia la plástica, y que se traduce en una intuición especial en el momento de servirse de cualquier material, escogido a conciencia o al azar, y en una manifiesta facilidad y desenvoltura no sólo a la hora de aplicar los colores, sino a la hora de tapar, camuflar, ensuciar, hacer visible o invisible cuando hay que huir de la pintura amable».
Y Maria Lluïsa Borràs, en la crítica que hace de la exposición en La Vanguardia escribe: «Lo que cautiva de su pintura es, a pesar de todo, que este color trabajado, que este dibujo a penas insinuado se carguen extrañamente de una fuerza emotiva extraordinaria, capaz de llegar a las zonas más profundas de la sensualidad y la percepción». Y acaba diciendo: «Bennàssar expone ahora su obra más reciente, pintura de formato diverso, desde piezas enormes a pequeños bodegones. Y también esculturas que vienen a ser como una necesidad imperativa de expresarse en si mismo en el espacio. Son imágenes de gran fuerza evocadora. Es una exposición muy interesante. No se la pierdan».
Esta exposición resultó todo un éxito y catapultó a Joan Bennàssar hacia la cima. De esta exposición salen los dos cuadros que protagonizan este capítulo. Sense títol nace de la impresión que provocó en el pintor una obra de Antoni Tàpies que mostraba una fregona convertida en brocha de pintor. Como siempre, llevó el tema a su terreno y en esta ocasión el objeto utilizado por el pintor fue una escoba. En cierta manera también estamos ante un auto-retrato, ya que es la reproducción del pintor y la de su estudio. Hay dos temas dentro del cuadro, la magia y la poesía. En esta obra concibo el artista como un chamán, una persona que convierte en realidad los deseos de las personas. Para mi un pintor es un trabajador, pero también un trasmisor de ilusiones e ideas.
Esta obra es un buen ejemplo de la pasión que Joan Bennàssar sentía en aquella época por la pintura, un momento de gran creatividad, en que salía todo aquello que quería hacer. Lo echaba todo sobre le cuadro, era muy agresivo trabajando, agredía la tela porqué no quería que fuera plana. No tenemos que olvidar que los años 80 son una década esplendorosa en el mundo de la pintura española, en la que explicar historias vuelve a ser importante. El espectador ha de poder leer aquello que el artista quería decir.
Por su parte, On the Road se inspira en el libro del mismo título del escritor norteamericano Jack Keruak (1922- 1969), Biblia de la generación beat. Es una obra que pone los cimientos a toda la trayectoria posterior del artista. Junto con La nit (La noche) (1984), resulta paradigmática de un cambio de talante. Empieza a construir un lenguaje que será el suyo propio, aunque aún no es consciente de estar abriendo un nuevo camino. Joan Bennàssar, enamorado, vuelve a creer en el hombre, y eso se aprecia en la pintura. En este cuadro hay más cosas que posteriormente haré mías que en los otros, y por eso lo considero un buen punto de partida para obras posteriores. Pero yo eso no lo hice de forma consciente, sino que pasaba, supongo que porqué tenía que pasar. No es hasta que han transcurrido los años que te das cuenta de todos estos cambios.

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«Mi pintura es una especie de diario, no tanto un diario de vivencias como de deseos» «Mi misión como artista no es crear imágenes nuevas, sino reencontrar sentimientos y encontrar maneras y formas que expresen los intereses que tengo como hombre»
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El pintor lo que no puede hacer es aburrirse, y por eso ha de ir cambiando y experimentando cosas nuevas. Joan Bennàssar ha aplicado esta máxima durante toda su trayectoria artística. La consecuencia no puede ser otra que la experimentación constante, el cambio continuo de técnicas, de materiales, de estilos, de temática. Ahora las naturalezas muertas y los bodegones ocuparan las telas, será la temática con la que más experimentará. No es, sin embargo, la primera vez que los pinta, aunque es en esta época cuando profundiza en ellos con más ímpetu. Es, eso sí, la primera vez que desaparecen de las telas las figuras humanas. No quiere hablar de sentimientos, sino de pintura. Los cuadros se llenan de objetos, los materiales adquieren un uso innovador y el artista se crea sus propias herramientas de trabajo que le ayudan a expresarse con más facilidad. Los cuadros, entonces, toman sentido por ellos mismos. Por las noches recogía de la calle cosas, todo tipo de cachivaches – una silla, una madera, una botella…- y las incorporaba a los cuadros con la intención de sugerir nuevas interpretaciones de la realidad. De este proceso creativo surge Natura amb ampolles, donde incorporé la primera botella de Vega Sicilia que bebí. Será una época en la que me vuelvo a interesar mucho por la investigación. Buscaba traspasar el cuadro, darle una tercera dimensión a la pintura, que fuera una realidad por él mismo.
Joan Bennàssar nos quiere enseñar que el arte no es un problema de bonito o feo, que el arte moderno tiene la grandiosidad de habernos liberado de la visión estética y nos ha enseñado que cualquier cosa puede ser bella, desde un cenicero hasta la paleta de un albañil. Esta manera de concebir el arte abre al artista un mundo de posibilidades pictóricas que se hacen evidentes en estos cuadros. Libertad. Libertad interior, sin fronteras, asumiendo un notable componente de riesgo. Y un lenguaje directo, muy claro, muy conciso, de inquietudes generalizadas en un mundo que no consigue desprenderse de vasallajes y amenazas, de dogmas y barreras.
Tras muchos cuadros siempre hay un referente, una chispa que enciende el fuego creativo de Joan Bennàssar. En el caso de Naturaleza con botellas el punto de partida es el cuadro Los jugadores de cartas, de Paul Cézanne (Aix-en-Provence 1839-1906), una obra en la que el artista consigue que la representación dependa sólo de la propia pintura, de los volúmenes y del color. Una pieza que abre camino hacia la pintura pura, no sometida ni al tema ni a las técnicas representativas. Esto es lo que Joan Bennàssar busca precisamente en su cuadro, en el que la gente ha desaparecido, a pesar de que la presencia humana, próxima, fuera del encuadre, es muy evidente. En esta época intento hacer cuadros mucho más pictóricos, donde la figura no es lo fundamental. Como pasa con Cézanne, la importancia no está en la representación, ni en la caracterización psicológica, sino en el tratamiento pictórico: en la composición, en las masas de color, en los elementos utilizados…
A pesar de no estar representada, la presencia humana empapa estas obras. La mesa servida o la nevera abierta y llena de alimentos de Naturaleza muerta, indican que el hombre está ahí, que se sentará en la mesa, que ha abierto la nevera para coger algo que comer. La persona no está en el cuadro, pero está ahí, muy cerca, presente en esencia. Es esta la circunstancia que diferencia todos los bodegones de Joan Bennàssar, que los hace diferentes a los otros. Sus objetos inanimados, inertes, tienen la vida de la proximidad humana.
Joan Bennàssar quiere reconciliar sus naturalezas muertas con los grandes formatos y con un espacio pictórico voluntariamente complejo, que lucha contra el empobrecimiento de una plenitud malentendida de una parte de la pintura de aquellos momentos.
Los bodegones de Bennàssar no se limitan a un juego plástico, buscan alguna cosa más. Yo intentaba hacer un bodegón moderno, y por eso buscaba nuevas maneras de expresar alguna cosa con estos objetos. La nevera es la mía, y los alimentos están colocados tal y como yo los tenía. Los colores son agresivos, chocan… Con estos cuadros intentaba aportar alguna cosa al lenguaje pictórico, y creo que lo conseguí. Vive un momento de trabajo muy intenso, está en plenitud y se siente capaz de poder conseguir cualquier reto. Naturaleza muerta es uno de esos grandes retos conseguidos con mucha simplicidad, con una perspectiva frontal muy sencilla y una paleta colorista y llena de matices.
Las naturalezas muertas también son el resultado de una nueva etapa vital que se refleja en la obra. En aquellos momentos no quiero expresar más desesperación en mis cuadros. Sólo hay una vida y creo que se tiene que aprovechar. Yo quiero ser un pintor optimista, que haga un canto a la vida. Aún y así, nunca me acabo de liberar del todo. La nevera, por ejemplo, no deja de ser la de una persona que está sola. Es, sin embargo, una etapa de una gran libertad creativa, una libertad sin condicionantes. Pinto todo el día, vivo para pintar. Al mismo tiempo es un momento de coger aire. Y de ahí la temática de las naturalezas muertas: son buenas para reflexionar, para superar aquellos momentos en los que uno no tiene ideas, en los que no lo ve claro. Y siempre salen cosas nuevas, ideas para seguir adelante.
Así fue. La reflexión aportó nuevas ideas, nuevas temáticas. Joan Bennàssar comenzará a trabajar en toda una serie de cuadros que tienen el pintor y su estudio como protagonistas.

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«Lo que mantiene mi equilibrio es ponerme a trabajar cada mañana» «Encuentro mi estabilidad en el interior de mi estudio» «Pintar es una manera de enfrentarme a la superficialidad que se vive hoy en día»
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La obra de Joan Bennàssar avanza a gran velocidad, aunque se mueve dentro de unas coordenadas perfectamente establecidas desde un principio bajo el signo de la continuidad. Así, la relaciones entre una obra con la siguiente, de una exposición con la siguiente, constituyen los signos externos de una evolución coherente, a medio camino entre la vía intuitiva y la reflexión. Joan Bennàssar ha pintado siempre desde la admiración hacia la pintura y era inevitable que en esta evolución el taller, los elementos que utiliza para pintar, se introdujesen en algún momento en su espacio imaginario. En esta época el artista poblará sus telas de los elementos que tiene más cerca, dentro del estudio, que convertirá en protagonista de la obra. El artista continúa así con aquel diálogo del pintor con su pintura, pero ahora lo hace a un nivel más terrenal, centrado en el entorno del taller. Los objetos que pasan a ocupar sus cuadros se transforman en obsesiones, simples apoyos de estudio, excusas para hacer variaciones de estructura, variaciones de materia y de color. En estos cuadros, Joan Bennàssar establece un diálogo con él mismo y con su obra cerrado en la soledad del taller.
De todos modos, no abandona la figura, que aparece en algunas telas, pero siempre como un elemento secundario de la narración. En muchas ocasiones, la figura humana está representada por extremidades: un brazo, una pierna, cortadas de raíz pero sin ningún dramatismo, sin sangre, sin un componente violento, lo que nos remite otra vez al yeso y la escayola del taller. Extremidades, sí, pero sobretodo, y una vez más, elementos de su estudio. Aparecen guitarras y sillas- una representación de lo que siente y piensa- y, por encima de todo, escaleras, un objeto mágico para Joan Bennàssar, un elemento que te lleva a otro lugar, a otra dimensión a menudo alejada del mundo real. Es en esta época en la que intento introducir alguna cosa mágica dentro del cuadro. Quiero representar de alguna manera el hecho mágico que lleva a pintar.
El cielo desde mi escalera nace de la canción de Led Zeppelin Stairway to Heaven. Es una famosa e influyente canción de este grupo británico que para muchos es considerada como uno de los puntos más culminantes de la historia del rock. El cuadro está compuesto de forma sencilla. Una parte baja que parece un espacio destrozado, destruido; un juego de planetas encima; y una línea roja que representa el horizonte. Se trata de un juego plástico sin querer caer en la abstracción. Hay un cierto punto de surrealismo, de querer atrapar el espíritu de las cosas. Y un cierto sentido esotérico, un tema que despertaba la curiosidad del artista hacia 1986. La escalera es el elemento fundamental del cuadro, un objeto que en este caso representa al propio artista, ya que era la escalera que hacía servir en el estudio para trabajar. Este cuadro está relacionado con la historia de un oso de peluche que Joan Bennàssar encontró por la calle. Una historia curiosa que nos explica el pintor mismo: Un día, a la salida del Hospital Clínic de Barcelona, encontré un oso de peluche tirado en un contenedor. Al momento me imaginé una historia. ¿Porqué estaba allí?¿Lo habían regalado a una niña que estaba enferma, ingresada en el hospital? Y, si era así, ¿porqué no se lo había llevado a casa? ¿No le gustaba?¿O la niña había muerto?. De aquí surgió la idea del mundo destrozado que aparece en la parte baja. Y también incorporé el oso de peluche, como había hecho muchas veces con objetos que había encontrado por la calle. Pero aquel cuadro no me convenció nunca y estuvo más de dos años en el taller, abandonado. En 1988 decidí sacarlo para ver las cosas en positivo y confiar en los astros y la bonanza. Y acabé definitivamente la obra representando estos astros…
A pesar de todo, como hemos dicho, el taller del artista será un espacio que protagonizará muchos de los cuadros de estos años. Joan Bennàssar se expresa a través de sus sentimientos, de lo que siente y de lo que vive cuando está dentro del taller. Trough l’atelier es un paradigma de esto. En él representa su estudio simbolizado, otra vez, en la escalera de uso habitual para trabajar, que en esta ocasión está traspasada por una figura femenina, una mujer joven que representa a Cristina Escape, artista catalana con la que Joan Bennàssar se casó en 1987. El fondo de la pintura es una ciudad vista desde arriba. En este cuadro hay elementos constructivistas, cubistas. Yo soy un pintor clásico, a quien siempre han gustado las estructuras y este es un buen ejemplo de ello. Joan Bennàssar quiere representar el amor que siente hacia su mujer. Con la levitación también nos quiere mostrar la sensación de poder que tenía cuando Cristina Escape estaba embarazada de su hijo Joan.
L’atelier es también un buen ejemplo de esta época. Estamos ante un cuadro fruto de una época en la que el mundo del arte iba muy rápido y la pintura representativa empezaba a cansar. Aquí, Joan Bennàssar huye de la representación e intenta que los cuadros tengan un punto más, sean más atemporales. Entonces había muchos cuadros que quedaban desfasados en poco tiempo y yo tenía la voluntad de sobrevivir, de que mi pintura superara el paso de los años. Intentaba hacer una obra que traspasara los límites temporales. Supongo que porque yo ya había hecho antes muchas de las cosas que los artistas hacían en aquellos años.
Buscando la pervivencia de la obra es como Joan Bennàssar se introduce en una obra que no sólo intenta reproducir objetos reales sino que pretende explicar una historia con estos mismos elementos. En todos los cuadros que tienen el taller como protagonista, el espacio se transforma en un lugar mágico, donde el artista se representa como un chamán, como un prestidigitador. Un mundo que ya había querido representar antes en La noche del prestidigitador.
Parte de una idea que le apareció observando una obra de Lucio Fontana en la que se representa un cubo colgando. Las tuberías y las escaleras representan los pensamientos que suben y bajan con la creación. Además, Joan Bennàssar intenta romper los límites del cuadro, quizá atraído por la necesidad devolver a la escultura.
Estos tres cuadros son, a pesar de todo, representativos de una época en la que Joan Bennàssar coge seguridad en lo que hace. Deja de ser un pintor expresionista para volverse más cerebral, más poético.

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«A medida que pasa el tiempo tengo mayor necesidad de construir, de buscar convicciones en el pintura» «Soy un pintor mediterráneo, poco racional, y experimento con mis propios sentimientos» «Si me equivoco rectifico»
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Joan Bennàssar se acerca a la cuarentena. Se ha convertido en un artista que está en posesión de una característica que lo diferencia de cualquier otro: una solidez que es producto de la madurez. Una madurez a la que ha llegado cuando ha sabido lo que quiere conseguir y como hacerlo. Trabajar, trabajar y trabajar, no desviarse, aprender y aprehender, y, por encima de todo, confiar en sus propias fuerzas. Todo eso, evidentemente, construido sobre fundamentos de una formación técnica sólida, cuidadosa… perfecta. En las obras de esta etapa hay una curiosa oscilación entre la más amplia espontaneidad y el más estricto rigor compositivo. Aunque lo más significativo es la manera concreta como se manifiesta esta espontaneidad a partir de la independencia recíproca que los elementos básicos de sus composiciones mantienen entre si: líneas, formas, texturas y colores juegan sus papeles respectivos como si de hecho obedeciesen a programaciones diferentes, para acabar interrelacionándose con el resultado global.
Joan Bennàssar continúa hablando de lo que le es más cercano, de su entorno inmediato, de las sensaciones que le provoca el paisaje, de la gente más cercana, del mar… Pero la pintura lo lleva de un lugar a otro y ahora Cristina Escape, su mujer, se convertirá en la protagonista de una serie de cuadros que llevan por título Viviendo con Cristina. Se trata de obras que tienen el negro como color dominante y una silueta femenina, Cristina, en blanco. Una figura al inicio del embarazo, de barriga tensa que ya hace bulto por el niño que esperan, pero siempre vigorosa, que convierte estas obras en símbolo de la maternidad entendida como refugio, como auténtica patria del hombre, una patria sin fronteras, sin nombre, sólo llena de felicidad. Le combina escaleras, formas abstractas que simbolizan lo venidero, el futuro y figuras perfiladas de él mismo y del niño que ha de nacer. La ilusión del futuro padre queda reflejada en estas telas. Son cuadros que parten siempre del sentimiento, pero yo sólo se pensar en pintura y, finalmente, son tan sólo cuadros.
Son piezas pintadas en Pollença, durante el verano, tiempo de calor y de vacaciones, pero que para el artista se transforman en meses de gran productividad, de desconectar y huir del ahogo de Barcelona y volver a la cuna, al contacto con su gente, con su pueblo, con sus raíces, el lugar de donde todo surgió, la génesis. A mi me gusta mucho pintar sudando. Hay un cierto placer en ello, en verano. Los cuerpos en la playa, el mar, el sudor. Me incita mucho a dibujar. Yo cada año me planteaba, ya desde febrero, el hecho de tener dos o tres meses sin vender, sin viajar, sin tener que moverme. En Pollença me planteaba problemas con la pintura porqué siempre tenía tiempo para resolverlos, podía enfrentarme correctamente al trabajo, investigar sin prisas… Es decir, en Pollença Joan Bennàssar disfruta pintando y hace suya aquella máxima de Picasso que dice «es más bonito lo que uno piensa cuando pinta que la pintura en si misma».
Joan Bennàssar pinta en un estudio situado en el antiguo cine Moderno, a pocos metros de la iglesia, de la plaza. Un lugar espacioso, diáfano, con un aire decadente, donde se podía enfrentar a cuadros de gran formato, una de las debilidades del artista, y que podía contemplar con perspectiva desde el anfiteatro. Un cine que conservaba aún la pantalla, muda, blanca. Una enorme tela que contemplaba con envidia como otros lienzos accedían a la magia del pintor. Tubos de pintura por el suelo, cuadros apoyados en las paredes, algunas esculturas realizadas con paellas u otros objetos que adquieren formas antropomórficas. Los misterios del taller. A pesar de eso, nunca me han afectado los espacios, porque yo he incluido en mis cuadros no lo que me rodeaba, ya que he huido siempre de paisajismos y de la belleza del entorno, sino lo que me rodea en forma de mis traumas.
Son estos cuadros donde predomina el dibujo. Se simplifica la pintura pero se complica notablemente el mensaje filosófico, buscando la metáfora de la vida, de la vida de uno mismo para llegar al universalismo. También está presente en todos los cuadros pintados en este momento el espíritu de su mujer, Cristina, a quien dedica la serie. A mi la pintura me ha servido siempre para conocer mejor la relación con mi pareja y con la gente que me rodea y quiero. Pero no basta con contar la historia, sino que se ha de buscar una buena solución para explicarla plásticamente. Son cuadros que surgen de mi propia necesidad interior de hacerlos, de una necesidad de conocerme mejor a mí y a la gente que me rodea. Si unos años atrás pintaba para expresar mi malestar, mi descontento con el mundo que me había tocado vivir, ahora es todo lo contrario, expreso mi bienestar, mi serenidad, porque había conseguido una gran estabilidad en mi vida: estaba feliz con mi pareja, con mis hijos, disfrutaba de mi trabajo, tenía el dinero suficiente para hacer lo que quería…
Efectivamente así es. Como escribe en esta época Josep Melià «hay en esta etapa de Joan Bennàssar una sensación de felicidad, de fuerza, de capacidad de adivinación del gozo de vivir, que incorpora la métrica de un sentimiento nacional pleno de musicalidad óptica».
En verano de 1988, Joan Bennàssar inicia también una serie erótica basada en los poemas de La rosa als llavis (La rosa en los labios) de Joan Salvat-Papasseit. Las dimensiones de los cuadros se reducen a pequeñas formas ovaladas, en realidad asientos de silla de madera, adecuados al ambiente íntimo y sensual que quiere expresar. Con un trazo espontáneo, aparentemente descuidado y en el fondo lleno de sabiduría, dibuja camas y parejas haciendo el amor. Las imágenes se construyen con la unión de fragmentos captados desde diferentes ángulos de visión.

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«Mi pintura cada vez se vuelve más clásica y esta es mi manera de ser vanguardista» «Mi aportación no es describir lo que ocurre fuera, sino lo que somos, y yo soy mediterráneo»
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Joan Bennàssar vive en Barcelona pero pasa los veranos en Pollença. La vida que lleva en cada sitio es totalmente diferente, le permite mutar. Barcelona le ha ayudado a ser libre. Allí todo es más complejo, más difícil y cada uno se ha de imponer. En Mallorca, en cambio, siempre se es el hijo de tu padre y conoces tu entorno. Barcelona es el campo de batalla, Mallorca es el estudio, el lugar donde volver y donde se siente uno mismo, donde se reconoce, donde se reencuentra. En Mallorca, en Pollença, donde la pintura forma parte del ambiente, incluso de la misma composición del aire, consigue cargar las pilas, reflexionar y empezar cosas nuevas. Mientras, Barcelona es la puerta abierta al mundo, un banco de estímulos que le permiten crecer.
Entre estos dos puntos transcurre la vida de Joan, pero es en Pollença, en Cala Sant Vicenç, con la familia, al lado de las adustas costas de la Tramontana mallorquina; roquedal horadado por la obstinada fuerza de las olas, peñascos secos y desnudos, mar brava, violenta y profunda, poética, donde Joan Bennàssar saca las ideas que desarrolla después en la gran capital. Es en este paisaje, de belleza sublime, inabarcable, de donde surgirán hacia 1987 toda una serie de cuadros que forman parte de la serie Baños nocturnos. Pasábamos los veranos en Cala Sant Vicenç y por las noches íbamos a nadar con los hijos, con amigos. Además teníamos una pequeña barca… Hacíamos una vida muy de mar, vivíamos un verano plenamente mediterráneo. Eran unos días de una gran felicidad, que aún ahora recuerdo con mucho entusiasmo. Era tan feliz que quise plasmar aquellos momentos en la tela. De aquellas noches de mar y risas surgieron todo este grupo de cuadros. El trabajo continuaba ya en Barcelona, con el recuerdo de los cuerpos en el mar, las gotas de agua deslizándose por la piel, el gusto de sal en la boca. El recuerdo de la unión armónica del hombre con la naturaleza en la soledad de la ciudad.
El reencuentro de un entorno que le es favorable coincide también con unos momentos en los que Joan Bennàssar se introduce en el mundo clásico, en el mundo de los mitos y héroes griegos y romanos. Un interés que se había despertado dentro del artista de la mano del escritor inglés Robert Graves, que pasó buena parte de su vida en Mallorca. Los baños y el interés por los clásicos hacen que Joan Bennàssar represente en su obra seres míticos, que van a la búsqueda del becerro de oro sabiendo que la búsqueda se ha de hacer dentro de uno mismo, que el premio es encontrarse, conocerse; sabiendo que es más importante el camino que la llegada. Como escribió Kavafis en su poema Ítaca.
Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca
Debes rogar que el viaje sea largo,
lleno de peripecias, lleno de experiencias
[…]
Debes rogar que el viaje sea largo,
Que sean muchos los días de verano;
Que te vean arribar con gozo, alegremente,
A puertos que tú antes ignorabas
[…]
Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca:
Llegar allí, he aquí tu destino.
Mas no hagas con prisas tu camino;
Mejor será que dure muchos años,
Y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla,
Rico de cuanto habrás ganado en el camino.
No has de esperar que Ítaca te enriquezca:
Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.

Se trata de una serie de cuadros que mantienen un cierto clasicismo pero con modernidad. O sea, utilizan todo tipo de recursos plásticos extraídos tanto dela tradición clásica como de las vanguardias. El artista ha dejado atrás un arte mucho más agresivo para interesarse por la composición, por los colores: azules, negros, rojos… Ahora crea libremente, sin temor, sin angustia, sin ninguna traba que lo ate. En Cala Sant Vicenç aquellos veranos los vivíamos perfectamente, rodeados de mar. Era volver a la vida primitiva y, como pintor, también me sentía un poco así. Había pasado unos años de muchos viajes, años en los que había estado ligado a movimientos artísticos. Pero a partir de 1987 rompí con todo este mundo, que encontraba demasiado frívolo, y decidí volver a lo más clásico, a un arte que podríamos considerar más primitivo.
Fueron los baños nocturnos los que le permitieron hablar otra vez abiertamente de las personas, del hombre, y de sus grandes miedos y esperanzas. La figura humana vuelve a las telas. Figuras que sobresalen de una agua llena de vida, violenta y misteriosa, trágica, de una mar envolvente, mediterránea. Figuras que forman grupos de personas juntas pero a la vez solitarias, preocupadas, estáticas, sin diálogos entre ellas. Sus personajes, de perfiles clásicos, son, como dice el mismo Bennàssar, argonautas muy reconcentrados en ellos mismos.
Esta representación del ser humano será uno de los elementos que el artista incorporará a la obra posterior y llegará a la actualidad. En esta época, sin embargo, las figuras son casi siempre masculinas. No será hasta años más tarde que incorporará mujeres, niñas, jóvenes. Utiliza la figura masculina porque los cuadros son una manera de auto-retratarse, no tanto física como espiritualmente. Como ha hecho durante tantos años, ahora se muestra a si mismo sobre los personajes que pinta. Y por eso los protagonistas de los cuadros son hombres, preferentemente jóvenes, en la flor de la vida, llenos de fuerza, y desnudos. El artista, sin embargo, no representa la desnudez persiguiendo la belleza física, sino que pretende mostrar la desnudez espiritual, intelectual, el presentarse desnudo, sin ningún artificio, ante el mundo.
Estamos en un momento decisivo en la trayectoria artística de Joan Bennàssar. Es difícil situarlo en una fecha concreta, pero no erramos mucho si datamos en estos años el momento en que el artista toma el camino definitivo, un camino propio y personal, original, que lo ha llevado a la cima del panorama artístico español.

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«La función del artista es la de crear momentos mágicos» «Todo lo que se ha montado alrededor del arte se está comiendo el hecho artístico. Y yo lucho contra esto»
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Joan Bennàssar es un artista que domina todas las técnicas de expresión, todos los géneros. Esto le ha permitido una curiosidad que es tan enorme como su oficio. Inquieto, inconformista, perfeccionista, con un gran espíritu de superación, nunca está satisfecho con lo que hace, experimenta a cada paso, busca abrir nuevos caminos en cada cuadro, en constante evolución. Pero en ocasiones, esta evolución se basa en elementos perdidos que quedan en el camino, en recursos utilizados hace tiempo que ahora recupera y adapta a las actuales circunstancias. Es el caso de la serie titulada Abeuradors (Abrevaderos), en que Joan Bennàssar, como años atrás, busca acabar con la superficie plana de la tela, romper el espacio de la propia tela, traspasarla, romper con las dos dimensiones a la búsqueda de una tercera: el volumen, el relieve, la perspectiva. Hemos dicho como años atrás, pero esto no es del todo cierto. Ahora existe una diferencia sustancial. En este momento incorpora la experiencia, los años de trabajo, todos los conocimientos que ha ido añadiendo. Porque no debemos olvidar que Joan Bennàssar es un pintor que superpone lo que aprende, que nunca rechaza nada, su obra siempre suma. Son momentos en los que, mentalmente, están presentes artistas como Lucio Fontana, que entonces había recuperado presencia en el mundo artístico. Se trata de un pintor pionero del movimiento que se preocupa por el espacio, que postuló la ruptura con la clásica pintura de caballete con la intención de superar los límites asignados a la obra de arte, y que sostenía la necesidad de integrar todos los elementos físicos- color, sonido, movimiento y espacio- en la unidad ideal y material.
Joan Bennàssar ha dejado el estudio en el antiguo cine Moderno y trabaja ahora en un espacio situado encima de una carpintería, lo que la facilita la posibilidad de realizar esculturas. Esta será una época en la que trabajará mucho este campo. Estudios creativos en Pollença en los que tenia una cierta tendencia a confundirme e ir un poco contra el trabajo que hacía el resto del año con la intención de ver que salía de todo aquello. Eran momentos creativos de gran libertad, aquellos meses en Pollença, de mucha experimentación, de donde salían series que después iba trabajando en Barcelona.
El elemento característico de este ciclo es el abrevadero, que el pintor realiza con planchas de encofrar. Estos recipientes recogen los rayos de la luna, del agua, los planetas, las nubes. El abrevadero está muy presente en la Mallorca rural. Son recipientes de agua con muchas utilidades: para dar agua al ganado, para lavar, cómo fuente, como recipiente… En Pollença, donde yo vivía, había el Abeurador dels Quatre Cantons (El abrevadero de las cuatro esquinas) y, como tantas otras veces, mi entorno más cercano influyó en mi obra. Además, el abrevadero representa para mí dos mundos: el hoy y el ayer, dos mundos que en Mallorca han entrado en colisión desde la década de los 60 y la llegada del turismo masivo. La figura humana vuelve a desparecer de nuevo, pero continúa presente en un sentido metafórico, ya que los abrevaderos invocan la sed, el agua como fuente de vida. Fue también un momento en que no veía la figura humana en el cuadro, no me iba bien, no sé porqué razón, simplemente no funcionaba, creía que estaba agotada. Quizá porqué no quería apoyar los cuadros en una voluntad narrativa, novelística. Poco después, los abrevaderos se convertirían en vasos, pequeños, donde beber los sedientos, perdidos en la inmensidad de la tela.
Las obras de estos años utilizan muchos objetos, unos encontrados, los otros buscados. Joan Bennàssar persigue la mutación de sus significados para darle otros más espirituales, más complejos. El resultado son obras que no son ni pintura ni escultura, que tienen unas raíces muy mallorquinas. Josep Melià escribe en estos años, «Joan Bennàssar nos muestra que un mundo prácticamente ruralizado, pegado a un pequeño rincón del planeta, tiene la estructura atómica de las sensaciones y verdades más universales y deslocalizadas. Y nos viene a decir, una vez más, que tan solo el siau qui sou (sed quien sois) es cosmopolita, y que sólo el lenguaje materno es comprensible por encima de los continentes, de las fronteras y las diferentes sensibilidades culturales y de las tradiciones y las deformaciones estéticas. De esta manera, Bennàssar, que ya tenía demostrado que era el pionero de su generación mallorquina, entra con paso seguro en la galería de los pintores destinados a conseguir una significación mundial».
Joan Bennàssar presenta con gran éxito esta serie en la galería Ángel Romero de Madrid en diciembre de 1989. El grueso de la obra está formado por piezas de la serie abrevaderos. Son juegos de aguas verdes, azules, rojas, con el abrevadero que recoge, saliendo de la misma pintura, su vertido, su fluir, que no es real y al mismo tiempo lo es por el poder sugerente de la pintura. El resto de obras eran piezas en las que el artista insiste en el tema. Jugaba con el equívoco de la simple o la doble dimensión, con el relieve. Lo circular, lo que lo recluye, lo que se potencia en si mismo exhibiendo su belleza un tanto pitagórica, bastante más humana.
La figura humana desaparece, también el realismo. Se vuelve más conceptual y utiliza los elementos con un sentido mágico, inquietante. Sin embargo no podemos hablar de un pintor abstracto, aunque tal vez estamos en una de las épocas más abstractas de este artista. Joan Bennàssar huye de la realidad pero con elementos de la realidad. No debemos olvidar que estamos ante un creador que nunca ha sabido trabajar sin objetos reales. Hemos de hablar, más bien, de un intento de concreción de lo más íntimo. En este sentido, nunca ha pensado que un cuadro fuera un todo en si mismo. Ha de tener un contenido aunque, evidentemente, la forma también sirve para reforzarlo. Por lo que se refiere a la técnica, en estas obras incorpora por primera vez el polvo de hierro, el agua y el aceite. El objetivo es crear imágenes que quieren reflejar el paso del tiempo, las marcas que deja sobre los objetos.
Estamos una vez más ante la evidencia que Joan Bennàssar es un artista que ha querido moverse con los ritmos del tiempo.

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«El siglo XX ha liberado a la pintura de la dictadura de la forma y nos ha abierto un campo inmenso donde todo es posible y todo depende del momento» «Es necesario recuperar el arte que nos habla de los misterios del mañana, hecho de trabajo, esfuerzo y amor»
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Hacía muchos años que Joan Bennàssar vivía en Barcelona, una gran ciudad, lejos del pueblo y de sus orígenes. Poco a poco, siente como se va perdiendo su clase y dentro de él nace la necesidad de volver donde todo se inició. Demasiados años separado de sus raíces, del pueblo donde había nacido, de la gente, de los paisajes, de los recuerdos que llenaron su infancia. Es entonces cuando empieza estos cuadros donde reproduce despensas que él llama Queviures (Víveres). Son obras en las que vuelve a su pueblo, ya que integra las imágenes de su infancia, su mundo perdido y reencontrado, pero tan lejano. Son unos cuadros que me remiten al recuerdo de mi madre, una mujer sencilla, modista y payesa, del pueblo, con las costumbres y los hábitos de la gente de mi tierra. Pero al mismo tiempo son también una reflexión sobre el hombre, sobre su necesidad de alimentarse y sobrevivir. Efectivamente, las figuras, los seres humanos, siguen ausentes, pero los cuadros muestran que están cerca. No aparecen, pero la presencia humana es cercana, ya que los cuadros nos presentan una despensa, donde se guardan las reservas para sobrevivir, donde hay comida envasada en botes, donde se esconden conservas, se cuelgan las sobrasadas. Son los alimentos que la familia guarda para alimentarse y esto es un hecho muy humano.
Este deseo de proveer las necesidades de la vida se hace presente en las vajillas y los utensilios que por sus formatos nos remiten a los originales de barro; las despensas y estantes donde coloca estos recipientes llenos de valiosos alimentos que permitirán que su mundo esté fuera de peligro. La serie Queviures (Víveres) es especialmente reveladora en este sentido. Es un símbolo de su gente. No sólo es voluntad de querer, sino preocupación y deseo de salvaguardar aquellos valores. Llega un momento en que lo que te importa es tu entorno familiar, que quieres defender como sea porque ya sabes lo que quieres. Esta serie, y la de los nidos que hice paralelamente, era una manera de explicar esta idea.
La obra del artista se hace aquí más refinada, con acentos más tenues y vibraciones más sonoras y audaces. La obra actual, compleja y elaborada, nos traslada al momento en que, más que abocar el remolino interior, característica que había mantenido en los últimos años, muestra la intensidad de sus sentimientos, tal y como es su forma de ser, de pensar, de intuir. Joan Bennàssar vuelve ahora a pintar cuadros planos, más realistas y con un interés mayor por la estética. Los objetos alimentarios se mezclan con cerámicas, con platos, con jarrones, elementos de uso cotidianos a los que el artista confiere un sentido primitivo, arqueológico. Había trabajado con Martí Royo, que hacía muchos de estos objetos con cerámica y a mi se me despertó un vivo interés. Además, siempre me ha atraído la arqueología y el estudio del hombre primitivo, aquella época antes de conquistar la realidad y la perfección. Los objetos que reproduzco en estas obras son arcaicos, muy mediterráneos. Creo, sinceramente, que es la primera vez que soy mediterráneo al cien por cien, y no podía ser de otra manera, porque me siento deudor de una isla y de una forma de ser.
Joan habla de Martí Royo y precisamente fue entonces cuando el ceramista le dedicó estas palabras: «Descargado de tópicos intelectuales y plásticos, con una disciplina espartana y un oficio magistral, construye y destruye mundos indescriptibles. La obra de Joan Bennàssar, como todas las cosas buenas, no es fácil de asimilar al primer vistazo e invita a reflexionar con seriedad mientras no adentramos en el laberinto que nos tiene preparado, en el que no tienen cabida ni las dudas, ni la inseguridad, ni la mediocridad. Se debe entrar con el espíritu abierto, sin miedos, para vernos reflejados de forma punzante y encajarlo como una lección que nunca olvidaremos».
Es también una época marcada por la ruptura con la galería Maeght, con la que había estado trabajando los últimos años. Pero esto le permite que su temática evolucione. Surgen, por ejemplo, toda una serie de cuadros rallados, que no son más que las sombras de las vigas del nuevo estudio que Joan Bennàssar se acaba de construir y que cruzan el suelo y la pared del espacio. Una vez más, las cosas que rodean al artista quedan incorporadas a su obra y permiten crear toda una serie de obras con este estilo. Es un recurso que aparecerá primero en los bodegones, pero más adelante en todo un grupo de cuadros que recuperan la figura humana. Una serie que aparece casi por casualidad. Después de profundizar con la temática de las despensas, me encuentro un poco encallado y no sé como resolverlo. Pintaba de una forma demasiado mecánica y necesitaba buscar el accidente. Precisamente aquellas vigas fueron el accidente que me permitió iniciar la serie de los hombres rallados, que marcará todo un momento.
Es así como en poco tiempo, Joan Bennàssar completa toda una serie de cuadros, muchos de ellos con músicos como temática, que durante varios años esperaron su momento dentro del estudio ya que el artista no sabía como resolverlos, no se sentía satisfecho con ellos. Cuadros iniciados hacia 1991 no se darán por acabados hasta cuatro o cinco años más tarde, pero es que ya hemos dicho en diversas ocasiones que estamos ante un artista perfeccionista, exigente, que no da por acabado ningún cuadro hasta no estar plenamente convencido del resultado. Son cuadros en los que la cerámica primitiva se mezcla con figuras humanas, aunque paulatinamente irá desapareciendo hasta volver a transformar al hombre en auténtico protagonista de sus telas.
Joan Bennàssar construye mundos con gran facilidad, mundos pequeños que conforman su Mundo, inmenso y único. Marcel Proust escribió en El tiempo reencontrado: «Sólo a través del arte podemos salir de nosotros, saber aquello que ve otro de este universo que no es lo mismo que el otro, […] Gracias al arte en vez de vivir un solo mundo, el nuestro, lo vemos multiplicarse, y tenemos tantos mundos a nuestra disposición como artistas originales haya». La cita se puede aplicar a la perfección a nuestro artista.

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«Siempre considero más bello lo que pienso cuando pinto que lo que verdaderamente pinto» «A diferencia de la pintura, con la escultura no hay nada ficticio, todo es muy real. La escultura tiene el componente táctil que me da unos visos de realidad muy superiores al cuadro» «Hoy en día se confunden demasiado los valores estéticos con los del mercado»
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Hablar de Joan Bennàssar desde un punto de vista artístico es hablar de la pintura. Esto es evidente, pero de ninguna forma podemos olvidar su vertiente como escultor. De hecho, en los estudios se había especializado en escultura. Allí encontró a Jaume Mir, su primera influencia, su primer maestro, que le enseñó la técnica del modelaje, que le inculcará la pasión por esculpir, por crear formas y figuras de la nada, para, como un demiurgo, conferir vida a la materia inerte. Pero poco después mostró más interés por la expresión de la pintura y la dejó de lado. La escultura ha estado, sin embargo, presente en toda la trayectoria artística, con altibajos, con épocas de más producción y otras de menos, pero siempre ha estado ahí. Ha creado con bronce, con madera, con hormigón… se ha interesado por la escultura construida a partir de la yuxtaposición de los objetos encontrados, ha creado figuras humanas, animales, árboles…
Joan Bennàssar siempre se ha movido entre estos dos mundos. Por una parte, el color y la visión figurativa de la pintura. Pero también ha sentido la necesidad de buscar una tercera dimensión. Una necesidad que le ha llevado hasta la pintura, rompiendo los límites de los cuadros, jugando con el relieve, con la incorporación sobre tela de elementos tridimensionales, en un intento de mezclar estos dos lenguajes, hasta el punto de no saber, a veces, si estamos ante un cuadro o una escultura.
He hecho esculturas desde siempre, desde que era joven. En la primera exposición en la galería Maeght ya presenté un buen número de piezas escultóricas. Pero siempre me he dedicado más a la pintura y es evidente que ese me conoce más como pintor que como escultor, pero yo también mes siento muy escultor. Y el motivo de haber pintado más no es otro que, por un lado, haber sentido siempre la necesidad de pintar, de expresarme con la pintura; pero por otra, la razón también puede estar en que la escultura es una cosa muy física, laboriosa y difícil de almacenar, y a mi me ha resultado siempre más sencillo pintar. Sin embargo, es evidente que la escultura es otra manera que tengo de expresarme, de explicar las historias que dan vueltas por mi cabeza. Yo vengo de una cultura muy primitiva y en la escultura puedo abocar esta parte más primitiva de mi mismo, más de sentimientos y menos racional. Pero sí, creo que la escultura es, incluso, más real. Puedo ver mucho más las formas y los volúmenes de una escultura, más que los colores, los gestos y las composiciones de la pintura. Esta es mucho más ficción, mucho más compleja que la escultura. Ahora bien, siempre he pintado más, pero al mismo tiempo que pintaba he tenido ganas de hacer escultura, y por eso siempre ha existido en mi recorrido en el mundo del arte.
Así como la pintura de Joan Bennàssar con el paso de los años se ha movido por diversos movimientos, estilos y técnicas, la escultura ha quedado más anclada dentro de un campo figurativo, si exceptuamos la etapa de mediados de los ochenta, que desarrolla una escultura más abstracta, una obra de reivindicación ecológica con un cierto discurso propagandística fruto del momento que vivía y que no se prolongó demasiado en el tiempo. Proliferan los árboles que ,sobre troncos de madera o hechos de botes, abren pobres, raquíticos y enfermizos ramajes de tubos de pintura gastados, de pedazos de botellas rotas o de láminas de hierro oxidadas, donde sólo aparece alguna mancha de una verdor moribunda. Son los árboles de nuestra civilización, donde el progreso malentendido contamina, ahoga y estrangula a la naturaleza. Mi escultura se puede definir como figurativa. He representado animales, guitarras, paellas, pero sobretodo mi escultura esta llena de figuras humanas: hombres y mujeres.
La figura femenina dentro de la trayectoria escultórica de Joan Bennàssar se caracteriza porque muestra un fuerte carácter, una marcada personalidad. Mujeres que nos recuerdan la madonna italiana, a medio camino entre una diosa clásica y el arte primitivo. Una figura que el artista representa en muchas ocasiones sentada y que es fruto de la sociedad tradicional mallorquina, matriarcal, donde la mujer lleva en sus hombros el peso de la familia. El hombre, en cambio, es representado como un guardián de la tribu. Un hombre solitario, reflexivo, perdido en un mundo al que necesita encontrar un sentido. En este aspecto tienen mucho en común con la mayoría de personajes masculinos que podemos contemplar en los cuadros.
Si hay una cosa que diferencia la creación pictórica y la escultural de Joan Bennàssar es que ésta la trabaja de una forma mucho más libre. La escultura es fruto de un estado emocional, de un sentimiento, de una pasión. Parte de una realidad tangible, no de una ficción, y esto le otorga una gran libertad expresiva y de creación. Y es que en muchos casos, como Joan Miró, las esculturas hechas por Joan Bennàssar parten de objetos encontrados, de trastos de uso cotidiano recogidos en la calle, inútiles, rotos o inservibles. El coge estos objetos y, pasados por la magia de la creación artística, les cambia el sentido y pasan a ser otra cosa – una figura humana, una guitarra, un animal… – que nada tiene que ver con el origen de los objetos. Sin embargo, esta libertad creativa empieza a diluirse a partir de 1981 cuando la escultura de Joan Bennàssar establece una mayor relación con los cuadros, aunque muchas veces sea de una forma inconsciente. Desde aquel momento las esculturas de Joan Bennàssar se vuelven más primitivas, matéricas, pastadas con una larga y bien meditada experiencia.
En estos últimos años se ha vuelto a encontrar con la escultura, se vuelve a sentir escultor, disfruta de nuevo del placer de crear su mundo imaginario esculpiendo, dando forma y vida a la materia amorfa, como un dios todopoderoso. Pero no sólo vida, también alma. Sus piezas más recientes establecen un diálogo apasionante con la obra pictórica porque entroncan directamente con ella, la complementan, hacen de ella una obra única completa, también compleja. Joan ha conseguido con la escultura algo milagroso, ya que ha llevado los personajes que deambulan por su escenario pictórico a las tres dimensiones, los ha acercado a la vida, al contacto con la gente. Son piezas, las esculturas, que buscan la reflexión a partir de la tensión del cuerpo humano con su espacio interior, llenas de energía creativa, de las emociones que emergen descarnadas en la manera de modelar las materias primeras: el barro, el cemento, la piedra. Con sus esculturas, de una eficacia visual e incluso táctil maravillosa, Joan Bennàssar transgrede los límites para convertirse en un artista poderoso en ideas originales, no en tópicos.

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«La vanguardia ya ha perdido incluso el valor subversivo contra todo lo establecido» «Lo más característico del arte actual es que tiene cada vez un componente más personal»
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Joan Bennàssar tiene 45 años. Ha llegado a la madurez física y pictórica. Está asentado en la vida: tiene una familia, su carrera se ha consolidado y sus hijos ya vuelan solos. Todo esto lo refleja en un grupo de telas que el artista pintará en estos años y de las que hemos escogido Los caminantes entre el blanco y el rosa como cuadro representativo, aunque en este punto también podría ser cualquier otro, ya que Joan Bennàssar ha llegado a un nivel altísimo como pintor. Sin embargo, en esta obra, en la que recupera aquellos viejos zapatitos que aparecieron ya en 1977 marca, como dice Pilar Ribal en uno de sus textos sobre el pintor, «un nuevo punto de inflexión en su trabajo artístico, decidida y plenamente equilibrado entre clasicismo y contemporaneidad».
Joan Bennàssar apuesta ahora decididamente por el retorno sin complejos a aspectos figurativos. Esto no quiere decir un retorno al arte de antes, sino recopilar la tradición moderna para ir un paso adelante. Mi intención era recuperar el espíritu de la vanguardia, el sentido mágico que tenía la obra del pintor en sus orígenes, el arte que nace de la necesidad de ajustar las visiones interiores. Todo esto pasa por la reinvención del dibujo. En este sentido, es necesario recordar una crítica de Francesc Miralles que aparecía en el diario La Vanguardia con motivo de una exposición de Joan y en la que aseguraba: «Se nos dice que estamos en una época de crisis artística, de crisis de vanguardias y de creación, incluso que estamos en el momento de la muerte del arte. Y una serie de artistas, Barceló y Bennàssar entre ellos, retornan a las fuentes de nuestro siglo, a las fuentes de muchos ismos, para profundizar en ellos y, profundizando, encontrar vías no nuevas sino de síntesis, y que es lo que ahora interesa».
Para el artista el arte es inútil si no hay la ambición de conquistar nuevos espacios de sensibilidad y de inventar nuevas maneras de ver el mundo. Porque Bennàssar piensa que se ha perdido el espíritu común, el vínculo entre el artista y su público. Y se rebela contra el sindicato de sabiondos, de críticos de arte, curators y otros fantoches interpretadores que ha conseguido que el cuadro se entienda a posteriori, casi sin necesidad del mismo cuadro. Se había exagerado la necesidad de la mediación. La historia del arte de la última mitad del siglo XX está hecha a partir de textos. No estaría mal rehacerla. Y por el mismo motivo el artista se vuelve crítico con la vanguardia, un concepto que considera caduco: esta gente pinta para los políticos y los banqueros. Son tan palatinos como lo podría ser la pintura que criticaron las vanguardias históricas.
El cuadro del que queremos hablar, de dimensión monumental, es una reflexión sobre la juventud. Joan Bennàssar deja de ser autobiográfico y se centra en los hijos, que entonces ya son mayores, que tienen por delante toda una vida, que han comenzado a adquirir el bagaje necesario para ir hacia delante. Son chicos jóvenes, excursionistas, que hacen el camino de la vida, pero que ya tienen una cierta experiencia. De aquí la idea de las mochilas. Están en un momento de pausa, de descanso, en el largo camino, y de esta idea surge la actitud reflexiva, el pensar en el futuro, en la realidad que viven, en lo que tienen por delante, desconocido, misterioso, siempre apasionante. Hacen el camino de la vida pero también hay cuestas y tropiezos, y desprendimientos, y momentos de debilidad, pero siempre se ha de seguir adelante. La vida es un largo camino donde hay momentos difíciles pero que vale la pena recorrer.
En el cuadro hay dos elementos metafóricos. Por una parte, un par de zapatos de criatura, que son de la hija de Joan y recuerdan los primeros pasos de este camino. Por otra, la base del cuadro está construida con tablones de madera colocados formando relieves, con la finalidad de dar la sensación de escalones, que nos recuerdan la escalinata del calvario de Pollença, pero también la ascensión en la vida. Además, esta obra está pintada en dos colores, rosa y blanco, como una manera de expresar la dualidad de la propia vida: bueno/malo, triste/alegre, sano/enfermo, vida/muerte…
Los personajes están colocados en grupo, pero no hay ningún tipo de comunicación entre ellos. Sin embargo, hay un diálogo, un diálogo interior, introspectivo, mostrando que la vida, el camino de la vida, es una experiencia individual, lo que no quiere decir que sea una experiencia individualista, sino que uno la ha de afrontar solo. Está bien estar rodeado de gente, pero cuando hay un problema, lo has de superar tú mismo, sólo te tienes a ti para seguir adelante.
Otro cuadro de estas características es 12.15 AM, un título imposible para mostrar esta incoherencia que demuestra muchas veces la vida. Aquí Joan Bennàssar incorpora elementos nuevos: personajes con gafas, números, otros elementos nuevos, más modernos. Son personajes más urbanos, más propios de la vida cotidiana, que tienen un punto de trabajadores de fábrica, de obreros. Los protagonistas de estos cuadros también son argonautas pero reales, más cercanos a los que puedes encontrar por la calle de cualquier ciudad. Todos ellos también van a buscar algo pero su objetivo es más confuso. Puede estar bien o mal, pero lo que es realmente importante es la necesidad de arriesgarse a vivir y no abandonar. El país ha cambiado de mentalidad. Uno tiene la sensación de que estamos en un estado moderno, que ha evolucionado bien. Y han desaparecido muchos de los problemas que tuvimos muchos jóvenes de nuestra generación. Ahora bien, el futuro tampoco es claro, han aparecido otros problemas, otros motivos de preocupación… Todo esto se refleja en estos jóvenes que han de afrontar el futuro que tienen ante ellos.
En esta época escribe Josep Melià: «Desde 1992 el artista había recuperado la figura. Su paleta se había hecho más suave, incluso había dejado de vibrar atormentada, transmitiendo una cierta serenidad y un tono de dulzura que enamora la forma y los colores. El paisaje suave de Pollença está presenten en estas pinturas en las que, curiosamente, el paisaje, como motivo de inspiración, está siempre ausente y tan solo se intuye en la serenidad de la composición, en el tono desdramatizado que impregna la manera de pintar. Es una época en la que la figura humana o las cosas cercanas adquieren protagonismo y corporeidad. Estos momentos tienen mayor autonomía formal, no requieren la visión conjunta de otras piezas para revelar la riqueza interior que les da fuerza y contenido. El artista demuestra en todo momento el lenguaje y sus posibilidades expresivas. Se muestra seguro, fuerte y con una excelente capacidad de comunicación».

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«Con mis pinturas he querido mostrar el sexo libre de pensamientos enfermizos, de vergüenza y otros tabúes» «El sexo es la droga más humana que existe» «Pinto lo que deseo y en este juego quiero ser posesivo y poseído»
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Desde que el arte es arte, en el abismo de épocas muy remotas, el cuerpo humano y su representación han sido siempre objeto de la mirada creativa del hombre. Muy pronto en la historia del arte podemos encontrar las primeras representaciones eróticas, más o menos explícitas según la cultura donde se desarrollen. Sea como sea, detrás de ellas existe el deseo de reflejar los deseos, las posturas sexuales, la relación amorosa y sensual entre seres humanos, etc. El hombre se mira en la sexualidad y su representación artística deviene el reflejo de la mirada humana en el espejo de la naturaleza. Lo que distingue entonces la sexualidad del erotismo no es la complejidad, sino la distancia. El hombre se refleja en la sexualidad, se baña en ella, se funde y se separa. Pero la sexualidad no mira nunca el juego erótico, lo ilumina sin verlo. El erotismo, como el arte, es imaginación, fabulación, un asunto completamente mental. Es por eso que el hecho de juntar arte y erotismo ha sido habitual desde las primeras representaciones artísticas.
Representaciones específicamente eróticas se encuentran en la obra de casi todos los artistas. Los cuadros que se refieren a esta temática, casi siempre reducidos al formato íntimo del dibujo, han sido durante años sin embargo una propiedad privada protegida con celo por los propios artistas, que no han querido que pasaran al mercado del arte, ya que han sido consideradas obras menores, que no hacían más que dañar el prestigio del artista. Sin embargo, en el siglo XX esta tendencia se transforma y el erotismo se convierte en una temática artística más, utilizada por grandes pintores, popularizada.
El erotismo, la temática erótica, siempre ha estado presente también en la obra de Joan Bennàssar. De muy joven, ya incorpora la sensualidad del cuerpo femenino como elemento de expresión. Recordemos tan sólo el cuadro Maternitat, de 1978, un desnudo con una notable fuerza sensual y erótica. Y es que dentro de su pintura siempre ha habido un lugar muy importante para el deseo, porqué para él es uno de los elementos básicos de la vida de las personas. Sin embargo, el tratamiento que el artista ha hecho del erotismo siempre ha sido desde un punto de vista amoroso, tierno, cuerpos que se aman, que se acarician, que se funden el uno con el otro. Una tendencia que con los años se ha ido incrementando. Antes el erotismo era más expresivo, más directo, más visceral… el paso del tiempo lo ha convertido en más esquemático, más imaginativo, más maduro.
Si en los otros cuadros los protagonistas eran personajes abstraídos y solitarios, en el caso de los cuadros de temática erótica se produce un evidente diálogo entre los protagonistas. No sé relacionar los personajes en mis cuadros. Es curioso, pero sólo lo sé hacer con la temática erótica. Supongo que el motivo es porqué si no hay relación no puede haber sexo. En el sexo han de jugar dos, uno se ha de abandonar y pasar a ser parte del otro, el objetivo es conseguir que dos cuerpos se transformen en uno solo. Y, evidentemente, para eso ha de haber relación entre los personajes. Muchos de estos cuadros hablan de la unión y la convivencia con otro cuando se viven momentos e intimidad, cuando se hacen las convivencias más secretas, cuando dos seres se ponen uno ante el otro, desnudos, sin ninguna arma más que su cuerpo, su piel, su sensibilidad.
Para mí la temática erótica es una maravilla. Aporta grandes posibilidades plásticas y, además, te permite una infinidad de escenas por el gran número de posturas y maneras de practicar el amor. Desde el punto de vista compositivo el hecho de que sean dos cuerpos que se buscan hace que se cree una escena circular, mágica, de una gran fuerza pictórica. De hecho, cuando hay dos personas que se buscan creas un espacio que, en si mismo, se reconvierte. Y todo esto te proporciona una gran riqueza creativa. Además, el erotismo tiene la ventaja de que cuando más das como pintor, más recibes. No hay ninguna necesidad de refrenarse con nada, todo está permitido y esto aporta una gran libertad creativa que no se consigue con las otras temáticas.
Joan Bennàssar ha pintado muchos cuadros de temática erótica. Y esto siempre le ha servido para avanzar en su camino creador, ya que es en este campo donde ha experimentado más, ha ido más adelante, ha arriesgado, un riesgo que le ha servido para llevar adelante el resto de su obra. Además, con el erotismo el artista siempre es más agresivo con la técnica utilizada para pintar que con el tema. El erotismo, la sensualidad, es un tema pictórico sobre el que no tengo ningún tipo de perjuicio, lo que no me pasa con otras temáticas. Cuando pinto una cara, por ejemplo, siempre estoy pendiente de la mirada del personaje, que diga lo que yo quiero, que exprese los sentimientos que ha de expresar. En el erotismo, no. Me siento fluir muy libre, porque no son los pequeños detalles los que hacen que el cuadro funcione, si no el conjunto, la vibración, la relación entre los personajes… Plásticamente es como un bodegón, pones aquellas cosas que quieres, que necesitas.
En el año 2007, Joan Bennàssar y el escritor Gabriel Janer Manila realizaron un libro de canciones tradicionales mallorquinas de carácter erótico titulado Mallorca erótica. Janer Manila se encargó de hacer una selección de los textos, mientras que el artista se hizo cargo de la ilustración a través de un buen número de dibujos eróticos realizados sobre papel. La idea de editar este volumen partió del libro que el escritor publicó en 1979 fruto de la búsqueda de canciones tradicionales mallorquinas eróticas que él mismo realizó entre 1962 y 1977. La publicación tenía por título Sexe i cultura a Mallorca: el cançoner (Sexo y cultura en Mallorca: el cancionero) y su función fue la de recuperación de este tipo de glosas. El nuevo texto es una selección de las canciones más divertidas y curiosas de aquel primer volumen. Joan Bennàssar hizo un trabajo específico para acompañar de imágenes los textos, realizando más de medio centenar de dibujos.
Como todo en la vida del artista, nunca nada es baladí y este trabajo provocó que la temática erótica volviera a estar presente con fuerza en la creación artística del pintor después de permanecer un poco olvidada en los últimos años. Es por esto que aparecerán toda una serie de cuadros que tienen como nexo el hecho de que son un canto a la pareja. Se trata de pinturas en las que el amor, la alegría, la pasión y los sentimientos están muy presentes a través de, como dice el propio artista, dos cuerpos que se unen con armonía. En relación con estas obras, Francesc Verdú escribió: «Muestran precisamente esta búsqueda permanente, esta obsesión del artista para coger al vuelo los sentimientos que anhelamos, para reivindicar la belleza y el amor como las únicas atalayas que pueden ponernos a resguardo de la vacuidad que cada día nos absorbe con más fuerza».
Las pinturas eróticas de Joan Bennàsar son un canto a la vida, al amor. Vale la pena vivir para querer a alguien, quererlo con todas las consecuencias.

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«No he querido nada más que convertir el cuerpo humano en referente de creatividad y conocimiento» «A través de un cuerpo explico las historias que necesito contar»
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Friedrich Nietzsche aseguraba que el futuro se había de pensar a partir del cuerpo humano, que éste tenía que ser el hilo conductor del pensamiento, convirtiéndolo en criterio de toda moral y de toda realidad. El cuerpo, en este sentido nietzscheniano, es un enigma y un territorio aún por descubrir, tiene un discurso mudo que se visualiza a través de sus representaciones. Y una de estas representaciones, tal vez una de las más importantes, es la que ha hecho el arte.
La representación del cuerpo humano es una constante en la historia del arte universal. Ya en tiempos primitivos encontramos ilustraciones de figuras esquemáticas y sencillas primero, más elaboradas después, de hombres y mujeres que simbolizan valores tan diferentes como la fertilidad, la caza, el amor, la guerra o que sirven para entender todo aquello que no era explicable con la razón… Con los años, la representación de la figura humana en el arte ha ido cambiando. Artistas como Leonardo da Vinci, Rafael, Miguel Ángel, Tiziano, Rubens, Durero, Van Eyck, Botticelli, el Greco, Manet, Renoir y españoles como Goya, Sorolla, Velázquez, Murillo… todos ellos hicieron evolucionar el género del retrato en el mundo del arte. Hasta llegar al siglo XX, cuando la figura humana deja de ser únicamente un retrato o un símbolo de belleza para convertirse en una manera de expresar emociones. Basta repasar la obra de Picasso, Magritte, Dalí o Modigliani para comprobar como el cuerpo humano ya no vale tanto por su bellaza como por las emociones que expresa.
Joan Bennàssar no se ha abstraído tampoco de representar la figura humana sobre sus telas. Desde sus inicios, ha pintado al hombre y la mujer y ha dedicado buena parte de su obra a realizar retratos, a veces de gente de su entorno y en muchas ocasiones imaginarios, surgidos de su subconsciente, personajes que podrían ser reales, pero que están formados por fragmentos, recuerdos o imágenes que, pasados por el cedazo de su mente, se convierten en figuras nuevas, hombres y mujeres que conforman un mundo poblado de belleza, de sentimiento, de historia, de pasión, de amor.
El artista, a lo largo de los años, se ha pintado a si mismo, a su esposa, a sus hijos, incluso a los amigos y a gente que ha tenido en algún momento cerca. Su interés por este tipo de obra no es casual. Las pinturas de esta categoría exigen programáticamente el acercamiento del observador hacia el objeto y, como hemos dicho ya en repetidas ocasiones a lo largo de este libro, Bennàssar es un artista que se implica en todo aquello que pinta y sólo es capaz de pintar aquello que tiene más próximo, que es parte de su mundo más personal.
En la representación de la figura humana Joan Bennàssar utiliza como modelo una persona que es contemporánea a él mismo, que se muestra sin vergüenza al espectador. Pinta cuerpos reales, desnudos auténticos, no estudios de academia. El cuerpo que representa es el de una persona anónima que nada tiene que ver con antiguas divinidades, sino que expresa de manera rotunda la modernidad. En el caso de los desnudos, Bennàssar no idealiza el hecho de estar sin ropa y exhibe los cuerpos sin complejos. Además, no vincula la belleza al formalismo y presenta nuevos cánones, que son propios, y que permiten todo tipo de estéticas y una gran libertad creativa y expresiva.
En los retratos es necesario hacer una distinción entre aquellos que tienen como protagonista al hombre y los que tienen a la mujer. En mis pinturas la figura del hombre me representa a mí mismo. Son autorretratos. Son trabajos que hablan de mí, de aquello que tengo más cerca, de lo que me rodea. Es un intento de ir hacia lo más profundo de mi alma por conocerme mejor, para entenderme. Son cuadros que, en muchas ocasiones, representan situaciones de mi vida, estados de ánimo, reflexiones o decisiones muy personales. Nunca he intentado recrear mi fisonomía, mi aspecto, porque mi intención no es hacer retratos físicos, sino que quiero retratar el alma, nos explica el artista. Joan Bennàssar cree en las posibilidades que tiene el hombre e intenta volver a buscar la belleza en todas aquellas oportunidades que nos ofrece la vida.
Muchos de los personajes masculinos que pueblan los cuadros están encerrados en ellos mismos. Son seres reflexivos. Unos piensan en el futuro, otros están en mitad de un camino vital, a los que Bennàssar representa como excursionistas que descansan, reponen fuerzas, para retomar el sendero de la vida. También encontramos personajes ensimismados, reflexionando sobre su papel en el mundo. Y algunos, en su soledad, establecen una sólida comunicación a través de la mirada, del gesto. Casi todos, aun así, son personas que están viajando, en trance entre un momento y otro de su trayectoria vital. El cuadro Lloviendo en el mar, de 1995-97, es uno de los mejores ejemplos de este autorretrato interior con el cual el artista nos quiere mostrar las cosas que lleva en su interior más íntimo, más recóndito, más escondido.
Actualmente Joan Bennàssar ha abandonado esta temática. El motivo, nos lo explica él mismo: Ahora tengo otras necesidades en relación a este conocimiento de uno mismo. Con los años he asumido mi yo, que ahora es más complejo y no necesito cuestionarme quien soy, hacia dónde voy… Ahora mi problemática va más dirigida hacia entender aquello que me rodea, más que hacia lo propio. Recuerdo que ya hace un buen puñado de años Guillem Frontera escribió en el texto de un catálogo que había varios Joan Bennàssar. Ahora no, ahora sé bien cierto que sólo hay uno.
El caso de la mujer es bien diferente. Joan Bennàssar ha retratado el cuerpo femenino como una manera de expresar la belleza, el deseo. Pinta a la mujer como una diosa del amor, la encarnación de la belleza, una Venus cotidiana. Se sirve de las imágenes clásicas, que representan divinidades, diosas, y de sus formas convencionalizadas de representación y las lleva a un terreno completamente personal, dónde las convierte en representaciones de la belleza máxima. Nos demuestra sus conocimientos del arte clásico y de qué manera se puede actualizar la tradición. El resultado son figuras que muestran su admiración hacia la belleza del sexo femenino y el deseo íntimo de éstas.
Pero no es sólo la belleza por la belleza, también hay una historia detrás. Cuando hacia el año 1994 comienzo a incorporar mujeres a mis cuadros, represento figuras que tienen mucho que ver con las madonnas del Renacimiento italiano. Son mujeres que hacen referencia a la madre, a su recuerdo, a su protección… mujeres fuertes, que sostienen a la familia, una situación muy propia de la sociedad mallorquina, muy matriarcal, dónde la mujer es la que define el curso de la familia. Son mujeres con un gran componente mediterráneo. La figura femenina entendida como madre está muy presente en su primera etapa. El cuerpo de la madre es el paradigma de cualquier cuerpo, es el cuerpo de la creación y de todo lo que proviene de ella. El conocimiento del cuerpo de la madre se prolonga y se aplica a todos los cuerpos que pinta Joan. De aquí viene esta visión femenina tan mediterránea, tan atada a las esculturas romanas y griegas. Otra vez estamos hablando de lo clásico llevado a la modernidad más absoluta.
Pero continúa la explicación, el artista. Después, con el paso del tiempo, la representación de la mujer empieza a derivar en mis cuadros hacia mujeres que ilustran la belleza, la belleza llena, total. Se vuelven animales bellos. La mujer pasa a convertirse, a partir de este momento, en armonía, en deseo y, sobre todo, en símbolo de la belleza absoluta. También puedo encontrar esta belleza en otros lugares, pero la belleza de un pecho, de una mirada, de un hombro, de una cadera, de una larga cabellera no la podré encontrar nunca en un paisaje.
Es evidente que, como los clásicos griegos y romanos, Bennàssar considera el cuerpo como la máxima creación de la naturaleza y la máxima expresión de la belleza, por lo que representa siempre el cuerpo de la mujer desnudo, perfecto, bello.

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«Mi intención como pintor es ser un intermediario entre el deseo y la realidad» «He hecho aquello que sentía» «Soy más joven ahora que cuando tenía 22 años, también más libre» «En el estudio, el trabajo y el conocimiento he encontrado la libertad»
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La tarde es de un calor vigoroso, pegajoso, pesado. Pollença se muestra esbelta sobre un colina, donde las casas se desprenden escampándose por sus faldas, con sobriedad, discretas, sin estridencias. En la cima del pueblo, el Calvari, atalayando el horizonte, vigilando el pueblo como una clueca vigila sus pollitos. Las escalinatas, rectas, de una elegancia espectacular. Remata la subida una oscura procesión de cipreses, esbeltos y de delgado tronco, necesitados de una buena podada. Forman una línea oscilante al embate del viento. Ante el pueblo, el Puig de Maria, un montículo redondeado de aspecto mágico, un pecho único de donde se amamanta la espiritualidad que siempre ha cubierto Pollença de su pátina. Detrás, como telón de fondo de este escenario, la Serra de Tramuntana, salvaje, abrupta, de un perfil pelado que recuerda las dientes de una sierra. Las montañas, siempre tan lejanas a pesar de la proximidad, son diosas, son inmutables, no han sido vencidas nunca. En conjunto tiene un encanto especial, una belleza que hace de Pollença un lugar con aire intelectual, inteligente, de notable categoría.
Cuando llego, el pueblo se despereza del ‘tiempo de las dos’, aquellas horas misteriosas del verano donde los pueblos de Mallorca se vuelven fantasmagóricos, sin nadie en la calle, en los que la gente sestea al fresco huyendo del bochorno del mediodía de agosto. Aquellas horas que, de niño, en Llubí, se me hacían eternas, ya que no nos dejaban salir a la calle, ni jugar, ni tan sólo hablar. Aún recuerdo el silencio de aquellos momentos y, como si fuera hoy, la voz de mi abuela Maria y aquel «callau, que és temps de les dues» (callad, que es tiempo de las dos) que nos repetía constantemente. La infancia, la auténtica patria perdida, vuelve a la memoria cuando uno menos se lo espera.
Pero decía que había llegado a Pollença. Me esperaba Joan Bennàssar para acabar esta larga conversación que se ha convertido en este libro. Un artista en el sentido grande y antiguo de la palabra, un hombre que entiende el arte como una necesidad vital y espiritual, un arte que le ha enseñado a vivir, con el que mantiene un diálogo interior constante. El pintor vive a las afueras. El estudio y la casa están en medio de un bello encinar, espeso, de un verde oscuro y salvaje. Unos árboles, las encinas, que siento como pocos porque son colores, ruidos, sensaciones, deseos, una esperanza o una tristeza. Antes de llegar a casa del pintor paro el coche y contemplo aquellos árboles llenos de vida, de tronco grueso y firme, que lleva el paso del tiempo esculpido en su corteza, la historia de los años. De repente, uno de ellos se llena de pájaros, un pequeño grupo de jilgueros, alegre y ruidoso. Juegan unos segundos entre las ramas y huyen tan rápido como han llegado. Ni me han visto. Pocos milagros quedan y aquellos pájaros piando entre el ramaje de la encina es uno de ellos, de infinita belleza.
En 1995, Joan Bennàssar se instala de nuevo en Pollença. Es la vuelta a los orígenes, el final de un camino en el mismo lugar donde empezó, pero ahora le acompaña un bagaje de experiencia, de emociones, de trabajo. Y tampoco el pueblo es el mismo. Vuelvo a Pollença, simplemente, porque aquí me encuentro bien. Parto de una actitud absolutamente egoísta: me siento muy implicado con la sociedad, me atrae fuertemente todo lo que es social, pero necesito mi tiempo, mi trabajo. Y cada vez me molesta más que los otros invadan este territorio tan mío. Soy una persona de grandes ciudades, que me fueron muy bien en el tiempo de formación, de juventud. En este momento, viajo con mucha frecuencia y creo que tengo toda la información que necesito, pero estoy ganando mucho tiempo. Vivir más el pueblo, la cotidianidad, lo que me aporta es tiempo. Y el calor humano me llega de otra manera. Me he aislado bastante, hago funcionar mucho mi mundo, y con los otros tomo contacto cada equis tiempo, en encuentros puntuales, que algunas veces me enriquecen y otras me producen grandes decepciones.
Sin embargo, no quiere decir que viva como un ermitaño, cerrado dentro de su caparazón. Pero existe una voluntad de mantenerse al margen. Lo que le interesa es pintar y para hacerlo, para trabajar, necesita estar al margen de todo el montaje que implica el mundo del arte. Y esto lo encuentra en su casa de Pollença, en medio de un valle, al pie de Maria… Tierra viva, negra, olor de mata, aislado pero al mismo tiempo dentro de un mundo cosmopolita. Joan Bennàssar ha pasado años de gran implicación social y política, pero ahora encuentra su estabilidad en el interior de su estudio. La palabra clave es equilibrio: he aprendido a mantener el equilibrio. Por una parte has de estar muy implicado en el día a día, pero por otra no te puedes dejar llevar por él.
El estudio está en un edificio independiente situado en la parte posterior de la casa, rodeado de naranjos, limoneros, almendros y esculturas. Es una nave rectangular, blanca y espaciosa, de techo alto. Los cuadros se escampan por todos sitios, decantados sobre las paredes. Los hay de todos los tamaños, pero destacan tres de grandes dimensiones, situados a cada lado de la sala. Los personajes que se representan en ellos, gigantescos, monumentales, dan un aire irreal al espacio. Parecen llenos de vida, como si de un momento a otro pudiesen salir del cuadro y participar en la conversación. En el centro de la sala hay un pequeño altillo, funcional, amplio, con ventanales espaciosos que se abren hacia levante, una vista a las sementeras que rodean el estudio. Allí, el artista trabaja el dibujo, el papel, las obras más pequeñas. Es un espacio cómodo, acogedor, íntimo.
Joan Bennàsar me recibe en pantalón corto. Es jovial y dinámico, extrovertido y generoso, de un optimismo salvaje. Mira fijamente, con una mirada entre tierna y profunda, parecida a la de los personajes que dibuja. El artista expresa un entusiasmo exultante cuando muestra las piezas de su estudio. Enseñar a los otros su obra es una de las cosas que más le gusta, que lo hace más feliz. Camina rápido por dentro del estudio, con paso firme, ágil y vigoroso, de un lado al otro. Trajina los cuadros con pericia y habla al mismo tiempo; saca uno, esconde otro, o desplaza un montón para mostrarme una tela que se esconde al fondo de todo, o recoge otro… y mientras, habla, y camina de un lado al otro, pasos cortos, y vuelve a hablar. Me hace preguntas que no tengo tiempo de contestar, porqué el mismo las responde o porqué lanza otra. Es evidente que Joan disfruta cuando tiene alguien dentro del estudio. Su habla es rápida, a veces atropellada por la voluntad de decir demasiadas cosas de golpe. Y es que tiene un gran poder de comunicación, una gran capacidad de seducción, mucha personalidad. Me muestra primero unas esculturas, después unos cuadros, al momento unos monotipos, y más esculturas, y dibujos, y más telas… Me cuesta seguirlo, pero es evidente que está orgulloso de su obra, de lo que hace. Es afortunado, ha conseguido lo que perseguimos la mayoría de los mortales, vivir de lo que más nos gusta. Y vivir bien.
Un paseo por el estudio, con Joan Bennàssar como guía, es más que suficiente para hacerse una idea de su talento. Hay un poco de todo, lo que demuestra su gran versatilidad. Pero, ¡ojo! Hoy este término puede tener, en el mundo del arte, un cierto sentido peyorativo. Nada de eso. En este caso utilizo la palabra versatilidad en el sentido más puro, eliminando cualquier matiz despectivo. Cuando digo que es un artista versátil estoy diciendo que es completo, que es un artista en el sentido renacentista, un hombre lleno de una inquietud permanente por experimentar, por probar cosas nuevas, un creador que cuenta con unas dotes innatas, que ha conseguido un dominio de la técnica como pocos de sus coetáneos tienen. Todo eso, mezclado con una sorprendente capacidad de trabajo, le ha llevado a dominar todas las vertientes del arte, a afrontarse con la misma capacidad a una pintura y a una escultura, a ser un maestro en el arte de la obra gráfica, a ser capaz de, con dos trazos, con dos pinceladas, construir unos dibujos geniales o alternar sin ninguna dificultad la abstracción y la figuración.
Se para la conversación. Unos segundos de silencio. Me siento bien en aquel estudio, rodeado de cuadros, en compañía de Joan. Miro por uno de los ventanales y veo un grupo de pequeñas nubes, blancas y brillantes, que se desplazan sobre el azul lechoso y limpio del cielo de la tarde. Son la única belleza perdurable, las nubes, precisamente por su constante mutabilidad. En aquel momento me di cuenta de lo mucho que me gustaba mirarlos. De pequeño me pasaba horas contemplando el cielo. Me decían que estaba embobado, que era tonto, pero yo pensaba que se equivocaban, porque yo era feliz en compañía de aquellas nubes, me las escuchaba, establecíamos una relación íntima, espiritual. De ellos aprendí muchas cosas. Incluso ahora, ya maduro, puedo pasar mucho tiempo resiguiendo su caminar, esta mágica derivación por el cielo, sin ir a ningún lado, un poco como he pasado yo mismo por la vida. Cuando vuelve a retomar la conversación, las nubes aún están ahí, enmarcadas por el ventanal. Ellas también son arte.
Volvamos a las obras del estudio. Sorprenden las esculturas, primitivas, matéricas, pastadas con una larga y bien meditada experiencia. Hemos hablado antes de ellas. También hay grabados, muchos. Aunque la obra gráfica siempre ha quedado en un segundo o tercer plano dentro del mundo artístico, en el caso de Joan Bennàssar no es una tarea nada secundaria. Él ha abierto esta técnica a nuevas dimensiones y ha sabido explotar a la perfección la riqueza de recursos de las difíciles técnicas de estas artes, desde los aguafuertes a la litografía, pasando por la punta seca, los monotipos o la xilografía. El resultado es un magma de ideas, de reflexiones, de experimentaciones… Un aire nuevo en el difícil mundo del arte gráfico.
Sin embargo, los dibujos son los que más me han impresionado de toda la obra mostrada. En estos últimos años ha vuelto a dibujar con ilusión. Ha llovido mucho desde aquellos primeros dibujos expuestos en la librería Tous, pero el espíritu aún se mantiene inalterable alrededor de aquellos papeles. Me han sorprendido. Y no porqué no conozca el trazo con el dibujo de Joan, ya que su pintura está llena de ella, es el padre de toda su obra, los cimientos desde los que construye. No. Me ha sorprendido por la magia que desprenden. Sencillos, pintados sobre un papel vulgar, sólo lápiz y acuarela. Mientras escribo estas palabras en mi estudio- pequeño, claustrofóbico, la pared blanca de enfrente como única panorámica, donde la vista se pierde demasiadas veces, de donde conozco el más pequeño bulto, la más insignificante rozadura- vuelvo a revivir el momento en que me los enseñó. Su entusiasmo era inmenso, franco y limpio como el de los niños. Ha dedicado los últimos meses a profundizar en el dibujo. Utiliza un modelo, de cuerpo grácil, de alegres movimientos, sensual. Los resultados han sido magníficos. Observo aquellos dibujos con gran deleite, con emoción. Llegan a lo más profundo de mi ser. Me impresiona la serenidad de la composición, la soltura del trazo. Joan Bennàssar ha sido capaz de acercarse al misterio del cuerpo humano, a su geometría más profunda, a toda la emoción de una postura, al encanto de un movimiento. Le basta una línea, una pincelada, para expresarse. Con esta síntesis y abstracción capta con sutileza las emociones interiores del cuerpo de la mujer, la esencia, el núcleo de lo que retrata.
Hace calor en aquel estudio. No pasa una gota de aire. Ahora recorro el espacio con curiosidad, chismoso. Remoloneo mirando por los rincones, poniendo atención en los pequeños detalles. Me sorprende la gran cantidad de cuadros, de esculturas, de grabados que hay en el edificio. Joan es un pintor trabajador, constante, poco amigo de la pereza, activo. Y éste es el fruto, una obra ingente, bella, extraordinaria. Aunque el aspecto general del estudio parece de orden, cuando uno se fija atentamente descubre un notable caos en todos los rincones. La mesa se esconde bajo un montón de libros, catálogos de antiguas exposiciones, invitaciones, carteles, cajas, esculturas y cachivaches a los que no se encontrar un uso concreto.
Sale ahora por la puerta posterior a un pequeño patio encementado a la búsqueda de un poco de aire. La mirada se me pierde entre los almendros de tronco centenario, cargados de almendras que a finales de agosto ya están a punto de cosecha, abiertas, la cáscara seca. Tengo sed y vuelvo a los recuerdos de mi infancia, cuando en los campos, en el tiempo de recogida de almendras, bajo la solana veraniega, los hombres, si tenían sed, pegaban un trago de aguardiente y, después, un buen chorro de agua fresca. Ahora ya casi nadie recoge las almendras y los almendros mueren de viejos en los campos mallorquines, como muere la Mallorca de mi infancia, como va muriendo mi infancia en mis recuerdos.
Nos hemos sentado justo en el centro del estudio, en dos sillas manchadas de pintura, desvencijadas. Allí se prolonga nuestro diálogo. Ahora hablamos de la pintura, lo más conocido de la obra del artista. Los cuadros actuales, hirvientes y llenos de vida, son los de un artista que se sitúa lejos del arte conceptual o concebido como un espectáculo. Él apuesta por un diálogo franco, claro y abierto con el espectador. Y lo consigue de sobras. Joan llega con su obra a un público inmenso, y eso no lo puede decir todo el mundo. ¿La razón? Quizá la encontraremos en el hecho de que es un pintor que se coloca delante de la tela con total franqueza, con el espíritu abierto a los cuatro vientos. Joan deja que su alma se refleje en cada uno de sus cuadros. Y esta alma no vive angustiada, ni dolida, ni enfrentada al mundo, si no que es la de un ser alegre, feliz, optimista, con ganas de vivir. Basta un cuadro de Joan Bennàssar para resumir su postura, para concretar todas sus inquietudes, sus creencias, sus problemas. En definitiva, es un artista que se desnuda ante cada obra, que le pone todo lo que es, todo lo que vive, todo lo que siente y esto, precisamente esto, hace que el espectador se tire de cabeza a ella, con el corazón, que sienta como la pintura se le filtra por dentro de cada uno de sus poros.
Todos estos planteamientos me han llevado a definir a Joan Bennàssar, hoy, como el pintor de la belleza. Para él la realidad es demasiado complicada como para llevarla sobre una tela. No pretende ofrecernos la realidad, sino mostrarnos la belleza de esta realidad como tema inagotable de la existencia humana. No busca reproducir la realidad, transcribirla; sí recrearla, inventar una nueva existencia. El artista no quiere imitar el mundo, sino inventar uno de nuevo desvelando la abundancia de matices que tiene y que a menudo somos incapaces de ver. Sus cuadros sirven para confrontar lo que existe con lo que podría existir, ofreciendo un mundo mejor. Hete aquí su éxito. Tampoco intenta explicar nada con su pintura. Se aleja de la narración y, a menudo, parece que sus cuadros están faltos de acción. Nada de eso. La acción narrativa está suplida por una intensa fuerza filosófica que nos ofrece una mirada profunda, siempre exhaustiva, de la humanidad desnuda.
El teléfono interrumpe nuestro diálogo, nuestras reflexiones en voz alta. Un repicoteo estridente y agudo nos sobresalta. Hablar con Joan es un placer. Tiene un discurso inteligente, culto, de ideas claras. Conversa con énfasis y cordialidad, gesticulando abundantemente. A veces, una expresión adusta, otra juvenil, después pícara o inocente, más tarde risueña, le cubre el rostro. Mientras habla por teléfono, quedo solo dentro del estudio y miro alguno de los cuadros que están ahí. La composición es simple, el dibujo apenas unas líneas… pero dentro de él hay algo misterioso, quizá sobrehumano, que me transporta más allá, me hace viajar hasta la orilla del mar; oler el olor penetrante del salitre; el ruido de las olas, tozudas, yendo y viniendo; el crujir del agua escurriéndose entre las piedras, redondeadas y oscuras, cruzadas por vetas blanquinosas. Un pequeño gorrión, macho, vestido con todos los tonos del marrón, picotea bajo el dintel de la puesta del patio. Huye despavorido cuando Joan Bennàssar vuelve. Seguimos hablando.
La conversación deriva hacia el arte actual. Joan Bennàssar es un artista que vive un cierto enfrentamiento con el arte de hoy. Yo también. El siglo XX ha tenido la virtud de enseñarnos a mirar de otra forma, a buscar la belleza en los objetos cotidianos o, incluso, a buscar lo artístico en aquellas cosas que no tienen nada de bellas. La consecuencia ha sido que, ya dentro del siglo XXI, esta nueva manera de mirar se ha llevado a unos extremos en los que es fácil confundir los límites de lo que es arte y lo que no. Hoy hay mucha obra que no expresa nada porqué es gratuita, porque no penetra en el misterio del arte ni en su aprendizaje. Tanto es así que se ha llegado al punto de considerar que una cosa es arte según donde esté situada y quien la haya firmado. Una locura. Potenciada, además, por toda una serie de chamanes y sacerdotes que viven precisamente de fomentar esta confusión, de difuminar los límites de lo que es arte. Joan Bennàssar, con buen criterio, ha huido de todo eso y en los últimos años su obra vuelve con ganas, con ilusión, a la pintura, a la esencia. Voluntariamente ha escapado de las modas para convertirse en un pintor libre y, por eso, en el creador de una obra que, como la de los clásicos, nunca puede morir. Unos clásicos de los que ha bebido, a los que ha admirado, para ir construyendo sin embargo una obra propia y personal de una contemporaneidad absoluta.
Joan Bennàssar también ha abandonado la abstracción, que ha cultivado durante años y con pasión. El arte abstracto, ha dicho, en buena parte todo lo que podía decir y, salvando contadas excepciones, ha perdido su principal objetivo, ser un motivo para la reflexión, hacer pensar, hacer despertar de una cierta inercia, del conformismo, desprendernos del concepto únicamente estético del arte. La abstracción, pues, no ha de servir sólo para que la gente se deleite en ella, sino también para que se inquiete y es precisamente este el valor que la abstracción ha perdido hoy.
Ahora he sido yo el que he hablado sin parar, en un pequeño monólogo. La conversación se acaba. Lo dejamos aquí, se ha hecho tarde. Cuando salgo de la casa el sol cae detrás de la Serra, el cielo dorado y brillante. Tengo tiempo de dar una vuelta por Pollença, reflexionar sobre lo que hemos dicho. Por una misteriosa relación, mi mente funciona mejor cuando las piernas están en movimiento. Camino sin dirección, sin destino, igual que las nubes que contemplaba hace unos momentos. Y pienso. Dos mujeres toman el fresco sobre la acera. Hablan y hacen ganchillo, como si no pudiesen hacer una cosa sin la otra. Los movimientos de las manos son cortos, rápidos, de una agilidad de jineta; el hilo blanco, siempre tenso, hace girar el ovillo. Me vuelve al pensamiento mi abuela y las tardes de aburrimiento sentados a la fresca con las vecinas de la calle cotilleando sin parar. Recordar aquellos pequeños momentos me ayuda a ser feliz. Como el arte.
Esta ha sido nuestra última conversación. Hemos acabado. Me embarga un poco de tristeza, de vacío. Quiero acabar con una frase leída tiempo atrás, no se bien de quien era: el arte no te hará feliz, quizá te ayudará a serlo, pero sobre todo te ayudará a entender porqué no lo eres. La pintura de Joan Bennàssar también.

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